31/7/26

Huecos

Palabras guardadas en años de silencios.

Carencia de amor por despecho.

Las confidencias tristes se hacen siempre en penumbra, 

confiriendo prestancia al dolor de tu encuentro.


Saco fuerzas del más recóndito fondo.

Doloroso tiempo, trémulo recuerdo.

Pero soy audaz, intrépida y quiero seguir viva

y venzo esa punzada de desasosiego.


Atisbé la salida que me da riendo suelta

a vivir mi vida sin ese miedo cerval

a ese vacío que ni estando tú en mi corazón

supiste, nunca, con amor llenar.


30/7/26

Mi balcón

Estoy escribiendo en mi balcón. Empieza el calor porque el sol se acerca y acecha mi barandilla. Hasta ahora, había como un aire fresco que me permitía estar tranquilamente dibujando. Me están cogiendo unas ganas locas de acabar mi escrito para desplazarme al interior de la casa, que en sombra siempre se está mejor. 

Desde que salgo a dibujar utilizo un pequeño truco que me hace estar en la gloria. Coloco mi mesa rectangular perpendicularmente a la pared de casa y pongo mi silla a la altura de la puerta de salida al balcón. ¿Qué consigo? Como tengo todas las ventanas de casa abiertas, mientras que el sol no ataca, estoy en medio de una corriente de aire fresco que me mantiene energéticamente climatizada para poder trabajar sin somnolencia y con muchas ganas.

Ahora, a penas a una hora de que el sol invada mi territorio, el aire ha empezado a tornarse cálido y pegajoso. Parece que esté elucubrando, pero no es así. Sencillamente me hallo orgullosa de haber descubierto el truco de la corriente. Escribiéndolo será el legado que deje a todos aquellos que tengan balcón y les quepa una silla, que hay balcones que son cinturones (no es muy visual la imagen, pero rima).

Veo que se ha establecido un gran silencio…

¡Sí ya lo digo yo!, con este calor, solamente se pueden escribir tonterías.


28/7/26

Hago cosas que antes no hacía

Después  de una larga lucha conmigo misma he empezado a andar (deportivamente) de nuevo; nueve quilómetros, en hora y diez, a paso rápido. Por ahora llevo dos días, antes de ayer y el día antes de antes de ayer. Ayer y hoy no me han dejado por llevar un holter. 

El caso es que cuando fui a buscar mi podómetro, que llevaba cuatro años en la estantería viéndome pasar sin prestarle atención, la goma de los botones se había desecho y estaba todo pringoso. Culpa mía por no hacerle caso o prueba irrefutable del calor que está haciendo este verano. 

Así que, presta, me fui con una amiga a Decathlon a comprarme uno. Después de recorrerlo entero porque no encontrábamos donde estaba, un amable y simpático chico que trabajaba allí nos atendió y me enseñó un podómetro parecido al que yo tenía. Le pregunté si era fácil su manejo y si lo tenía que programar con mi peso y me altura y el amable y simpático muchacho se ofreció a hacerlo por mí.

Mientras lo estaba haciendo, mi amiga se sentó en un puff que había a dos metros de donde estábamos. Yo iba mirando lo que hacía el chico, pero como iba muy rápido y no podía deducir qué estaba haciendo me puse a leer un escrito que tenía en el chaleco azul del uniforme. No recuerdo el mensaje, pero me pareció que no era demasiado correcto a nivel gramatical. Le dije a mi amiga M:

–Mira, M –mientras señalaba con mi dedo la etiqueta que llevaba en el pecho el chico, en la parte del corazón– esto está escrito muy raro. Ven a verlo.

–Yo no lo he escrito –me contestó el chico apurado.

–Ven, M, ven –haciendo caso omiso a lo que había dicho el chico– No sé quién ha sido el lumbreras que ha escrito esto así.

M me miraba con una sonrisa de circunstancia y asentía con la cabeza sin hacer el ademán de levantarse.

–Ven, M, ven, ya verás qué ida de olla.

M seguía con esa sonrisa tensa y asintiendo.

–Ven, lo tienes que ver en directo.

