21/6/19

Hay cosas que son de mal llevar


No sé dónde encontrar la paz. La llevaba bien cogida, prendida de la solapa de la chaqueta, pero al llegar a casa y dejarla para que campara a sus anchas, ya no estaba. Seguro que la he perdido bajando del metro, cuando toda aquella troupe de personas ha querido entrar a la vez en el vagón haciendo alarde del desconocimiento del “dejen salir antes que entrar”. Si es que no me ha quedado otra que liarme a tortazos y a empujones. Es que una no puede salir de casa con la paz colgada de la solapa, está visto.

20/6/19

Espera un poco, un poquiiiito más


No había previsto que el día de hoy fuera tan des-esperante. Primero una mamografía; una hora esperando en la sala de espera. Cinco minutos para la prueba, venga, va, le sumo dos por sacarme la camisa y el sujetador y volvérmelo a poner y veinte minutos sentada en una silla en un pasillo estrecho, oyendo cómo los médicos y las enfermeras de radiología hablaban de sus planes para la verbena.

Cuando por fin de me han dado la prueba, he corrido a la estación de tren para irme a trabajar. Los trenes no iban bien y he tenido que esperar casi media hora. No voy a contar el tiempo que se ha ido parando durante el trayecto. Al medio día, me he ido a la ginecóloga; tenía hora a las cuatro y me ha visitado a las cinco y treinta y cinco. De ahí, corriendo de nuevo, porque he salido sobre las seis y me he tenido que esperar a que me hicieran el justificante para el trabajo, a la otra punta de la ciudad porque tenía cita con mi terapeuta. Cuando he llamado al interfono me ha dicho que aún no había concluido la sesión anterior, así que me he sentado en el escalón de la puerta de la calle. Veintitrés minutos después, subía a su casa totalmente estresada (no soporto esperar) y empezaba mi terapia. He acabado la sesión con los ojos cerrados, mezclando en mi mente dos colores y ella tocando un cuenco tibetano sobre mi cabeza. Eso sí, me siento liviana y liberada. Aunque en el fondo, muy en el fondo, les daba yo cuenco tibetano a todas aquellas personas que me han tenido perdiendo el tiempo hoy.
martes, 19 de junio

19/6/19

Llegada una edad...


Hoy me muevo con pensamiento plano. Demasiado calor ambiental e interior. El pensamiento plano permite desconectar los sentimientos y las sensaciones por un rato. En mi caso, todo el día. Eso sí, que no me hable nadie porque no tengo opinión. Es lo malo de un pensamiento plano. La falta de volumen hace que no necesite la memoria ram de mis sentidos. Así que no me llega ningún mensaje del exterior. Es como estar encerrada en una misma, pero sin paredes que detengan a mi mente. Como esas paredes virtuales que siempre me han maravillado de la Rumba. Mi pensamiento plano solo se puede pasear por la calle de día porque no posee luz propia. En casa, poco se puede hacer con él, salvo dormir y descansar. Al día siguiente, todo vuelve a su normalidad. Aunque mi mente espera deseosa un nuevo día de pensamiento plano (anda loca por jubilarse).

18/6/19

Japonés


Muchos domingos de verano, después de dormitar por la mañana en el sofá de casa o de haber estado maricondeando algún armario, me ducho y salgo a comer. Normalmente suelo ir a un restaurante japonés que antes tenía bufet libre en una cinta y ahora tiene bufet libre en unos papelitos donde se debe poner el número a comer.

Al principio me sentía rara yendo a comer sola. Hasta entonces siempre había ido acompañada. Así que el primer día intenté pasar desapercibida. No tardé mucho en estar como Pedro por su casa; llegaba y ya sabían que bebería agua del tiempo. Me traían sin pedir los edemames, como unas judías verdes en su vaina. Y poco a poco supieron que tipo de sushi era el que me gustaba.

Hace dos domingos, siguiendo mi costumbre, salí a comer fuera. El japonés estaba cerrado, no por día de fiesta, si no por abandono de negocio. Había cerrado para siempre. Se me quitaron las ganas de salir a comer. Así que volví sobre mis propios pasos y me estiré de nuevo en el sofá. Notaba la tristeza en mí. No una tristeza profunda, de las que cala y agujerea el corazón, no; una tristeza de aquellas que te pone tu nueva situación delante de los ojos, que te hace comprender que ahora eres huérfana de sushi.

17/6/19

Madrugada


De madrugada salgo a pasear. Es la mejor hora, en la que lo hacen los solitarios. He decidido ser una solitaria y emprender todas sus costumbres. Por la calle, no hay nadie. De vez en cuando oigo el motor de un coche que se acerca, me sobrepasa y desaparece. Creo que lo hago bien. La noche está vacía. Cualquier persona de la asociación Solitarios Anónimos estaría orgullosa de mí. Camino sin rumbo fijo, es lo mejor, así puedes volver sin haber llegado a ninguna parte (esto no sé si es de los solitarios o de los fracasados, ahora dudo). Mientras ando, no pienso, vamos, eso creo yo. ¡Animalica! En un momento dado me cruzo con otra persona, solitaria también. Sé que es solitaria porque veo su cara de decepción cuando se cruza conmigo. Me quedo con la copla: “decepcionarse cuando te cruzas con alguien que pone en evidencia tu soledad”.  Yo no quiero pertenecer a Decepcionados Anónimos. Mejor me vuelvo rápida para casa y me olvido de ser solitaria. Doy media vuelta y acelero el paso, quiero estar en menos que canta un gallo en la cama. Tampoco quiero pertenecer a Insomnes Anónimos.

