No entiendo por qué no escribo, si es una de las cosas que más me llena y que no me supone ningún esfuerzo. No busco una calidad literaria ni una comunicación más lejos que de mí misma. Cuanto mayor me hago, menos me entiendo.
No me reconozco. Era una persona activa a más no poder y ahora, llego, por la tarde, muerta de cansancio a casa y lo único que quiero es ponerme ropa cómoda, llenar un vaso con agua con mucho hielo y limón y sentarme en el sofá disfrutando del silencio de mi hogar. Cinco minutos me dura lo del silencio, porque transcurridos estos, me lanzo al mando de mi TV. Mi pasión por el cine me lleva a ver una peli tras otra o una serie paralela a otra (según el estado de ánimo me apetecen diferentes, por lo que necesito tener varias a la vez).
No es que tenga escasez de recursos para saber en qué ocupar mi tiempo, no, lo que ocurre es que como priorizo el trabajo gasto toda mi energía en él. Nota: debo aprender a gestionarla mejor. Antes, no me hacía falta; tenía la suficiente para todo el día y si mi sobraba no podía dormir. Qué maravillosas noches de insomnio en las que tenía todo el tiempo del mundo para escribir. ¡Cómo las añoro!
Por cierto, no vengo con la frente marchita, para nada (simplemente he cantado el título). Algo más arrugada por la edad, sí. Después de la menopausia, he vuelto a reconectar conmigo misma. Durante la época que duró, fue más un “sinmigo” que un conmigo y ahora, mi retorno es de una manera más madura y sabia. Motivo por el cual quiero volver a escribir de nuevo, desde la nueva yo que soy, desde esta nueva y desconocida etapa que me está tocando vivir.