9/1/19

Reyes


Y la vida sigue y no se detiene y el tiempo pasa y poco a poco descubrimos que lo importante es viajar, conocer gente, ver nuevas culturas. Pero también viajar introspectivamente, hacia tu interior. Dar la vuelta al mundo y también a tu alma, que no sea nunca esa cara desconocida de la Luna. Y siempre, siempre, e cualquier de nuestros viajes que nos acompañe la luz, nuestra luz, aquella que ilumina nuestro intelecto, nuestras emociones, nuestro camino.

8/1/19

Regalo de Reyes II


Llegué puntual al bar y volví a pedir una Coca-Cola. Tenía ganas de volver a tomar una, pues ahora su connotación ha cambiado; no he parado de repetir la escena de ella dándome de beber en mi vaso cosa que me ha conducido al extremo de la excitación.

He vuelto a coger la prensa, pero he sido incapaz de concentrarme en ella. No quería que me notara esperándola por lo que iba mirando de reojo la puerta, para que pareciera casual y no se viera que estaba controlando. Cada vez que se abría me ponía tensa, mi corazón aceleraba su latido, que ya estaba bastante acelerado de por sí y apretaba más el periódico con la mano. Esta vez me había puesto toda la Coca-Cola en el vaso, como ella me había enseñado y en vez de beber solo me mojaba los labios, no quería que se me acabara antes de que llegara; tenía la fantasía demasiado viva.

Fue pasando el tiempo y empecé a pensar que no iba a venir. Me invadió una decepción: era demasiado bonito esperar que lo que ocurrió el otro día tuviera continuidad. Esperé una hora y pico y al final, enfadada conmigo misma, pedí la cuenta y decidí irme a mi casa sin pensar demasiado ya que un sentimiento de ridículo se apoderaba de todo mi ser. ¡Cómo me odiaba por crédula, por ilusa, por “tontalhigo”!

Me puse el abrigo, la bufanda y abrí la puerta con energía, para irme del bar. Me giré y dije un adiós general, algo brusco y cuando di un paso para bajar el escalón, me cogieron por delante de la cintura, me acercaron suavemente y me besaron sin prisa, acariciándome con una mano el cuello.

Perdona, me han entretenido en el trabajo y no tenía manera de localizarte. Este bar no tiene teléfono.

Mi corazón iba a mil, tanto por la sorpresa como por aquel beso que llevaba deseando desde que nos separamos. Acabó de abrir la puerta del bar y dijo adiós en voz alta levantando la mano de manera simpática.

Eran cerca de las nueve y me propuso ir a cenar a un japonés que había cerca de aquí. Me gustó la idea. Me cogió decidida de la mano y nos dirigimos al restaurante. Yo estaba un poco cortada, ya me había hecho a la idea que no nos veríamos y ese beso de nuevo de sopetón me había descolocado. Me notaba contenta de que hubiera venido, pero absolutamente exaltada por lo que acaba de ocurrir.

Se puso a hablar de cómo había pasado el día y me preguntó por el mío. En un semáforo en rojo me volvió a besar. Al separarse me miraba directamente a los ojos, me pareció descubrir que sentía algo, que me miraba con ¿amor? No, no podía ser amor. Pero yo misma me empezaba a sentir enamorada. Por favor, qué lio, cómo de rápido iban las cosas.

Por fin llegamos al japonés y pedimos una mesa para dos. ¡Mesa para dos!, cuanto tiempo sin pedir esto. Nos sentaron en un rinconcito que parecía el más romántico de todos (creo que mi percepción estaba bastante distorsionada).

Cuando nos sirvieron, cogí los palillos para coger un nigiri de salmón, pero ella me lo impidió. Cogió sus palillos y con una habilidad mucho mejor que la mía (suelo igualarlos poniéndolos perpendicular al plato) cogió el mismo nigiri de salmón que había querido coger yo antes, sacó el salmón, lo mojó en soja, lo volvió a poner encima del arroz y me lo acercó a la boca mientras entre abría la suya. Fue el mejor nigiri que he comido nunca en mi vida. Y así fue, ella me dio de cenar a mí y yo le di a ella. Pensé que me moriría de vergüenza, pero no fue así, fue cariñoso, romántico, excitante y provocativo.

Pagó ella diciéndome dulcemente:

Mañana, tú.

¡Mañana, yo! Acababa de quedar conmigo de la forma más romántica que he visto nunca.

Y mañana en tu casa, que no la conozco.

Me cogió por la cintura y caminamos juntas hablando de nosotras. De lo que opinábamos de lo que estaba ocurriendo, de si iba demasiado deprisa. Las dos decidimos que dejaríamos fluir los acontecimientos.

Cuando llegamos a su casa me dijo:

Yo pongo el despertador a las seis y media, ¿y tú?

Le dije que a las cinco y media.

Pues a dormir, no quiero que mañana estés cansada por mi culpa.

Nos desnudamos y nos metimos muy juntitas en la cama e intentamos dormir. No pudimos evitarlo, el deseo hizo lo demás.

P.S.: Hoy toca en mi casa

7/1/19

Regalo de Reyes


El jueves 3 de enero fue un día sensacional y eso que empezó siendo un día anodino y lleno de trabajo.

A las cinco tenía revisión odontológica. Empezamos mal porque llevaban un retraso de casi una hora. Estuve en la sala de espera aburrida porque no me había llevado ningún libro para leer pues pensaba que sería, como siempre, coser y cantar. Así que entre niños chillones y madres que pensaban que el colegio debía haber empezado de nuevo el día 26 de diciembre estuve mirando las fotos del Hola. Creo que no miraba (nunca la he leído) esa revista desde que era pequeña y entonces se estilaba tener el Hola, el Semana y el Lecturas en las mesitas de cristal que estaban en todas las casas delante de los sofás, junto a los ceniceros de plata y aquella cosa (horrorosa) que tenía forma de mariposa o de flor y cuyas alas o pétalos eran ceniceros, no sé si sabéis a lo que me refiero. Me alucinó descubrir que no conocía a ninguna mujer ni ningún hombre que aparecía en ella. Bueno sí, a una princesa, pero a mí me sonaba de la serie Suits.

La visita resultó ser rápida; era una de las revisiones y tenía la dentadura perfectamente, así que pagué lo que se me pidió y me volvieron a dar hora dentro de seis meses, de nuevo para control.
Volví en autobús a casa, y cuando bajé de este decidí irme a tomar una coca-cola al bar donde acostumbro a ir a escribir. Eran casi las ocho. El bar estaba bastante lleno. Mi mesa, tengo una mesa que a fuerza de ocuparla le he hecho mía, estaba poblada de un grupo de jóvenes que se reencontraban después de tantas fiestas. Así que me quedé en la barra, sentada tranquilamente con mis cosas colgadas del gancho de debajo de esta. Cogí un diario, me apetecía leerme las viñetas y ver cómo funcionaban (analizando se aprende mucho). Así que en seguida me quedé abstraída y evadida del lugar.

─¿Está libre?