Y, para que callara y no dijera nada más, M se levantó a verlo muerta de  vergüenza. Pasó por delante lo miró sin pararse a leerlo y volvió a asentirme a la vez que sobrepasándome se fue a ver (o hacer ver) que le interesaba algo que colgaba en una estantería lejana a donde estábamos.

El chico por su parte, con cierta prisa por desaparecer, apretó varias veces el mismo botón para salir de donde estaba. Metió el podómetro en su caja, me lo tendió y dijo:

–Dentro tiene las instrucciones. Buenos días.

Ahora, por culpa de ese texto, no me programó el podómetro. 

Esto, antes, no lo hubiera comentado en voz alta, se lo habría dicho a M cuando hubiéramos salido del lugar. Debo vigilar mi frontal.


26/7/26

La casa

La casa blanca alzaba la fachada. Marta pasaba la mañana calmada. Cantaba, saltaba, abrazaba a Ana. Las campanas llamaban. La mañana avanzaba, la paz bastaba.


25/7/26

Atrapando mi interior

Atravesó la risa, aquel temido puente

que un día cruzó de mi mano el amor.

Quedó archivado y guardado su nombre

entre los libros de mi decepción.

No añoro el tiempo que pasé con ella

sino el temblor de crecer sin miedo,

de esperar el alba con los ojos abiertos

y pensar, entonces que todo era eterno.


24/7/26

Cuando los padres se retrasan

Dos niños de siete años esperando en el vestíbulo de la escuela a que los vengan a buscar. Son los únicos que quedan, pues los otros ya se han ido. Los padres llegan con bastante retraso.

—Clara: ¿Sabías que los calcetines hablan cuando nadie los lleva puestos?

—Leo: Claro. El mío me dijo ayer que quería ser un paraguas.

—Clara: Pues el mío, este fin de semana que había llovido, se apuntó a una carrera de caracoles... ¡y quedó el primero!

—Leo: Normal. Los caracoles siempre llegan tarde porque esperan a que sea ayer para tener más tiempo.

—Clara: ¿Y si plantamos una cuchara para que crezca un tenedor?

—Leo: Mejor no. Luego vienen los platos a pisarlos y destrozarlos cuando están en primero de brizna.

(Los dos se quedan en silencio pensando en cuándo llegarán sus dichosos padres.)

—Clara: ¿Te has dado cuenta de que nada de lo que hemos dicho tiene sentido?

—Leo: Sí... pero es divertido jugar a ser adultos.

—Clara: Por allí viene mi madre, hasta mañana, Leo.

—Leo: Hasta mañana.


23/7/26

Lugares del corazón

Hoy se ha puesto en contacto conmigo una de mis ex nerviosa perdida. Primero por whastapp: “He soñado que te pasaba algo muy malo y me he pegado un hartón de llorar y tengo unos nervios…”

Todavía no había acabado de leer el mensaje y ya estaba llamándola. “Qué oiga mi voz, que se tranquilizará. Me la conozco, sé que la pesadilla la ha vivido como realidad y la intranquilidad acaba convirtiéndose en angustia.

Resulta que yo la llamaba por teléfono, en el sueño, para comunicarle que me habían disparado dos tiros y que iba a morir y ella entraba en una crisis de llanto de la que no podía ni levantarse del suelo. Con la mano, parece ser que buscaba su pareja de ahora que dormía a su lado para que la sacara de esa pesadilla, pero no estaba en la cama. 

Esto me ha contado nerviosa todavía. “Esto quiere decir que te quiero más de lo que pensaba”, ha añadido. “Ya sé que me quieres mucho más de lo que quieres admitir”. He concluido y es que la quiero, como a todas mis ex (ahora parece que tenga una colección). Siento por ellas un inmenso cariño que a pesar de nuestra separación, llena mi corazón. Además me siento también muy querida por ellas. Sé que hay  mucha gente que no lo entiende y si lo pienso un poco, yo tampoco del todo, pero me estoy moviendo en lo emocional, lejos de lo racional ya así todo está en el lugar donde tiene que estar.


22/7/26

Cartografía cerebral

Nos estamos volviendo mentalmente débiles. 