16/6/19

Página en blanco


Levantarse y ponerse a escribir es algo muy placentero si no tienes el síntoma de la página en blanco. Entonces en vez de escritura utilizas la metaescritura, que siempre te saca de un apuro. Los domingos siempre suelen ser una página en blanco. No tienes la misma sensación que el sábado que aún te queda todo el fin de semana por delante, que te puedes ir a dormir tarde o tardísimo porque al día siguiente puedes levantarte a cualquier hora.

El domingo, nada más poner un pie en el suelo a la vez que te incorporas de la cama y sales de entre sábanas, ya tienes la sensación de que el fin de semana se ha acabado. Es un día en el que prefieres no hacer ninguna salida, porque por la tarde te gusta estar pronto en casa, el lunes tienes que ir a trabajar y debes descansar para ello. Menos aún te tomas un par de copas que no sea un insignificante vermut al medio día, no te puedes levantar el lunes con nada que se acerque a una resaca. Los amigos, el domingo, aprovechan para ir a ver a la familia, es un día para estar todos juntos. Los que lo hacen, el lunes, se suelen quejar de lo rollo que resultan sus domingos. Por esto los domingos se suele hacer muy poca cosa y la que se hace no se tiene sensación de plenitud. En fin, que se acaba pasando el domingo de pérdida de tiempo en pérdida de tiempo. Yo tengo por costumbre leer, salir a comer fuera y pasear un buen rato. También escribo. Como soy persona a la que le gusta cumplir, a medida que voy leyendo me olvido de lo leído, a la vez que descomo y despaseo, y, por supuesto, la escritura la suelo convertir en metaescritura, así también conservo mi domingo como una página en blanco, no voy a ser menos.

15/6/19

Florence Nightingale


Sigo con mi colección de biografías de mujeres que edita RBA y que adquiero cada semana en el quiosco. Ayer me leí la vida de esta mujer y me pareció interesantísima. Durante ciertos episodios me conmoví tanto que con un nudo en la garganta tuve que contener mi llanto ya que me hallaba en el tren y me daba vergüenza. Hubiera roto en sollozos en más de una ocasión.
Su absoluta lucha para tener libertad de no casarse y poder dedicarse al estudio de una profesión y después a su realización han hecho mella en mí: ¿qué hago yo por mi prójimo?

A veces tengo la sensación que paso por la vida sin dejar huella, y no me gusta. No sé qué camino seguir.

El libro es de lectura fácil. Me enganchó desde su comienzo.

14/6/19

Hay cosas que son injustas


Ahora busco obsesivamente cucarachas rubias por casa. No sé si son celos de mi amiga porque ella tiene y yo no, o si es por descubrir si consideran mi casa apropiada para vivir. He sacado el zócalo de los muebles de la cocina y no he encontrado nada, ni tan siquiera una pequeña tijereta de esas del polvo que habitan en todas las casas. Luego he separado la nevera, el lavavajillas y la lavadora a ver si detrás, con el calorcito de los motores, habían hecho nido. Todo lleno de estepicursores y nada más. Se me ha ocurrido que lo mismo detrás del sofá encontraba alguna. Esperanzada lo he retirado en busca de unas antenas filiformes y de nuevo, nada. Al final he desistido de buscarlas y me he ido a la cama a leer. Tres veces he leído la misma línea. Me sentía bastante afectada por no tener ninguna cucaracha conviviendo conmigo. Me he levantado y he ido al armario donde guardo las herramientas. Me he hecho con un destornillador de pala. Primero, he separado los zócalos de las paredes, con mucho cuidado, por si había alguna, no asustarla. Después he empezado con las lamas del parqué. Con sumo cuidado las iba despegando una tras otra y numerando para volverlas a poner en su sitio una vez hubiera dado con alguna. Tras levantar la última y ver que no había ninguna cucaracha en mi casa, me he sentado apoyada en el montículo de las maderitas que había arrancado mientras me invadía una sensación de vacío y de soledad; ¡qué tremenda injusticia! Como buena resiliente en cinco minutos ya me he marcado un objetivo: autoinvitarme a casa de mi amiga para robarle una.

13/6/19

De título desconocido


Lo bueno de llegar al trabajo dos horas antes es que nadie te molesta y puedes sacarte de encima un montón de asuntos acumulados porque en el día a día te incordian con preguntas y otros quehaceres. Si no viniera a trabajar dos horas antes cada día estaría sepultada entre casos por despachar.

Debo entregar este documento a mi adjunto para que revise los antecedentes. Cuando llego a su despacho me encuentro un hombre al que no conozco sentado en el despacho de mi adjunto y escribiendo en su ordenador. Sin dejar de teclear levanta un momento la mirada de la pantalla y me pregunta si necesito algo. Sorprendido le dejo el documento y le digo que lo mire y complete en cuanto pueda. No recuerdo que mi adjunto dimitiese o fuese despedido, lo mismo solo lo está sustituyendo.

Me dirijo a hablar con Berta, mi secretaria, seguro que ella está al corriente, pero en su lugar encuentro a una jovencita con cara de becaria que me mira esperando que le diga alguna cosa. Como no la conozco, no me atrevo a preguntarle. Mejor me voy directamente a ver a la jefa de sección y le pregunto si han renovado a la plantilla completa, ella sabrá decirme.

Me quedo de piedra al comprobar que tampoco conozco a la persona que ocupa el despacho de mi jefa. Como me ve parada como una atontada delante de su puerta me invita a que me vaya a seguir trabajando.

Por los pasillos me cruzo con un montón de  personas que trabajan conmigo a los que no conozco de nada. Me empiezo a emparanoiar. ¿No será cosa de extraterrestres? Decido tomarme el resto del día libre.

De camino a casa descubro dos cosas: una, que yo soy quién no se conoce; dos, que tengo la mala costumbre de echar la culpa a los demás.