Estaba tan concentrada leyendo y con este problema que tengo de la adecuación visual de las distancias en el que mis ojos tardan más segundos de lo normal en adaptarse al cambio de luces y distancias que tardé en darme cuenta que, a mi lado, había un chica que me preguntaba si se podía sentar en el taburete de al lado. En seguida le dije que estaba libre y volví a mi periódico.
De repente, cogió mi coca-cola y acabó de ponerla toda en mi vaso mientras me decía que sabía mejor si se vertía directamente toda. Cogió el vaso y me lo acercó a los labios para que  pudiera corroborar lo que me decía. Cuando fui a cogerlo, sin querer toqué su mano. Yo estaba alucinada: aquella chica estaba ligando conmigo. Nunca en la vida nadie había ligado conmigo.
A punto de cogerle el vaso, lo retiró, se lo acercó lentamente a la boca y bebió ella; fue un sorbo lento, sensual. Cuando acabó giró el vaso y se lo volvió a ofrecer a mis labios, por el mismo sitio que ella había bebido. Atónita di un sorbo y se me llenaron los ojos de lágrimas por el gas.

Se pidió también una coca-cola. Vació el contenido de la botella en el vaso y volvió a beber de la misma forma que lo había hecho antes. De nuevo me ofreció su vaso para beber, pero esta vez cuando fui a cogerlo con la mano me la retiró así que acerqué mi boca para juntarla con el cristal del vaso en el momento justo que lo retiraba y acercaba sus labios a los míos. En seguida noté cómo me subía la temperatura. Hacía mucho tiempo que nadie me besaba y sentí, que todas aquellas partes que parecían muertas, solo estaban aletargadas y ahora  se despertaban calientes y deseosas.

Dejó seis euros encima de la barra y cogiéndome de la mano me dijo:

─Vamos.

Me hubiera ido al fin del mundo con ella. No vivía lejos de allí. Yo estaba muy cortada. Nunca había hecho esto de conocer a alguien y acabar en su casa. Por mi mente corrían todas esas historias de raptos y asesinatos y a pesar de no tenerlas todas conmigo, me encantaba dejarme llevar por ella. 

Tenía una casa muy cálida, de esas que en seguida te llenan de buenas vibraciones. En el comedor había una gran estantería llena de libros y un sofá y una butaca orejera con una luz incidente encima para la lectura. Pensé que eso era buena señal. Me llevó a su habitación y con mucha pausa y sin dejar de besarme me desnudó y se desnudó. En la cama, muy juntas y apretaditas me dijo que ella no hacía el amor con desconocidas así que de la manera más natural que existe empezamos una conversación sobre nosotras. Y aunque pueda parecer de lo más forzado, fue genial. Hablábamos sobre nosotras, cada una explicando aquello que quería, sin preguntas, sin ser juzgada, acariciándonos y besándonos en los momentos más emotivos. Era de madrugada y no habíamos callado ni un momento. Me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, así que me dejó un pijama suyo, se puso otro y nos fuimos a la cocina a hacernos unas verduras al vapor. Hasta en el tipo de comida coincidíamos.

La cena fue preciosa, las dos sentadas en un lado de la mesa, juntas, comiendo directamente de la bandeja donde habíamos puesto las verduras. Las habíamos aliñado con aceite y sal Maldon.

Después, nos sentamos en el sofá, ella tenía mis pies en sus manos y yo los suyos y seguimos hablando y hablando y hablando.
Recuerdo que de repente, me di cuenta de que el salón ya estaba iluminado y soleado. Se lo dije y miramos la hora, era casi la una del mediodía, así que nos metimos en la cama y dormimos.

Cuando nos despertamos ya era casi de noche. Nos duchamos juntas. Fue maravilloso, su piel, mi piel, el jabón, el deseo y nuestro sexo. De la ducha pasamos a la cama y fue aquí donde se detuvo el tiempo. Hicimos el amor, una y otra vez porque el deseo no se consumía, al contrario se iba avivando.

Era madrugada cuando abandonaba su casa. Antes de abrir la puerta de la calle, me besó y me dijo:

─ No desaparezcas, por favor. Pensaba que serías un polvo de un día pero te noto demasiado cerca de mi corazón. Si quieres podemos conocernos más a ver qué va pasando.

Y me beso profundamente, despacio, sin dejar ni un recoveco de mi boca por explorar. Volví a casa feliz hasta rabiar. Nunca en la vida había atraído así a nadie. Nunca en la vida había despertado semejante pasión. Menudo regalo de Reyes.

P.S.: Espero verla esta tarde.

3/1/19

Mi infancia


De pequeña, mis padres siempre discutían. Yo creía que era por mi culpa. Mi madre quería una educación formal para aprovechar esa mente maravillosa que decía que yo tenía y mi padre prefería que tuviera una educación como cualquier niña.  Recuerdo que a mis cinco años ya era consciente de lo que estaba pasando por mi causa.

Cierto es que nunca me ha costado aprender, sobre todo matemática, que es mi gran pasión. A los seis años ya dominaba toda la matemática superior que se explicaba en cualquier instituto y me aburría como una ostra en primero de EGB. Además, no me sabía relacionar con las niñas de mi clase (por aquella época los colegios no acostumbraban a ser mixtos) por lo que pasaba todo el tiempo sola. Tuve la suerte, en segundo de deslumbrar a la señorita Elena, que fue mi tutora durante aquel curso y se encargó de buscarme ejercicios de matemática superior, que creo que ni ella misma entendía.

Aquel año, papá cedió ante la insistencia de mamá y me sacaron del cole para llevarme a una especie de internado de niños prodigio, como se llamaba por aquel entonces. Me dolió mucho separarme de mi padre, pero pronto la matemática se convirtió en toda mi vida. Allí tampoco tuve amigos, no sabía relacionarme con aquellos niños tan especiales como yo. Además, tenía todas las horas del día ocupadas con los estudios universitarios. A los ocho años, me llevaba mi madre de la mano a la facultad de exactas. Me encantaban las algebras, los análisis, las ecuaciones diferenciales y todo lo demás. Me sentaba en la primera fila rodeada siempre por un montón de adolescentes que solo pensaban en pasárselo bien y tener pareja para poder tener sus primeras experiencias sexuales.

Antes de acabar los estudios universitarios estuve trabajando en uno de los siete grandes problemas matemáticos: “la conjetura de Hodge” y pude disfrutar analizando los estudios de Perelman sobre “la conjetura de Poincaré”.

Creo que a pesar de disfrutar tanto con la matemática, siempre he odiado ser como soy. Me hubiera gustado ser como cualquier niña de mi edad y disfrutar de lo que es un columpio, o de mancharme con la tierra de los jardines, o jugar a la comba con mis compañeras o lo que fuera que tocara en aquel momento.
Mi vida no ha cambiado mucho. De un congreso a otro explicando y estudiando nuevas conjeturas, sola en las habitaciones de hoteles y recordando que una vez tuve un padre que luchó hasta lo indecible para que yo pudiera ser feliz.