No aceptamos perder, ni tampoco gestionamos bien el frustre, la ambigüedad nos produce angustia, no acabamos de conocernos, las sinuosidades de la vida nos acobardan y nos tiran para atrás, lo complejo nos derrota antes de enfrentarnos a ello, siempre estamos cansados para desbrozar bien las relaciones y cuidarlas hasta el infinito y más allá, de la resiliencia, ni hablemos, estamos enfadados porque no nos llega esa vida onírica que siempre hemos soñado, ya nadie desea entenderse a sí mismo, demasiado trabajo, mejor me scrolleo y a otra cosa mariposa, no soportamos el aburrimiento porque el TDH nos empuja sin tener que pedalear, no en vano necesitamos imput/segundo (la nueva velocidad) para sentir que estamos bien alimentados de envidia, cualquiera se siente un genio, sin tener que hacer ningún tipo de esfuerzo, queremos la vida del otro sin pensar ni esculpir la nuestra propia, nuestra inteligencia no se disipa en el universo porque a pesar de lo que pensamos ella si se destruye.

Somos prometeos que nos hemos castigado a nosotros mismos sin haber robado el fuego sagrado con una gruesa cadena de redes sociales que nos tiene bien atados a una roca mientas, cada día, nuestro scroll nos ataca directamente al hígado, agriándonos poco a poco mientras vivimos con sufrimiento eterno. 


21/7/26

Maestra en el arte de la chanza

Paladina soy de la cuchufleta, princesa de la befa, jefa de la chacota, ministra de la guasa, zaharina de la brejeta (en su primera acepción). 

Todos los títulos para  aquella que es docta en recrear el ánimo con cualquier hecho burlesco para bien ejercitar el ingenio. Eso sí, evito la decadencia de mi persona: no caigo en chistes fáciles, insultos no metafóricos ni explicaciones grotescas, ya que no soy de gustos arrabaleros.

Si fuera juglar, debería haber adquirido una buena personalidad mimética. ¿Qué causa más risa que hacerte pasar por alguien? Crear esa efervescencia simbiótica entre el que produce la befa y el ridiculizado.

Pero no soy juglara, ni monologuista, ni payaso. Soy yo, riéndome de mí misma para poder aceptarme tal como soy. ¿Qué hay más sano que eso?

Soy mi propia hibridación, porque reírse de una misma es la mejor manera de esconderse de la gente… nunca llegan a conocerte, se pierden intentando descubrir si lo que has dicho es verdad o no. Solo puede dilucidar que sigo viva y corrosiva.


18/7/26

Pero qué rabia

Fui feliz el día que abrieron el supemercado debajo de casa. Ya no tendría que acarrear las garrafas de agua por la acera de cuatro manzanas. Lo abrieron unos años antes de pandemia y se convirtió en mi lugar preferido para ir a comprar.

Siendo un comercio de gran superficie, te trataban como si fuera el pequeño colmado que, antes de que aparecieran supermercados de amplísimas dimensiones, siempre había estado en la esquina de casa.

–Baja a buscar un paquete de pan rallado –me decía mi madre en cuanto iba a hacer el lomo rebozado y se daba cuenta de que no tenía el pan.

Yo bajaba veloz y en menos de cuatro minutos ya estaba de vuelta con la compra. Como me conocía el hombre de la caja, que a su vez era el dueño, siempre me regalaba un cromo de los de Panrico o una chuche o simplemente me preguntaba qué tal iba el cole, si no nos habíamos ido fuera, o lo que se le ocurriera en ese momento preguntarme.

Pero a pesar de no ser el colmado, mi súper era como una buena comunidad de vecinos. Trabajaban un montón de personas, no como el matrimonio del colmado, que eran dos y su hijo, que desapareció de la tienda porque se tuvo que ir a la mili. Y los trabajadores del súper, como buenas personas que eran, tenían un contacto especial con cada uno de los clientes.  Ir a comprar era estar un buen rato, hablando con las personas que colocaban la fruta, o con la carnicera, o con el pescadero. También los que rellenaban los estantes vacíos paraban su actividad para preguntarte qué tal iba todo. Y cada uno de ellos y yo misma, explicábamos cosas de nuestro día a día. Cosa muy importante, sobre todo para las personas que vivimos solas.

Cuando llegó el confinamiento, guardando la distancia, todos hablamos y nos preocupamos unos de otros. Estábamos asustados por las dimensiones que alcanzaría el tema y nos animábamos cada vez que alguien se entristecía. ¿Qué más se puede pedir en un momento en que la sociedad está absolutamente enajenada del prójimo?