12/6/19

Terapia


En dos hora y media tengo visita con la terapeuta. Me doy cuenta de que el día que me toca visita es lo único que me importa. ¿Tanta necesidad tengo de ella? La otra vez que hablamos me dijo que la terapia iba a ser difícil. No me asusta la dificultad, pero sí su duración. Cuento los días que pasan que me acercan a la curación. Me perturba un asunto: ¿una se llega a curar se sí misma? Después del medio siglo se restan los días.

11/6/19

Respuesta a preguntas que nunca me he hecho


Una compañera de trabajo siempre me dice que en el tren, volvemos juntas a casa, siempre atraigo a las personas raras. Nunca me le ha creído, pero debiera plantearme con seriedad que tiene razón.

Los trenes, esta mañana, como tantas veces no cumplían con su horario. El hacinamiento en los andenes cada vez era mayor. Tanto es así que he temido por mi vida ya que estaba en primera fila cerca de las vías, con el peligro que ello conlleva. No es que me estuviera empujando nadie ni nado golpes por detrás, pero la pequeña invasión de mi espacio vital hace que mi fantasía se desborde a sus anchas; ha aparecido el miedo a ser empujada a la vía.

El tren ha llegado, por fin. Esta vez he tenido suerte porque me he podido sentar. Delante de mí, de pie se ha quedado un hombre cincuentón (y unos cuantos más) con el móvil en manos libres. Lo llevaba pegado a su pecho y de vez en cuando lo iba mirando. Este comportamiento en sí ya me ha parecido raro en sí. Quien lleva un móvil pegado al pecho y en el que apenas se oyen unos susurros de voz, porque con su gran mano impide que el sonido salga por el pequeño altavoz.

Dos paradas más y ha podido sentarse, delante de mí en los asientos de la otra fila, mirando en el mismo sentido que yo. Se ha debido sentir cómodo y en soledad porque ha separado el móvil y se ha puesto a mirarlo. No he prestado atención, sólo he pensado que el sonido era deficiente, se seguía oyendo un ruido en forma de susurro.

Me he abstraído. Es algo que no me cuesta hacer y que me encanta, ¿qué recovecos cerebrales visitaré en esta ensoñación? De pronto, sin saber qué ha hecho fijar mi atención, me he fijado en la pantalla. Había una mujer gruesa, vestida con una combinación interior como la que debía llevar Dulcinea del Toboso y cuya estrechez hacía que los pechos se le juntaran y que salieran casi de su interior. La imagen sólo mostraba los pechos y parte del cuello. A la mujer se la veía tendida en una cama, con las sábanas arrugadas bajo ella.

Me ha costado caer del guindo. Lo que estábamos viendo, el hombre y yo, era una skype pornográfico, una vídeoconferencia a la lívido, que también al alivio. Y esos susurros no eran más que unos espantosos y postizos jadeos por parte de la mujer. El asombro me impedía apartar la mirada del señor y de la pantalla de su móvil.

Ha bajado unas cuantas paradas antes y me he dado cuenta de que había hallado la respuesta a una pregunta: ¿quién va en un tren de RENFE abarrotado de personas con una vídeoconferencia pornográfica en curso?

Nota: debo poner al día a mi amiga, esta vez no viajaba conmigo.

10/6/19

Descubriendo a dintel


Hoy tengo reunión a las diez. Me he levantado pronto porque me gusta dejar la casa recogida. Así, por la noche cuando llego, me puedo dedicar el tiempo antes de irme a dormir. Ayer puse una lavadora a última hora de la noche. Pensé que cuando me despertase aun no estaría seca, pero hasta a la ropa le gusta llevarme la contraria. Me he puesto a planchar; no dejes para lo noche lo que puedas hacer recién levantada. Casi todo eran camisas. Las de invierno para doblarlas y guardarlas hasta octubre y las de verano para colgarlas en el armario. Me he acordado de mi intención de mindfulness y he prestado atención a lo que estaba haciendo. Me ha invadido rápidamente un gran amor hacia mis camisas. Un sentimiento que conocía aunque no era consciente. Las he planchado con  cadencia amorosa y dedicación, observando cómo desaparecían sus arrugas debajo de la plancha. Por los pantalones no siento lo mismo, al fin y al cabo son ellas las que me abrazan diariamente.

9/6/19

Mi plantita


Cada equis tiempo voy a comer a casa de unos amigos. Tienen un comedor amplio, iluminado por luz exterior y de temperatura cálida y agradable. En un rincón de la intersección del ventanal con la pared, se halla en el suelo una maceta con una planta de hojas carnosas de un color verde fuerte, del mismo tono que el de los lápices Alpino de mi niñez.

Al principio era una planta mediana plantada en una pequeña maceta. En poco tiempo, la tuvieron que trasplantar y ahora, se halla en una gran maceta, ocupando cuatro o cinco veces su volumen inicial.

Pregunté por ella a mis amigos y me dijeron que no necesitaba casi riego (una vez cada mes o mes y medio) y tampoco mucha luz ni mucho sol, que vivía allí donde la ponías casi por infusión divina y que lo suyo era crecer desmesuradamente. “Esta es mi planta”, pensé. Tras indagar por varias floristerías y viveros, di con ella.

La tengo puesta en un rincón similar al de mis amigos y la planta, poco regada y casi olvidada, creció un montón en un primer momento. Ahora lleva casi un año sin crecer absolutamente nada. Hasta ahora, no me había preocupado. Sus hojas poseen un verde precioso que no hace sufrir por su salud pero no ha brotado ninguna hoja nueva ni ha aumentado la altura de su tallo, como he dicho, desde hace casi un año. Rauda llamo a mis amigos y ellos, conocedores de la vida y costumbres de su planta, me preguntan: “¿ya le hablas?”. “No, pero escucha la tele”, contesto. “No es lo mismo”.