Papá, las matemáticas me hacen feliz, pero mi vida está llena de asíntotas.

2/1/19

Mi analfabetismo emocional


A veces, cuando me comparo con alguna de mis amigas, veo que tengo mucha más inteligencia emocional de la que me creo. Empezando por la capacidad de relisiliencia. A pesar de los dolores y tristezas que me produzca cualquier ruptura (del tipo que sea: amorosa, de amistad, laboral) mi mente en seguida se aferra al dicho: “a otra cosa mariposa”. Empiezo a construir una nueva realidad para mí y así soy capaz de sobrevivir a todas esas catástrofes en las que acabo metida por mi analfabetismo emocional.

Por otro lado, tengo el sentido del humor necesario para reírme de lo que me está pasando y ver, no sin hilaridad, el lado más agrio desde una perspectiva cómica. El reírse de una misma y de sus circunstancias hace que me sea más fácil aceptar el desgraciado hecho que haya ocurrido. Hay gente que piensa que eso es humor negro, pero no es así; solamente es un recurso de supervivencia. Por otro lado, es una manera de contar aquello que me duele e impedir que se enquiste o que se tumorice y crezca a su libre albedrío, llegando un día a volverse en mi contra.

Acepto, de una manera casi sumisa, las pérdidas, pienso que son algo contra lo que no se puede luchar. Y en más de una ocasión he sido yo quien ha decidido perder, cosa que encuentro, de alguna manera, honesta.

Así, que cuando veo a alguna de mis amigas que considero más “desarrolladas emocionalmente que yo”,  que pasa el tiempo, y sigue pasando el tiempo y son incapaces de salir del agujero en donde se hallan, en mi fuero interno me siento segura conmigo misma, porque por ahora, he salido de todos y cada uno de los baches de la vida, aunque no me llegue a gustar del todo el lugar donde anido ahora.

Todo se andará. También esto pasará (título de un libro que, por cierto, me gusto mucho).

1/1/19

2019


2019. Ayer, me costó mucho dormirme y eso que estaba agotada. Me había pasado la tarde guardando mi vida pasada en el altillo y vaciando estanterías para tener espacio para lo que pueda venir. Me acosté con la casa preparada para recibir al nuevo año. Me acosté feliz.

No tardé en descubrir que desempolvar cosas pasadas conllevaba a hacer presente recuerdos que ya tenías más o menos aparcados. Fue como si abriese la caja de Pandora y saliesen todas mis frustraciones, mis intentos y fracasos y mis deseos no cumplidos.

Quise controlar el pensamiento pero ocurrió todo lo contrario: este se apoderó de mí. Mi estado de ánimo, que ya no era exultante, empezó a virar hacia una tristeza profunda, calmada y sobre todo aciaga. Al principio estuve inmóvil, dejando que la pesadumbre me chafara contra el colchón. Luego, me invadió una comezón de intranquilidad confiriéndome una incomodidad que me llevó a no encontrar la postura que necesitaba para conciliar el sueño. Al final, como siempre, el cansancio del día y la noche me durmieron.

Hoy he abierto un ojo, despacio, muy atenta a lo que pudiera pasar. Todo está igual. Nada había cambiado. Después de tantos años cambiando de año debiera saber que esto del “borrón y cuenta nueva” no es algo que te venga de fuera. En fin, otro año para sobrevivir.

31/12/18

2018


2018.Otro último día de año. ¿Y? Estoy desayunando un bocadillo de pollo a las hierbas con un roibos chaimassai para ir entonando el cuerpo. Voy fuera de horario porque he dormido más que nunca y me he levantado tocadas las diez, inconcebible en mí, pero ha sido la hora en que me he despertado, durmiendo desde las once de la noche. Debo aprovechar está gran época de no insomnio.
Hace un día precioso. Me hubiera gustado ir de excursión, pero por ahora, se han acabado los días de excursión. Se puede salir a la calle solo con sudadera o jersey (qué poco glamur tiene el nombre de “sudadera”) y creo que es lo que voy a hacer dentro de un rato: cargaré mi mochila de dibujo con las pinturas y la libreta y me dirigiré a cualquier lugar que haya sol (llevo cinco días sin verlo) y me pondré a dibujar. 

Debo pensar mis propósitos para este nuevo año de congruencia 3; espero antes que nada (vamos, lo necesito) que siga recolocándome la vida en su sitio y que no me permita nunca más ponerla patas arriba como hasta ahora.
Este año que va a pasar me he dedicado a buscar la alegría en las pequeñas cosas, cuesta, pero lo he logrado y me siento orgullosa de ello. Me he dado cuenta que mi vida está compuesta de pequeñas cosas a las que antes no daba importancia. Recuerdo aquel libro que se llamaba “El dios de las pequeñas cosas” de Arundathi Roy, creo que el que leí era de la Editorial Anagrama.

Mis inicios en el mundo de la meditación no son demasiado fructíferos. Me cuesta mucho doblegar mis pensamientos al no pensamiento. Pero voy a seguir intentándolo con todas mis fuerzas y veremos donde llego.

Creo que al final no voy a hacerme ningún propósito. No quiero encasillar el pensamiento con ideas de futuro. Ni perseguir causas perdidas. Voy a dejarme fluir, a ver cuánto volumen soy capaz de ocupar.

24/12/18

Atemperándome para mañana


Esta Navidad no he tenido la pericia de organizármela bien, así que no me queda otra que quedarme en casa. No me siento por ello nada triste ni decepcionada, más bien al contrario. En esta ocasión, no sé porqué, me acompañan más las personas que ya no están a mi lado que las que sí. Permitidme que me pierda un rato en mi propio circunloquio.

Mañana, cuando me despierte, permaneceré en la cama hasta que mis vértebras digan que ya no pueden más aguantar la posición horizontal. Pienso pasar todo el día en pijama, este será mi máximo boato. Voy a improvisar una comida con los restos que normalmente se acumulan en el fondo de nevera, más porque no me ha apetecido salir a comprar que por quebrantos económicos (aclaración para evitar vuestra conmiseración). Haré del sofá un amigo íntimo que al acabar el día pensará que había conocido tiempos mejores. Con el mando en la mano, entreveraré un canal con otro, realizando ímprobos esfuerzos por mantenerme despierta.

Y cuando ya no pueda más de este ostracismo que me he impuesto,  cogeré mi juego de investigación e intentaré averiguar junto a Sherlock Holmes, quien ha sido el asesino de Queen’s Park.

Cuando vuelva a mi cama, pensaré, como lo habré estado haciendo todo el día, en las personas que ya no están a mi lado y que puede que nunca vuelvan a estarlo.

Lo malo de hablar claro es que puedas llegar a ser premonitorio.

23/12/18

Al final, se impondrá la noche despiadada


Me retuerzo en la cama como una culebra a la que se le ha quemado la cola porque la soledad abrasa igual que si de fuego se tratase. Salpico de tristeza mi almohada que ya no huele a ti a fuerza de besarla y de abrazarla. Quién sabe del deseo implacable autoaniquilado. Me sostiene el lado oscuro entre murmullos. No. No fue un amor desgastado. Fue un amor incontrolado lo que está acabando conmigo.