Pero de toda aquella gente, ya no queda nadie. Han ido cambiando a los trabajadores y distribuyéndolos en otros supermercados de la misma compañía. No voy a negar que cada vez que se ha ido uno de los trabajadores me he disgustado, ir a comprar al súper, durante bastantes años ha sido como quedar con los amigos en el bar.

Ahora me pongo de mal humor cada vez que bajo a comprar. Los trabajadores parecen agriados. No se ofrecen a ayudarte, soy yo la que si lo necesito debo pedírselo. Cuando entro sonriente y saludo a todo aquel que se cruza conmigo, me contestan con un escueto hola, o siguen a lo suyo sin ni siquiera levantar la vista.

El colmo ya ha sido hoy , que cuando he ido a pagar estaba toda la cinta transportadora llena de esa harina que ponen encima de las chapatas y algunos panes. He pedido por favor que lo limpiaran y ha pasado la mano esparciéndola más. Le he dicho que si la podía limpiar con un papel y me ha dicho que no tenía. ¿Cómo es que siempre me han podido limpiar con un papel de cocina la harina que estaba allí? Soy celíaca y no quiero contaminar mi comida.

Me he ido de malhumor a casa, como últimamente cada vez que bajo a comprar al súper. ¿Es tan difícil ser simpático, agradable y servicial? Antes entraba dentro de las competencias de estar de cara al público. ¿O soy yo que me estoy volviendo rancia?


17/7/26

Ya puedo escribir sobre ti

Estoy abrochada al recuerdo. No puedo vivir sin él. Mi pasado soy yo y mis circunstancias convertidas en un ovillo inextricable. Qué desasosiego me produce pensar que pueda extraviar todo lo que llevo cosido en la memoria, en el corazón en el alma.

Aunque parezca que tenga cierta megalomanía, no es más que el miedo a perderme, a dejar de ser quien soy. Llevo mi vida y mi camino bordada en mi piel, por si me disipo, volver a construirme.

Este desasosiego me acompaña apareció un día de repente, de la nada. Mientras limpiaba mis recuerdos sentada en la orilla de la playa, tomé consciencia de que me costaba recordar tu cara. Ya no encontraba tu olor en mis noches. Y tu voz, tu voz hace tiempo que empezó a desaparecer del pensamiento.

Me pierdo sin ti, debo recuperar tu recuerdo.

16/7/26

Volver... con la frente marchita

No entiendo por qué no escribo, si es una de las cosas que más me llena y que no me supone ningún esfuerzo. No busco una calidad literaria ni una comunicación más lejos que de mí misma. Cuanto mayor me hago, menos me entiendo.

No me reconozco. Era una persona activa a más no poder y ahora, llego, por la tarde, muerta de cansancio a casa y lo único que quiero es ponerme ropa cómoda, llenar un vaso con agua con mucho hielo y limón y sentarme en el sofá disfrutando del silencio de mi hogar. Cinco minutos me dura lo del silencio, porque transcurridos estos, me lanzo al mando de mi TV. Mi pasión por el cine me lleva a ver una peli tras otra o una serie paralela a otra (según el estado de ánimo me apetecen diferentes, por lo que necesito tener varias a la vez). 

No es que tenga escasez de recursos para saber en qué ocupar mi tiempo, no, lo que ocurre es que como priorizo el trabajo gasto toda mi energía en él. Nota: debo aprender a gestionarla mejor. Antes, no me hacía falta; tenía la suficiente para  todo el día y si mi sobraba no podía dormir. Qué maravillosas noches de insomnio en las que tenía todo el tiempo del mundo para escribir. ¡Cómo las añoro! 

Por cierto, no vengo con la frente marchita, para nada (simplemente he cantado el título). Algo más arrugada por la edad, sí. Después de la menopausia, he vuelto a reconectar conmigo misma. Durante la época que duró, fue más un “sinmigo” que un conmigo y ahora, mi retorno es de una manera más madura y sabia. Motivo por el cual quiero volver a escribir de nuevo, desde la nueva yo que soy, desde esta nueva y desconocida etapa que me está tocando vivir.