Así que estoy sentada en el sofá, delante de mi planta sin saber demasiado bien sobre lo que hablar. Llevo un rato mirándola sin encontrar el tema. En estas me hallo cuando suena mi móvil. Es mi psicóloga para anularme la visita. Nada más colgar, me saco los zapatos, me estiro en el sofá y empiezo a contarle a mi planta todas mis inquietudes y mis miedos. Cuando acabo, me la miro en silencio y ella, sumida en el mismo silencio, se desprende de una hoja que cae directamente al suelo confirmando la ley de mi gravedad.

8/6/19

Acabando de cenar


Una amiga me invitó a cenar a su casa ayer. Apenas hubimos terminado, se puso de pie, con cara entre espanto y asco señalándome algo (si hubiera sido alguien hubiera muerto del susto) que había detrás de mí. Microsegundos después de verle la cara, mi cerebro reptiliano, hábil en resortes, mandó levantarme de la silla y ocupar el lado opuesto de la mesa para observar qué era aquello que había perturbado a mi amiga.

De entre una bolsa situada encima de una caja de cartón, salían dos largas, filiformes y doradas antenas, y unas patas articuladas con las mismas propiedades áureas que el resto del cuerpo. Mi amiga llena de espanto desapareció rápidamente del comedor mientras me gritaba: “vigílala”.

Y allí me encontré, sola con una cucaracha rubia bajo mi cargo y pensando cómo se debería llamar ese miedo acérrimo que algunas personas padecen ante los artrópodos (blatofobia es fobia a las cucarachas, lo he buscado). No me dio tiempo de pensar nada más que volvió a aparecer mi amiga, insecticida en mano, y dándole gas a fondo; por delante, por detrás, por arriba, por abajo de la caja y de la bolsa.

Me imaginé la pobre cucaracha finiquitando sus días en aquel momento. Ella, que viene de una estirpe que burló a las glaciaciones, a los volcanes y a los terremotos, que sobrevivió a la extinción de dinosaurios y demás especies. Ella, que en aquel momento, debatiéndose, daba significado a la expresión, “no somos nadie”.

2/6/19

Paradero desconocido


Autora: Kathrine Kressmann Taylor

Tengo suerte de estar leyendo últimamente libros que me gustan y que me apasionan. Esto va por temporadas. He vuelto de nuevo a leer con la asiduidad que tenía antes y con las mismas ganas, a pesar de que mi vista no aguanta tantas horas seguidas de lectura.

Este libro me lo recomendaron de la siguiente manera: “¿No has leído Paradero desconocido?”. Pregunta que llevaba y implícita otra pregunta: “¿Y sigues viviendo como si nada?”. Por lo que ese mismo día me fui directamente a comprar un ejemplar.

De lectura rápida, por la brevedad del libro. Es estilo epistolar y me parece absolutamente inteligente la manera de novelarlo. Apareció en una revista y como dice en la contraportada “causó tal revuelo que pronto se editó como libro y se tradujo a varios idiomas”. No os digo más, disfrutad con él y por favor, volver aquí a decidme vuestra opinión.

28/5/19

Del color de la leche


Autora: Nell Leyshon

¿Qué puedo decir de este libro? Es tan profundo lo que me ha calado que aún no encuentro palabras para comunicarme. Me lo he leído en dos sentadas, ida y vuelta del tren, y como al llegar aún no lo había acabado, he hecho como cuando era pequeña: leer por la calle mientras camino. Al llegar a casa, sin sacarme la chaqueta ni el bolso, me he sentado en el sofá y devorado el final del libro. Al acabar, un suspiro, los ojos vidriosos de contener rabia y lágrimas y una sensación de haber presenciado todo lo que se me ha narrado en esta novela.

Leedla.

20/5/19

Eres una caca


Me gustó el título y la tipografía utilizada. Me gustaron los dibujitos que de vez en cuando van apareciendo. Me gustó el color de la tapa y, por supuesto, el olor sus hojas. Lo besé en la frente (tal y como una vez me dijo una desconocida que debía besarse a los libros); y después de todo esto, me lo compré.
Como es mi costumbre y dado que no me compro los libros cuando no tengo nada que leer, lo dejé en la montaña de libros por leer en el apoyabrazos de mi sofá. Antes no me gustaba tenerlos así, me daban sensación de desorden: los libros debían estar en el despacho o en la librería. Ahora, que comparto piso con la soledad, tengo los libros esparcidos entre la mesita de noche del dormitorio, el sofá y la mesa del despacho. Me hace sentir libre: “la lectura os dará la libertad”.

Así que antes de ayer lo cogí y lo empecé a leer. Creo que es el primer libro sobre feminismo que leo; he asistido a ponencias, he oído conferencias y he leído artículos, pero libros, ninguno hasta este.

Me lo he pasado muy bien devorando sus páginas. Me ha encantado el tono que utiliza Lula Gómez, la escritora, en este acercamiento y análisis que acerca al feminismo. Sin lugar a dudas os lo recomiendo. Os gustará, vamos, creo yo.
Ya sabéis que no acostumbro a hablar demasiado sobre el interior del libro, debido a que a mí  me encanta descubrirlo por mí misma, así que os vais a tener que fiar de mí.

Hacía mucho que no aparecía por aquí. Hacía mucho que no reseñaba ningún libro.

5/2/19

Impregnada de ti


Este domingo pasado, cogí la moto para ir a una fiesta. Hacía mucho tiempo que no la cogía, y menos a las cuatro y media de la tarde. El sol estaba bajo y al girar para coger otra calle me encontré con una luminosidad, esa tan especial de invierno, fría y cálida a la vez, que iluminaba algunas ventanas y salpicaba de claro-oscuros la calzada. Tuve la sensación de tenerte detrás, cogiéndome la cintura, como siempre lo hacías cuando íbamos en moto. Recordé, que muchos domingos a esa misma hora estábamos fuera,  yendo a la playa a ver pescar, o volviendo de alguna excursión. El caso es que esa luz de invierno nos pertenecía a las dos.