¡Levántate! Abandona cualquier quejumbre y vuelve a derramar palabras, me digo. Debo volver a caminar, a charlar, a respirar. Debo moverme y avanzar. No puedo pensar. La noche sigue y me engulle. No soy ningún héroe. Me dejo llevar.

21/12/18

Tarde de películas


Agotada me he postrado en el sofá, con un cuenco de endivias troceadas, salmón y sésamo y una botella de agua. He encendido la tele y he buscado alguna película que pudiera gustarme.

“Marie Curie” ha sido la elegida. Lo que más me ha gustado ha sido que el relato era desde su primer Nobel hasta el segundo. Anteriormente ya había visto otra  película que era la del descubrimiento del radio y la radioactividad. Me ha gustado mucho el tratamiento que se hace del tema. Siempre que veo una película biográfica pienso que por qué no veo más, pues me suelen gustar mucho. Así que acabada esta me he lanzado a buscar otra y me ha gustado muchísimo más que esta por el desconocimiento del tema.

Lou Andreas-Salomé ha sido la segunda de la tarde. La he empezado a ver pensando que no me gustaría, y ha sido todo lo contrario, me ha apasionado. Me ha fascinado la vida de esta mujer totalmente desconocida por mí. Su padre, al morir, le deja una  nota que dice: “Conviértete en lo que eres”. Ella tenía unos 16 años y realmente vive su vida atendiendo al consejo de su padre. Conoce a Nietzsche, a Rilke, a Freud y a Tolstoi. Rilke, en la película, recita ese poema suyo que a mí tanto me gusta:

Apaga estos ojos míos: no dejaré de verte,
si me tapas los oídos podré igualmente sentirte,
y podré sin pies ir hacia ti
y sin boca podré aún conjurarte.
Quítame los brazos y te cogeré
con mi corazón como si fuera una mano;
párame el corazón, latirá el cerebro;
y si a mi cerebro prendes fuego,
entonces te llevaré en mi sangre.

Cuando veo este tipo de películas en la que los personajes viven experiencias tan ricas me muero de envidia porque me encantaría vivir este tipo de experiencias. Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando era joven tuve la suerte de conocer a un grupo de intelectuales que se reunían una vez al mes para cenar y tratar algún tema. Durante un tiempo estuve asistiendo a sus reuniones. Siempre esperaba con impaciencia que fuera el primer viernes de mes, porque era cuando nos citábamos. Éramos jóvenes y emulábamos a los que en otra época también lo fueron. Nos vestíamos con tejano negro y camisa o camiseta negra y, unos 11 o 12, acudíamos a la cita. Nos solíamos despedir cuando ya el sol hacía rato que despuntaba. Antes de volver a casa, compraba la prensa para leerla en la cama al día siguiente. Ahora esos tiempos me quedan muy lejanos.

20/12/18

Para qué


Para qué volver a escribir lo que un día escribí si las palabras son las mismas que hoy ocupan mi razón. Para qué buscar y revolver y recordar un pasado que sigue presente, si en su momento plasmé lo que hoy me apetece de nuevo plasmar. Para qué deslumbrar con un nuevo ejercicio lingüístico lo que ya fue dicho en otro momento y sigue hoy vigente. Para qué recurrir a otro texto si aquel, aunque viejo, conserva su lustre de nuevo.

"Morí. Morí con cada una de sus cuatro letras. Morí al romper nuestro amor y en silencio casar mi corazón al tuyo. Morí al intentar vivir sin ti. Morí. Morí. Y sigo muerta.

Respirar tu vacío me duele, pero la hago religiosamente, cada noche, al acostarme, emulando el castigo impuesto a Sísifo por los dioses. Y así me duermo, contando las arrugas de mis sábanas bajo este corazón de amor asmático que me ahoga el pensamiento. Y me despierto, y vuelvo a tu vacío y rodeo con mis lágrimas tu lado de la cama, que de tan frío me quema y hiere mi piel bañada en soledad de caricias. Y me duermo entre recuerdos de lo que un día fue vida. Y despierto porque ya entre mis sueños no te encuentro.

Y así pasan mis días, bajo una muerte estrellada, que de día parece viva y de noche es la ausencia del alba."

19/12/18

Cuando menos te lo esperas


A veces las personas me sorprenden tanto que me dejan sin palabras. Hoy ha sido un día de estos, por eso no hay escrito. Se me han desdibujado las palabras. Disculpen las molestias.

18/12/18

La Niñadelscollons ataca de nuevo


Por razones que no viene a cuento, desde hace unos meses, la progenitora de la Niñadelscollons ha venido a trabajar a mi empresa, no está en mi sección, pero nos vemos a la hora del café y alguna que otra vez comemos juntas.
Parece ser que hoy, como tenía a la niña enferma y no tenía con quien dejarla, la ha traído a la oficina. No voy a comentar que también ha traído los miles de virus que llevaba dicha preciosidad con ella.

El caso es que hoy, apenas dos horas después de entrar a trabajar, a los directivos les ha dado por hacer el simulacro de incendio anual.

De repente empieza a sonar una sirena y debemos abandonar el puesto de trabajo cerrando todas las ventanas, que con el frío que hace ya estaban cerradas, y cerrando también las puertas para  salir en orden sin utilizar los ascensores. Y nos tenemos que reunir en un pequeño parque, que más que parque parece bosque por la cantidad de pinos que hay y por una especie de incipiente sotobosque que aparece en el suelo de tierra, hasta que vienen los directivos a buscarnos una vez calculado el tiempo de desalojo.

Cuando he llegado a dicho ya me he encontrado a madre e hija, esta última con la nariz roja de tanto sonarse, las mejillas sonrosadas por alguna décima presente y los ojos llorosos por la congestión. La primera en hablar ha sido la Niñadelscollons y con una absoluta voz nasal y con la pedantería que le caracteriza me ha dicho:

─Madera. Oxígeno. ¿Hola? ─mientras movía sus manos a ambos lados de su cabeza a gran velocidad y con gesto repetido.

Creo que este sarpullido que tengo ahora y este incipiente, aunque ya doloroso, herpes labial que corona la comisura derecha de mis labios se debe a mi gran contención de esta mañana.

17/12/18

Sin olvido


No, no puedo. No puedo ver a una pareja besándose. Se me hace muy presente que yo ya no tengo pasión, ni amor. Que un día era yo la que era besada por las esquinas de la vida y abrazaba un cálido cuerpo que se perdía en mí como si de uno solo se tratase; y ahora solo voy colgada del brazo de la soledad, consumiendo un día, y otro, y otro, también, sin esperanza alguna de volver a vivir aquellos momentos con alguien que beba mis vientos y camine conmigo a mi justa zancada.

Llegar a casa por la noche y acostarme en esa fría cama, que ya no recuerda que un día ardía de deseo y de fogosidad, y que buscaba fusionar nuestros cuerpos para mitigar el enardecimiento que la contención sexual conlleva. Ahora todo es gélido sueño, que viene a borbotones como si de un fluir se tratase. Silencio y vacío, sábanas inmutables y apáticas que muestras su negligencia negándote las buenas noches.

No, no vivo igual que antes. No, no duermo igual que antes. Sencillamente transito entre los vestigios de ese mi amor, el que fuera verdadero.

16/12/18

Lucha contra los elementos


En fin, no sé ni cómo soy capaz de escribir porque tengo unas agujetas en los brazos y unas tensiones en la espalda, en la parte de los omoplatos, que me impiden hacer cualquier cosa más allá de dejarlos descansar, muertos, en la cama.

Todo porque esta mañana me he batido en una de las más grandes luchas de mi vida. No dudéis por un instante de quién ha ganado; después de casi una hora de encarnizamiento he abatido al enemigo, doblegándolo. He conseguido que obedeciera y cumpliera con su obligación. Ríome yo de tener que bregar con un joven con mala adolescencia. ¡Ja!

Todo ha venido cuando he querido cambiar las sábanas. He desmontado la cama y he puesto en marcha la lavadora. Mientras, me he preparado el desayuno y, feliz y legañosa, me lo he comido. Así, que he preparado mi ropa y me he duchado, acicalado y vestido. Hasta aquí ningún problema.

Cuando he vuelto a la habitación (en qué mal momento se me ha ocurrido), me he dispuesto a hacer la cama con las sábanas limpias. La sábana bajera, con una incipiente rebeldía, se obstinaba en no agarrarse en una de las esquinas. Cuando lograba ponerla saltaba por otro lado. Al principio no le he dado mucha importancia. Dejaba aquella esquina y me dedicaba a la otra. Volvía a saltar por la opuesta. Yo, que andaba metida en mis pensamientos, no era demasiado consciente de este comportamiento y menos aún de que iba a ser el preámbulo de una batalla campal. Después de tres intentos de ir de una lado a otro de la cama, de luchar con la altura del colchón (antes eran más bajitos y se podía poner la sábana bajera por debajo) y de empezar a ponerme nerviosa, he conseguido, por fin y sin saber muy bien cómo, que la bajera quedara cogida por sus cuatro esquina y además, tensada.

Ahora tocaba el turno al nórdico. Tengo dos nórdicos, uno dócil como un corderito, que tiene la parte de debajo abierta de un lado al otro y que en principio no me ha dado problema nunca. Pero tengo otro, arisco y maleducado, que se niega a obedecer y a cumplir su función, que esta mañana me ha retado sin dar su brazo a torcer en ningún momento.

El susodicho, en la parte de abajo  tiene una “pequeña obertura” que es menor que un tercio de la longitud de ese lado. Como cada vez, me he dispuesto a coger la punta superior del relleno e intentar llegar a la punta superior de la funda. No ha costado mucho. Después he repetido la misma acción con la otra punta, pero ahí ya me he encontrado que el volumen del relleno se había quedado atascado en la obertura de la funda y no tiraba ni para delante ni para detrás. He hecho fuerza pensando en que mi capacidad muscular era mucho más fuerte que ese inerte relleno, pero nada más lejos de la realidad. Me encontraba con el brazo derecho en el interior de la funda, en una postura algo más parecida a la de un tacto rectal que a la de una linda ama de casa cambiando la funda nórdica, y la mejilla apoyada en el hombro intentando recuperar brazo y mano en un mismo gesto. Al final, he tenido que sacar el relleno del todo y volver a empezar la labor de nuevo. Esta vez, he podido poner la punta del relleno en la punta de la funda sin ningún problema, pero al poner la otra punta me he dado cuenta que me había quedado cruzado. Mis ausentes bíceps empezaban a avisarme de posibles agujetas, pero no los he oído porque chillaban más mis epicondilitis del codo. Además, del quejido de esa vértebra lumbar que le da por clavarse cada vez que doblo mi cuerpo sin doblar las rodillas.

Pero yo estaba dispuesta a ganar. Enfadada he sacado el relleno estirando de él y arrastrando consigo la funda. Furiosa me he peleado con ambos hasta que por fin, con un gasto de energía mucho mayor del que debiera haber sido, me he salido con la mía, aunque me he sentado en el borde de la cama resoplando por el cansancio y agotada.

Se me ha ocurrido mirar en Internet a ver si veía alguna manera más fácil de montar el nórdico. Y sí; ahí estaba. Por qué no se me había ocurrido antes. Se trataba de dar la vuelta a la funda, ponerla encima de la cama, poner el relleno encima de la funda y empezar a enrollarlo por la parte de lo que sería el embozo. Así lo he hecho. Tenía que enrollar presionando un poco para que luego por el agujero cupieran los extremos y darle la vuelta. No había manera, me dolían los dedos de tanto apretar e intentar hacer el rollo de igual diámetro por los dos lados. Al cabo de un rato, me he descubierto pegando gritos como si de kárate se tratara, o de un exaltado orgasmo, para que lo voy a negar. Después de romperme una uña y de alterar todas las artritis y artrosis digitales de la edad he conseguida darle la vuelta. Ahora solo faltaba desenrollarlo.

Como no había manera de desenrollarlo como la señora del vídeo, me he tenido que subir de pie encima de la cama, coger relleno y funda y sacudirlos para ver si se desenrollaban, pero no ha sido así. Lo único que he conseguido es cansarme como una burra y seguir con el nórdico a modo de barquillo navideño. Al final, de rodillas en la cama he ido deshaciendo el rollo y por fin he conseguido mi objetivo. Cuando he acabado, he bajado de la cama como si fuera una cama baja, dando un paso y al tocar el pie en el suelo, como había mucha más altura de la que estoy acostumbrada (hace nada que me he cambiado el colchón) me ha rebotado todo el cuerpo y en consecuencia he chocado los dientes de una mandíbula con los de otra a la vez que me ha retumbado el cerebro.

En fin, toda una hazaña. Hoy he superado a Don Quijote y sus molinos.

PS. Mi relleno es más grueso y mi funda más justa. 

14/12/18

¿Qué pasa cuando se nos terminan las lágrimas?


Cuando se nos terminan las lágrimas, el vacío del alma se hace dueño de nuestra tez y ensombrece las facciones allanando el camino a la tristeza, que desde el primer sollozo tumefacta nuestro ser. Es entonces cuando te sientes morir de verdad. Ha desaparecido el escape, el punto de fuga del húmedo lamento de nuestros ojos que, secos, hierven de silente dolor. Todo pierde su esencia y la vida se torna en un sinsabor mortecino. Cada latido retumba alrededor de lo que pudo ser y no fue. Incapaz de ver más allá de tu tristeza, vuelves la mirada hacia tu interior en ruinas. No quieres vivir. Antes, al menos, llorabas. Ahora no haces nada. “Muerta por dentro, muerta por fuera” es el mantra que te repites, que te calma, que te da una salida. Pero no cuentas que bajo las cenizas de tu persona existe una incipiente Ave Fénix que se encargará cual ascua de volver a avivar tu fuego. Ese fuego que conduce, lenta pero directamente, a la felicidad.