Por la mañana, había escuchado el programa de radio que acostumbrábamos a escuchar cuando íbamos en el coche. Lo suelo escuchar mientras hago cosas de casa y debo confesar que no siempre me lleva a ti. Muchas veces, voy tan acelerada que con prestar atención tengo bastante, pero esta vez ha sido diferente; al escuchar la voz de la presentadora, sentí tu presencia a mi lado y ya no me pude desprender de ella en toda la mañana. Qué buenos recuerdos guardo de ti, que feliz que llegué a ser.

Hace un rato, he puesto una lavadora. No acostumbro a hacerlo entre semana, pero quería tener una de las camisas limpias y he aprovechado para lavar toda la ropa. Al tender, he sentido que me susurrabas al oído: “tiende bien, que nos conocemos”. Y es que tú me enseñaste a tender, con esa manera ordenada que tienes de hacer las cosas. Y allí estabas, conmigo, mientras seguía todos aquellos consejos que un día me diste.

¿Lo ves? Nunca voy a poderte olvidar, me he quedado viviendo entre el pasado y un futuro que no llega y que por supuesto, este tiempo, nada tiene que ver con el presente. Vivo, no lo puedo negar; vivo impregnada de ti.

29/1/19

Tocando fondo


Estoy llegando a mi fin. Mi interior se está apagando irremediablemente. Pensé que podría salir de esta, pero estoy viendo que no.

Leí ayer:

“Todos tenemos hogueras internas en las que nos consumimos sin saberlo pero sintiendo las mordeduras del fuego en el alma… hasta descubrir… que todo lo que no es amor, es miedo”.

Y por aquí van los tiros: lo mío es amor y es miedo.

La ilusión de vivir se está apagando, paso los días de una manera anodina y cadenciosa que es el tempo que me marca el alma, o, al  menos, sale del lugar que debería ocupar esta.

Habitarme durante el día es vacío pero durante la noche es peor. Llegar a casa y descubrir que mi hogar eres tú y que tú no estás me entristece cada día.  Una tristeza acumulativa que cala en todo mi ser. Me siento en el sofá, mirando la pared de delante y dejo pasar el tiempo sin ganas de hacer nada. Veo como va oscureciendo la tarde y como las sombras se pasean hasta que la oscuridad se lo come todo. Me descubro más de una vez hablando con su nombre, móvil en mano y mirando su ventanita de whatsapp. Debo estar perdiendo el juicio, además de a ella.

En un arranque, vacié todas las fotos del móvil, las suyas también. Excepto tres que he mantenido secretamente escondidas y a las que cada mañana acudo a dar los buenos días. Porque es a ella a la que doy los buenos días cada vez que me levanto, y es a su recuerdo al que acudo cada vez que me desvelo, y me desvelo a posta cada noche para poder acudir a él. También está esa vieja camiseta que quedó olvidada en un armario sobre la que me lanzo para tener algo a lo que abrazarme y paliar, así, la añoranza de su cuerpo.

Y así ya no puedo seguir más. Veo mi vida a la deriva, hundiéndose poco a poco y sin ganas de seguir achicando agua. Y no me veo pasando un año, otro año y otro sin ti.

9/1/19

Reyes


Y la vida sigue y no se detiene y el tiempo pasa y poco a poco descubrimos que lo importante es viajar, conocer gente, ver nuevas culturas. Pero también viajar introspectivamente, hacia tu interior. Dar la vuelta al mundo y también a tu alma, que no sea nunca esa cara desconocida de la Luna. Y siempre, siempre, e cualquier de nuestros viajes que nos acompañe la luz, nuestra luz, aquella que ilumina nuestro intelecto, nuestras emociones, nuestro camino.

8/1/19

Regalo de Reyes II


Llegué puntual al bar y volví a pedir una Coca-Cola. Tenía ganas de volver a tomar una, pues ahora su connotación ha cambiado; no he parado de repetir la escena de ella dándome de beber en mi vaso cosa que me ha conducido al extremo de la excitación.

He vuelto a coger la prensa, pero he sido incapaz de concentrarme en ella. No quería que me notara esperándola por lo que iba mirando de reojo la puerta, para que pareciera casual y no se viera que estaba controlando. Cada vez que se abría me ponía tensa, mi corazón aceleraba su latido, que ya estaba bastante acelerado de por sí y apretaba más el periódico con la mano. Esta vez me había puesto toda la Coca-Cola en el vaso, como ella me había enseñado y en vez de beber solo me mojaba los labios, no quería que se me acabara antes de que llegara; tenía la fantasía demasiado viva.

Fue pasando el tiempo y empecé a pensar que no iba a venir. Me invadió una decepción: era demasiado bonito esperar que lo que ocurrió el otro día tuviera continuidad. Esperé una hora y pico y al final, enfadada conmigo misma, pedí la cuenta y decidí irme a mi casa sin pensar demasiado ya que un sentimiento de ridículo se apoderaba de todo mi ser. ¡Cómo me odiaba por crédula, por ilusa, por “tontalhigo”!

Me puse el abrigo, la bufanda y abrí la puerta con energía, para irme del bar. Me giré y dije un adiós general, algo brusco y cuando di un paso para bajar el escalón, me cogieron por delante de la cintura, me acercaron suavemente y me besaron sin prisa, acariciándome con una mano el cuello.

Perdona, me han entretenido en el trabajo y no tenía manera de localizarte. Este bar no tiene teléfono.

Mi corazón iba a mil, tanto por la sorpresa como por aquel beso que llevaba deseando desde que nos separamos. Acabó de abrir la puerta del bar y dijo adiós en voz alta levantando la mano de manera simpática.