13/12/18

Todo pasa y todo queda


A veces me da por perderme entre antiguos textos de este blog. Escritos que ahora me son lejanos pero que en su momento fueron muy próximos. Una cosa que me gusta hacer, es entrar en los comentarios y recordar quién me comentaba en aquel entonces. Y clico su nombre para que me redireccione a su blog. Me entristece descubrir que hace años fueron dejados a la deriva, o cerrados.

Sé que las cosas pasan de moda. Es ley de vida. Pero me duele pensar que algo que antes había tenido tanta vida, que le dedicaba tiempo y cariño (eso de ir conociendo a las personas a través de lo que escribían era maravilloso) y con lo que había disfrutado muchísimo ha llegado a perderse.

Es cierto, que yo tampoco le he dado continuidad y que durante largas temporadas lo he tenido abandonado, pero nunca ha sido porque le haya dado prioridad a otro manera de comunicarme en la red.

A veces, sencillamente, se acaban las palabras. Y eso es lo que me pasó a mí. Me perdí, dejé de conocerme y desapareció cualquier atisbo de historia que pudiera contar. No es que me haya encontrado, que no es así, pero, por ahora, he descubierto cosas que desconocía de mí misma, tan distantes a lo que soy yo que hacen que cada mañana me levante con expectativas nuevas e intrigada en ver cómo se desenvuelve mi nueva yo. Esto, por supuesto, ha supuesto un resurgir de mis palabras y aquí estoy, escribiendo de nuevo y disfrutando con ello. A pesar de que esto esté absolutamente muerto.

Da igual, esta vez, como al principio, no escribo para ser leída, sino que escribo para leerme yo, para vaciar toda esa maraña del pasado que anda revolucionando en mi interior.

Eso sí, si alguien entra y me lee y tiene blog, que me lo diga, tengo ganas de leer a otras personas y compartir palabras por aquí.

12/12/18

Desrimando la canción


AMOR ENEMIGO
Malú

Tengo montones de nada
estrellas quebradas, escalas de gris
tengo tormentas futuras
palabras oscuras, que crecen aquí.

Los montones de nada se los busca uno mismo; uno debe trabajar para ser alguien y no depender de los demás anímicamente hablando. Ser feliz porque estés con alguien implica que esa relación ha empezado a fracasar ya. Uno debe ser feliz por uno mismo y para uno mismo. La idea que la felicidad depende de la otra persona es demasiado pueril y ya huelga a nuestras edades. Por otro lado, todo el mundo tiene estrellas quebradas, vamos, no hay nadie que pueda realizar todos sus sueños, siempre hay alguno que fracasa y es este, precisamente el que nos hace avanzar en la vida. Claro, que si solo se ve la parte negativa de la “estrella quebrada”, empieza pues a bajar por las escaleras que te conducen al pozo, y húndete en su fango, qué parece que eso es lo que le gusta a la mayoría de los humanos. Pinta encima de las escalas de grises y verás qué tonalidades más contrastadas se obtienen. Malo tener tormentas futuras, porque ese espíritu Nostradamus no va demasiado bien para el cutis. Pero en lo de las palabras oscuras, te doy la razón, siempre hay palabras oscuras a nuestro alrededor, pero tienes dos opciones: o no las escuchas o te vas a otro lado y las dejas que crezcan allí.

Tengo una casa vacía 
fotos me espían, se ríen de mi 
tengo un infierno portátil 
me odio por frágil, me odio sin ti. 

¿La casa vacía?, pues llénala. Llénala de ti y siéntete orgullosa de ello. Ya verás como si creces tú, alguien aparecerá a tu lado. No personalices objetos inanimados, quien se siente ridícula, de alguna manera, eres tú, no son las fotos que se ríen de ti. Y si lo son, sácalas de tu vista, siempre vas a poder obtener una caja de cartón decorada con mariposillas u ositos para ponerlas dentro y perderlas por los altillos,  que para eso existen. Qué envidia que tengas un infierno portátil; qué ahora te apetecen unas chistorras al aguardiente, pues  ¡chas!, lo haces aparecer a tu lado y a cocinar. Por cierto, no debes odiarte, ni por frágil ni por nada, es mucho más productivo empezar a fortalecer ese espíritu derrotista que hasta ahora estás demostrando. Debieras haberte dedicado al teatro, porque el drama va contigo: (declamado) “me odio sin ti”, y hace mutis por el foro. Que si se hicieran más mutis en la vida, otros gallos cantarían.

Tengo, ese amor enemigo 
tengo el dolor y el olvido 
tengo tu nombre y aunque 
no quiera, vive conmigo.

Aquí la has clavado. Empezar con este maravilloso oxímoron que conduce al desconcierto semántico, amor y enemigo, dolor y olvido. Anda que me olvido yo del dolor cuando me duele algo. Eso sí, debieras patentar estas dos palabras: “amor enemigo”, porque puede que alguien las necesite para hacer una película de thriller psicológico. Yo que tú iría a la oficina de patentes y lo hacía, una mañana de estas. Además te aconsejo que lleves mi nombre y lo dejes olvidado por ahí. Seguro que no sabrá volver a tu casa, (la otra es esperar que el nombre se vaya al gimnasio y cambiar la cerradura, pero esta solución es bastante más cara que la otra).

Tengo los sueños guardados 
mi colección de tornados 
mientras tú vives en mi 
futuro, yo soy pasado.

No guardes tanto los sueños e intenta alcanzarlos, no dejemos todo para última hora que nunca se sabe qué puede pasar. Aquí sí que no te puedo rebatir nada, cada una colecciona lo que más le gusta. Yo colecciono Quijotes en un vitrina, tú, tornados… por cierto, ¿dónde los guardas? Y lo que más me intriga, ¿quién les saca el polvo? Yo dos veces al año abro la vitrina y desempolvo a Alonso Quijano y a su escudero y ya me parece un trabajón de cuidado. Pensar en limpiar tornados, que no se están quietos, me pone los pelos como escarpias. Por cierto, aquí vas errada (que no herrada, que no sé) porque yo no vivo en el futuro de nadie. Vamos, qué locura tener que teletransportarme en el tiempo con lo apretada que tengo la agenda.

Tengo migajas de vida 
silencio sin rimas y un alma de arfil 
tengo la piel de un soldado 
después de una guerra, sin tregua y sin fin.

Pues haz unas buenas migas, con su choricillo y su morcilla, ¡anda que no me las comería yo ahora! Mujer, es que pides peras al olmo, ¿cómo quieres rimar el silencio? Imagínate: niños, analizad este poema silencioso; “Es un verso menor de rima nosonante”. ¿Qué no ves que esto no puede ser? Eso sí, todo un diez usar la palabra arfil que ya está en desuso. ¿Ves? Si te entretienes con la lengua evitarás caer en el dramatismo? Por cierto, ¿tener el alma de arfil es ser una beoda? Porque los arfiles van en diagonal, digo. Y lo que sí que encuentro fatal es tener la piel así. Debieras gastarte un poco más del suelo en cremas para hidratarla, que luego, con más edad se llaga con facilidad y ahora aún estás a tiempo de prevenirlo. Yo uso aceite de argán. Es un poco caro, pero lo mezclo con una crema hidratante para pieles sensibles y me dura mucho. Además, tengo la piel como un bebito. Te lo aconsejo. Para después de las guerras, es lo mejor.

NOTA: Soy una admiradora de Malú, me gustan sus canciones y voy a sus conciertos. Aquí, sencillamente, he hecho un ejercicio de escritura, sin ánimo de nada más.

11/12/18

Frase

Oí esta frase un día y me ha hecho reflexionar mucho en ella y en su contraria.

A veces la persona a la que nadie imagina capaz de nada es la que hace cosas que nadie imagina.



10/12/18

Zas


Hay canciones que te hacen saltar el alma y no se sabe porqué.

9/12/18

Reflexiones


No aguantaba sus silencios, eran cortantes, fríos y a mi modo de ver innecesarios. Era su forma de castigarme. Nunca sabía por qué estaba enfadada, ni qué le había hecho yo. Ni por qué me lanzaba esa mirada lacerante que me rompía el corazón y que me convertía en un borreguillo a punto de matadero. Solo quería que fuera feliz y me desvivía por ello, pero parece ser que no fue la manera correcta de hacerlo. Nunca acertaba con lo que ella quería.

Cuando descubrí que esos silencios iban a estar siempre con nosotras pensé que el tiempo forjaría el callo emocional que me permitiese aguantarlos sin empeorarlos y sin desmontarme interiormente. Pero no fue así. Sus silencios mutantes fueron más fuertes que yo. Fueron capaces de ponerse por delante del amor que sentía. Miedo me daba estar junto a esa compañía silente que no hacía más que jirones de mi ser. Miedo me daba volver a casa porque seguro que me encontraba esa cara acusadora con los labios bien prietos y esa mirada penalizadora que me hacía esconder el rabo entre las piernas y agachar la cabeza esperando el momento de la explosión. Porque el silencio se le acumulaba hasta que no podía más y explotaba en un agudo vocerío de tensas cuerdas vocales y me echaba en cara todo lo mala que era. Y yo escuchaba en silencio, balbuceando que malinterpretaba las cosas, que esa no era la realidad, que lo que me pedía no era para nada lo normal.

Poco a poco, fui descubriendo ese analfabetismo emocional del que tanto se habla y contra el que no pude luchar porque estaba aferrado en su propia esencia; esa inmadurez que provoca el miedo a perder lo más querido y que te empuja a alejarlo de ti irremediablemente.

Leí el otro día en un libro la frase: “qui cum puellis pernoctat escrementatus alboreat”.  Solo me queda decir, doy fe.

8/12/18

En el último momento


Hay cosas que no cambian, sigo haciendo los trabajos, los proyectos, los dibujos, en el último momento. Me mato por hacerlo bien y disfruto, disfruto muchísimo de la investigación, de la realización, de tener que plasmar mis ideas en palabras o dibujos. Y me encanta. Y me paso horas y horas seguidas intentando crear la octava maravilla y normalmente lo consigo. Pero siempre, siempre, siempre pienso: “si lo hubiera empezado con más tiempo lo habría desarrollado en profundidad, cosa que me hubiera reportado muchísimo más placer”. Porque me es placentero crear. Me extasía y me retuerce recovecos profundos de los que ignoro su existencia. Me encanta pulir la savia bruta que se almacena por mi materia gris y moldear en ámbar la incipiente idea extraída de la fragua de existencia. 

Pero pasan los años (y las décadas) y continuo realizando mis trabajos el último día, en el último momento. Me empieza ya a frustrar que todo ese delirio lo tenga que condensar en un día, en una tarde, en una sentada. Dicen que nunca es tarde para cambiar, pero la experiencia me inclina a pensar lo contrario. Así, que, siendo como soy, no me queda otra que aceptarlo.

7/12/18

Decanto el canto de canto


No tenía como objetivo llegar a la edad que tengo con la personalidad incólume. ¡Menos mal! Porque hubiera tenido que porfiar para mantener mi estandarte bien alto y con voz perentoria jurar y perjurar que nunca nadie había logrado torcer mi ser. Debo agradecer a la sabiduría de la existencia que cuidó que no cometiera ese craso error.

A mi edad: me han vapuleado, me han zarandeado, me han arrastrado y pateado todas mis verdades, tanto en pensamiento como en obra; han bailado tangos con mis ideales, jugado a futbol con mis sentimientos y han hecho papilla hasta mis más secretos sueños.

Pero sigo aquí. Más fuerte que nunca. Tranquila y silente. Contemplando todo sin cavar mi tumba. Comprendiendo, desde lo más profundo que se puede caer que ya se han acabado mis duelos y mis quebrantos y que ahora me toca vivir y sacar a pasear ese carácter, que a fuerza de vida ha aprendido, por fin, a vivir. Y no lo salmodio, lo grito a los cuatro vientos, pisando fuerte y a consciencia, arrancando la paciencia que la costumbre otorga.

6/12/18

Qué profunda emoción recordar nuestro ayer


Hace mucho, mucho tiempo, cuando yo habitaba el mundo del chat, recuerdo haber entablado conversación con una chica que vivía en la otra punta del país y de la que, por supuesto, acabé colgándome.

Al principio, solo chateábamos y la verdad, nos lo pasábamos muy bien. Nos habíamos leído en el general e incluso habíamos intervenido en alguna de esas locas conversaciones difíciles de seguir, en donde un sinfín de nicks intervienen diciendo cada uno la suya y haciendo ininteligible la comunicación. Pero si tenías un poco de experiencia, podías leer solo las líneas que te interesaban y entonces aquellas palabras inconexas adquirían y conferían coherencia al diálogo.
Un día, mejor dicho, una noche (que era el momento que se solía dedicar al chat), me abrió un privado (una pantallita para hablar nosotras solas). En seguida congeniamos. Nuestras conversaciones eran irónicas y burlonas. Hablábamos de todo, de lo divino y de lo humano, como decía ella. Hablábamos y hablábamos despuntando un alba tras otra. La verdad es que añoro esos momentos.

Recuerdo que por aquel entonces yo tenía un ordenador de mesa y me pasaba hasta altas horas de la madrugada sentada en la butaca del despacho tecleando. Sin embargo, ella tenía un portátil y tecleaba desde la cama. De manera que cuando finalizábamos nuestras conversaciones y nos despedíamos, bajaba la tapa del ordenador y lo dejaba sobre el edredón, a su lado, en la parte que no ocupaba ella. En cambio, yo tenía que cerrar el ordenador, levantarme de la silla, cambiarme de habitación y meterme en la cama. La envidiaba, en cierta manera.