Eran cerca de las nueve y me propuso ir a cenar a un japonés que había cerca de aquí. Me gustó la idea. Me cogió decidida de la mano y nos dirigimos al restaurante. Yo estaba un poco cortada, ya me había hecho a la idea que no nos veríamos y ese beso de nuevo de sopetón me había descolocado. Me notaba contenta de que hubiera venido, pero absolutamente exaltada por lo que acaba de ocurrir.

Se puso a hablar de cómo había pasado el día y me preguntó por el mío. En un semáforo en rojo me volvió a besar. Al separarse me miraba directamente a los ojos, me pareció descubrir que sentía algo, que me miraba con ¿amor? No, no podía ser amor. Pero yo misma me empezaba a sentir enamorada. Por favor, qué lio, cómo de rápido iban las cosas.

Por fin llegamos al japonés y pedimos una mesa para dos. ¡Mesa para dos!, cuanto tiempo sin pedir esto. Nos sentaron en un rinconcito que parecía el más romántico de todos (creo que mi percepción estaba bastante distorsionada).

Cuando nos sirvieron, cogí los palillos para coger un nigiri de salmón, pero ella me lo impidió. Cogió sus palillos y con una habilidad mucho mejor que la mía (suelo igualarlos poniéndolos perpendicular al plato) cogió el mismo nigiri de salmón que había querido coger yo antes, sacó el salmón, lo mojó en soja, lo volvió a poner encima del arroz y me lo acercó a la boca mientras entre abría la suya. Fue el mejor nigiri que he comido nunca en mi vida. Y así fue, ella me dio de cenar a mí y yo le di a ella. Pensé que me moriría de vergüenza, pero no fue así, fue cariñoso, romántico, excitante y provocativo.

Pagó ella diciéndome dulcemente:

Mañana, tú.

¡Mañana, yo! Acababa de quedar conmigo de la forma más romántica que he visto nunca.

Y mañana en tu casa, que no la conozco.

Me cogió por la cintura y caminamos juntas hablando de nosotras. De lo que opinábamos de lo que estaba ocurriendo, de si iba demasiado deprisa. Las dos decidimos que dejaríamos fluir los acontecimientos.

Cuando llegamos a su casa me dijo:

Yo pongo el despertador a las seis y media, ¿y tú?

Le dije que a las cinco y media.

Pues a dormir, no quiero que mañana estés cansada por mi culpa.

Nos desnudamos y nos metimos muy juntitas en la cama e intentamos dormir. No pudimos evitarlo, el deseo hizo lo demás.

P.S.: Hoy toca en mi casa

7/1/19

Regalo de Reyes


El jueves 3 de enero fue un día sensacional y eso que empezó siendo un día anodino y lleno de trabajo.

A las cinco tenía revisión odontológica. Empezamos mal porque llevaban un retraso de casi una hora. Estuve en la sala de espera aburrida porque no me había llevado ningún libro para leer pues pensaba que sería, como siempre, coser y cantar. Así que entre niños chillones y madres que pensaban que el colegio debía haber empezado de nuevo el día 26 de diciembre estuve mirando las fotos del Hola. Creo que no miraba (nunca la he leído) esa revista desde que era pequeña y entonces se estilaba tener el Hola, el Semana y el Lecturas en las mesitas de cristal que estaban en todas las casas delante de los sofás, junto a los ceniceros de plata y aquella cosa (horrorosa) que tenía forma de mariposa o de flor y cuyas alas o pétalos eran ceniceros, no sé si sabéis a lo que me refiero. Me alucinó descubrir que no conocía a ninguna mujer ni ningún hombre que aparecía en ella. Bueno sí, a una princesa, pero a mí me sonaba de la serie Suits.

La visita resultó ser rápida; era una de las revisiones y tenía la dentadura perfectamente, así que pagué lo que se me pidió y me volvieron a dar hora dentro de seis meses, de nuevo para control.
Volví en autobús a casa, y cuando bajé de este decidí irme a tomar una coca-cola al bar donde acostumbro a ir a escribir. Eran casi las ocho. El bar estaba bastante lleno. Mi mesa, tengo una mesa que a fuerza de ocuparla le he hecho mía, estaba poblada de un grupo de jóvenes que se reencontraban después de tantas fiestas. Así que me quedé en la barra, sentada tranquilamente con mis cosas colgadas del gancho de debajo de esta. Cogí un diario, me apetecía leerme las viñetas y ver cómo funcionaban (analizando se aprende mucho). Así que en seguida me quedé abstraída y evadida del lugar.

─¿Está libre?

Estaba tan concentrada leyendo y con este problema que tengo de la adecuación visual de las distancias en el que mis ojos tardan más segundos de lo normal en adaptarse al cambio de luces y distancias que tardé en darme cuenta que, a mi lado, había un chica que me preguntaba si se podía sentar en el taburete de al lado. En seguida le dije que estaba libre y volví a mi periódico.
De repente, cogió mi coca-cola y acabó de ponerla toda en mi vaso mientras me decía que sabía mejor si se vertía directamente toda. Cogió el vaso y me lo acercó a los labios para que  pudiera corroborar lo que me decía. Cuando fui a cogerlo, sin querer toqué su mano. Yo estaba alucinada: aquella chica estaba ligando conmigo. Nunca en la vida nadie había ligado conmigo.
A punto de cogerle el vaso, lo retiró, se lo acercó lentamente a la boca y bebió ella; fue un sorbo lento, sensual. Cuando acabó giró el vaso y se lo volvió a ofrecer a mis labios, por el mismo sitio que ella había bebido. Atónita di un sorbo y se me llenaron los ojos de lágrimas por el gas.

Se pidió también una coca-cola. Vació el contenido de la botella en el vaso y volvió a beber de la misma forma que lo había hecho antes. De nuevo me ofreció su vaso para beber, pero esta vez cuando fui a cogerlo con la mano me la retiró así que acerqué mi boca para juntarla con el cristal del vaso en el momento justo que lo retiraba y acercaba sus labios a los míos. En seguida noté cómo me subía la temperatura. Hacía mucho tiempo que nadie me besaba y sentí, que todas aquellas partes que parecían muertas, solo estaban aletargadas y ahora  se despertaban calientes y deseosas.

Dejó seis euros encima de la barra y cogiéndome de la mano me dijo:

─Vamos.

Me hubiera ido al fin del mundo con ella. No vivía lejos de allí. Yo estaba muy cortada. Nunca había hecho esto de conocer a alguien y acabar en su casa. Por mi mente corrían todas esas historias de raptos y asesinatos y a pesar de no tenerlas todas conmigo, me encantaba dejarme llevar por ella. 

Tenía una casa muy cálida, de esas que en seguida te llenan de buenas vibraciones. En el comedor había una gran estantería llena de libros y un sofá y una butaca orejera con una luz incidente encima para la lectura. Pensé que eso era buena señal. Me llevó a su habitación y con mucha pausa y sin dejar de besarme me desnudó y se desnudó. En la cama, muy juntas y apretaditas me dijo que ella no hacía el amor con desconocidas así que de la manera más natural que existe empezamos una conversación sobre nosotras. Y aunque pueda parecer de lo más forzado, fue genial. Hablábamos sobre nosotras, cada una explicando aquello que quería, sin preguntas, sin ser juzgada, acariciándonos y besándonos en los momentos más emotivos. Era de madrugada y no habíamos callado ni un momento. Me preguntó si tenía hambre y le dije que sí, así que me dejó un pijama suyo, se puso otro y nos fuimos a la cocina a hacernos unas verduras al vapor. Hasta en el tipo de comida coincidíamos.

La cena fue preciosa, las dos sentadas en un lado de la mesa, juntas, comiendo directamente de la bandeja donde habíamos puesto las verduras. Las habíamos aliñado con aceite y sal Maldon.

Después, nos sentamos en el sofá, ella tenía mis pies en sus manos y yo los suyos y seguimos hablando y hablando y hablando.
Recuerdo que de repente, me di cuenta de que el salón ya estaba iluminado y soleado. Se lo dije y miramos la hora, era casi la una del mediodía, así que nos metimos en la cama y dormimos.

Cuando nos despertamos ya era casi de noche. Nos duchamos juntas. Fue maravilloso, su piel, mi piel, el jabón, el deseo y nuestro sexo. De la ducha pasamos a la cama y fue aquí donde se detuvo el tiempo. Hicimos el amor, una y otra vez porque el deseo no se consumía, al contrario se iba avivando.

Era madrugada cuando abandonaba su casa. Antes de abrir la puerta de la calle, me besó y me dijo:

─ No desaparezcas, por favor. Pensaba que serías un polvo de un día pero te noto demasiado cerca de mi corazón. Si quieres podemos conocernos más a ver qué va pasando.

Y me beso profundamente, despacio, sin dejar ni un recoveco de mi boca por explorar. Volví a casa feliz hasta rabiar. Nunca en la vida había atraído así a nadie. Nunca en la vida había despertado semejante pasión. Menudo regalo de Reyes.

P.S.: Espero verla esta tarde.

3/1/19

Mi infancia


De pequeña, mis padres siempre discutían. Yo creía que era por mi culpa. Mi madre quería una educación formal para aprovechar esa mente maravillosa que decía que yo tenía y mi padre prefería que tuviera una educación como cualquier niña.  Recuerdo que a mis cinco años ya era consciente de lo que estaba pasando por mi causa.

Cierto es que nunca me ha costado aprender, sobre todo matemática, que es mi gran pasión. A los seis años ya dominaba toda la matemática superior que se explicaba en cualquier instituto y me aburría como una ostra en primero de EGB. Además, no me sabía relacionar con las niñas de mi clase (por aquella época los colegios no acostumbraban a ser mixtos) por lo que pasaba todo el tiempo sola. Tuve la suerte, en segundo de deslumbrar a la señorita Elena, que fue mi tutora durante aquel curso y se encargó de buscarme ejercicios de matemática superior, que creo que ni ella misma entendía.

Aquel año, papá cedió ante la insistencia de mamá y me sacaron del cole para llevarme a una especie de internado de niños prodigio, como se llamaba por aquel entonces. Me dolió mucho separarme de mi padre, pero pronto la matemática se convirtió en toda mi vida. Allí tampoco tuve amigos, no sabía relacionarme con aquellos niños tan especiales como yo. Además, tenía todas las horas del día ocupadas con los estudios universitarios. A los ocho años, me llevaba mi madre de la mano a la facultad de exactas. Me encantaban las algebras, los análisis, las ecuaciones diferenciales y todo lo demás. Me sentaba en la primera fila rodeada siempre por un montón de adolescentes que solo pensaban en pasárselo bien y tener pareja para poder tener sus primeras experiencias sexuales.

Antes de acabar los estudios universitarios estuve trabajando en uno de los siete grandes problemas matemáticos: “la conjetura de Hodge” y pude disfrutar analizando los estudios de Perelman sobre “la conjetura de Poincaré”.

Creo que a pesar de disfrutar tanto con la matemática, siempre he odiado ser como soy. Me hubiera gustado ser como cualquier niña de mi edad y disfrutar de lo que es un columpio, o de mancharme con la tierra de los jardines, o jugar a la comba con mis compañeras o lo que fuera que tocara en aquel momento.
Mi vida no ha cambiado mucho. De un congreso a otro explicando y estudiando nuevas conjeturas, sola en las habitaciones de hoteles y recordando que una vez tuve un padre que luchó hasta lo indecible para que yo pudiera ser feliz.

Papá, las matemáticas me hacen feliz, pero mi vida está llena de asíntotas.