Ahora, mucho tiempo después, me hallo escribiendo esto desde la cama, en la soledad de mi habitación y de mi pantalla (hace ya un montón de años, ¿diez?, que no chateo), perdí la pista de esa chica de la que me colgué y con la que pasé tantas cibernoches hablando y riendo. No tengo manera de localizarla. Me acuerdo algunas veces de ella y me descubro añorándola. Pero con esto tengo suficiente. Además, hoy, como un gesto cariñoso, en cuanto publique este texto, pienso bajar la tapa de mi ordenador, ponerlo en el lado vacío de mi cama, cerrar la luz y dormir, no sin antes, pensar en ella y en cómo sería mi vida si lo nuestro hubiera cuajado.

5/12/18

Conversando con extraños


Me he comprado un libro que se llama Escape Book. Bueno en realidad hacía tiempo que lo tenía por casa. Lo intenté leer cuando me lo compré y encontré que la manera en que se escribía la historia era muy mala. Así que lo dejé criando polvo en algún rincón de mi biblioteca.

El otro día, volviendo del trabajo en tren, un chico lo iba leyendo. Veía que iba pasando de una página a otra, que levantaba el libro y lo ponía en horizontal a la altura de los ojos, que arrancaba una hoja y la doblaba, que escribía con un lápiz en alguna de sus páginas. Al final, me pudo más la curiosidad y le pregunté. El vagón iba bastante lleno de personas, sentadas y algunas de pie. El chico me dijo que era interesante, que la mayoría de los enigmas estaban bien, aunque habían algunos demasiado obvios. Me comentó que estaba disfrutando con el libro. Le pregunté si valía la pena y me dijo que psí, que se pasaba el rato. Cuando acabamos de hablar, me di cuenta que un montón de gente seguía nuestra conversación con absoluto interés. También pensé que le había preguntado porque ahora ya tengo mis canas y mi frontal más inmaduro que antes, porque esto hace unos años, era impensable en mí.

Llegué a casa y me lancé a buscarlo. Después de desempolvarlo, empecé de nuevo su lectura. Sigo considerando la historia bastante patatera, pero me lo estoy pasando bien con algunos enigmas. Ya tengo muchas hojas pintadas, algunas dobladas y arrancadas y me quedan 14 minutos para morir. Hoy he decidido dejarlo a un lado para escribir sobre ello. Creo que me llena mucho más.

De todas formas, no cambio un escape room por nada del mundo. Me muero de ganas de hacer uno. Ahora los hemos distanciado más porque mi equipo anda ocupado con sus vidas. Espero que pronto podamos volver a reunirnos. Necesito un escape en vena.

4/12/18

Vuelvo


Vuelvo. Con los dedos desentrenados por el tiempo y la mente vagabunda, caminando sin esfuerzo. Vuelvo. Con media sonrisa que no su inversa, pues en este caso no tanto monta como monta tanto, siendo el resto que me queda y que me confiere la calidad de viva. Vuelvo, como quien vuelve en Navidad sin que nadie le espere; de puntillas, con los zapatos en la mano, para no despertar aquella niña que me habita. Vuelvo y en el retorno encuentro palabras que anidan en mi historia. Una historia que de vivirla se gastó en la memoria y no necesita ser contada, ni recordada, ni añorada. Vuelvo, con sencillez sin fuegos artificiales ni brindis de bienvenida, ni la frente marchita. Vuelvo como vuelve el soldado a recuperar su espacio en un lugar del pasado. Vuelvo, como un jeday de silencio, de calma, de pensamiento.

19/3/18

Arrastrándome pero con humor


No es que hoy sea uno de mis mejores días, qué va. No me he encontrado bien y el dolor me hace sentir incómoda y de mal humor. Pero a pesar de todo este lastre, ayer por la noche me contaron un chiste que no para de hacerme reír mentalmente y eso me mantiene en perfecto estado mental alejada de mis dolores y pesadumbres corporales. El chiste dice así:

─Abra cadáver, pata de cabrer.

─Menos guasa, señor forense.

Lo encuentro genial. Aunque pienso dónde está la genialidad y no tengo ni idea. Pero suerte de él, que me ha hecho más llevadero el día.

3/3/18

Inevitable


Creo que como un pequeño gazapo que acaba de descubrir la vida voy a ser atropellada por un coche que viene a toda velocidad a mi encuentro.
Hay veces en las que queda claro que no aprendemos. Repetimos los mismos errores; quien no supo amarme aquella vez, tampoco lo sabrá esta otra. Pero sin embargo pensamos que esta vez, la enésima, será todo diferente. ¿Y qué nos hace pensar eso cuando las n-1 una veces anteriores ha ocurrido siempre lo mismo?

Me dejo comer terreno y no debiera. Vamos, que lo que ocurre, ocurre en contra de mi voluntad y sin embargo no soy capaz de parar este envite al que me veo sometida.

Así, que como buena gazapilla que soy, cierro los ojos, arrufo el hocico y espero el impacto que acabará de nuevo con mi vida.

1/3/18

Ridículas tonterías


Sé que nadie es imprescindible. Sé que yo no soy imprescindible. Pero qué mal sienta verlo directamente.

Qué rabia me da enfadarme por algún motivo en el trabajo y pensar: “muy bien, ya vendrán a mí para hacer esto porque nadie más lo sabe hacer”. Y sentarme a esperar y a esperar a que me vengan a buscar. Y al final, como no ocurre, me levanto yo a ver qué pasa y ¿qué es lo que veo? A alguien que sin ningún problema está haciendo lo que solo yo sabía hacer. Me vuelvo de todos los colores, entonces. Y más tarde me aparece un sentimiento de ridiculez. Qué animalica que soy. En fin, no sé si son inmadureces que tiene una o ilusiones que una se hace sobre ser especial y única. Y no voy a ponérmelo a pensar ahora porque no es el momento.

Qué necesidad tenemos de ser especiales. ¿Me pasa a mí sola? ¿O es intrínseco en el ser humano?

27/2/18

Propósitos


Me encantan mis buenos propósitos, solo duran lo mismo que el viaje en tren del trabajo a casa.

He aquí mis pensamientos mientras recojo la mesa de mi despacho: “Me voy a llevar esto, este otro carpesano, estas dos carpetas y estos tres dosieres y en cuanto llegue a casa me pongo a ello y adelanto. Así mañana voy más relajada y puedo permitirme descansar un poco en mi media hora de desayuno”.

Ahora en casa me hallo zampando un bocata a mordiscos, bebiendo una coca-cola bien fría (lo necesitaba a pesar de la nevada) y tecleando mi decepción conmigo misma. Eso sí, mientras voy masticando voy reestructurando todo lo que me he traído para hacer junto con las pocas ganas de hacerlo. Me encanta engañanarme. Al final, ya lo veo, me excusaré a mí misma diciendo que me he traído demasiadas cosas y que lo que necesitaba era descansar. Así que sabiendo cómo va a acabar, mejor me relajo y soy coherente conmigo misma.