2/1/19

Mi analfabetismo emocional


A veces, cuando me comparo con alguna de mis amigas, veo que tengo mucha más inteligencia emocional de la que me creo. Empezando por la capacidad de relisiliencia. A pesar de los dolores y tristezas que me produzca cualquier ruptura (del tipo que sea: amorosa, de amistad, laboral) mi mente en seguida se aferra al dicho: “a otra cosa mariposa”. Empiezo a construir una nueva realidad para mí y así soy capaz de sobrevivir a todas esas catástrofes en las que acabo metida por mi analfabetismo emocional.

Por otro lado, tengo el sentido del humor necesario para reírme de lo que me está pasando y ver, no sin hilaridad, el lado más agrio desde una perspectiva cómica. El reírse de una misma y de sus circunstancias hace que me sea más fácil aceptar el desgraciado hecho que haya ocurrido. Hay gente que piensa que eso es humor negro, pero no es así; solamente es un recurso de supervivencia. Por otro lado, es una manera de contar aquello que me duele e impedir que se enquiste o que se tumorice y crezca a su libre albedrío, llegando un día a volverse en mi contra.

Acepto, de una manera casi sumisa, las pérdidas, pienso que son algo contra lo que no se puede luchar. Y en más de una ocasión he sido yo quien ha decidido perder, cosa que encuentro, de alguna manera, honesta.

Así, que cuando veo a alguna de mis amigas que considero más “desarrolladas emocionalmente que yo”,  que pasa el tiempo, y sigue pasando el tiempo y son incapaces de salir del agujero en donde se hallan, en mi fuero interno me siento segura conmigo misma, porque por ahora, he salido de todos y cada uno de los baches de la vida, aunque no me llegue a gustar del todo el lugar donde anido ahora.

Todo se andará. También esto pasará (título de un libro que, por cierto, me gusto mucho).

1/1/19

2019


2019. Ayer, me costó mucho dormirme y eso que estaba agotada. Me había pasado la tarde guardando mi vida pasada en el altillo y vaciando estanterías para tener espacio para lo que pueda venir. Me acosté con la casa preparada para recibir al nuevo año. Me acosté feliz.

No tardé en descubrir que desempolvar cosas pasadas conllevaba a hacer presente recuerdos que ya tenías más o menos aparcados. Fue como si abriese la caja de Pandora y saliesen todas mis frustraciones, mis intentos y fracasos y mis deseos no cumplidos.

Quise controlar el pensamiento pero ocurrió todo lo contrario: este se apoderó de mí. Mi estado de ánimo, que ya no era exultante, empezó a virar hacia una tristeza profunda, calmada y sobre todo aciaga. Al principio estuve inmóvil, dejando que la pesadumbre me chafara contra el colchón. Luego, me invadió una comezón de intranquilidad confiriéndome una incomodidad que me llevó a no encontrar la postura que necesitaba para conciliar el sueño. Al final, como siempre, el cansancio del día y la noche me durmieron.

Hoy he abierto un ojo, despacio, muy atenta a lo que pudiera pasar. Todo está igual. Nada había cambiado. Después de tantos años cambiando de año debiera saber que esto del “borrón y cuenta nueva” no es algo que te venga de fuera. En fin, otro año para sobrevivir.

31/12/18

2018


2018.Otro último día de año. ¿Y? Estoy desayunando un bocadillo de pollo a las hierbas con un roibos chaimassai para ir entonando el cuerpo. Voy fuera de horario porque he dormido más que nunca y me he levantado tocadas las diez, inconcebible en mí, pero ha sido la hora en que me he despertado, durmiendo desde las once de la noche. Debo aprovechar está gran época de no insomnio.
Hace un día precioso. Me hubiera gustado ir de excursión, pero por ahora, se han acabado los días de excursión. Se puede salir a la calle solo con sudadera o jersey (qué poco glamur tiene el nombre de “sudadera”) y creo que es lo que voy a hacer dentro de un rato: cargaré mi mochila de dibujo con las pinturas y la libreta y me dirigiré a cualquier lugar que haya sol (llevo cinco días sin verlo) y me pondré a dibujar. 

Debo pensar mis propósitos para este nuevo año de congruencia 3; espero antes que nada (vamos, lo necesito) que siga recolocándome la vida en su sitio y que no me permita nunca más ponerla patas arriba como hasta ahora.
Este año que va a pasar me he dedicado a buscar la alegría en las pequeñas cosas, cuesta, pero lo he logrado y me siento orgullosa de ello. Me he dado cuenta que mi vida está compuesta de pequeñas cosas a las que antes no daba importancia. Recuerdo aquel libro que se llamaba “El dios de las pequeñas cosas” de Arundathi Roy, creo que el que leí era de la Editorial Anagrama.

Mis inicios en el mundo de la meditación no son demasiado fructíferos. Me cuesta mucho doblegar mis pensamientos al no pensamiento. Pero voy a seguir intentándolo con todas mis fuerzas y veremos donde llego.

Creo que al final no voy a hacerme ningún propósito. No quiero encasillar el pensamiento con ideas de futuro. Ni perseguir causas perdidas. Voy a dejarme fluir, a ver cuánto volumen soy capaz de ocupar.

24/12/18

Atemperándome para mañana


Esta Navidad no he tenido la pericia de organizármela bien, así que no me queda otra que quedarme en casa. No me siento por ello nada triste ni decepcionada, más bien al contrario. En esta ocasión, no sé porqué, me acompañan más las personas que ya no están a mi lado que las que sí. Permitidme que me pierda un rato en mi propio circunloquio.

Mañana, cuando me despierte, permaneceré en la cama hasta que mis vértebras digan que ya no pueden más aguantar la posición horizontal. Pienso pasar todo el día en pijama, este será mi máximo boato. Voy a improvisar una comida con los restos que normalmente se acumulan en el fondo de nevera, más porque no me ha apetecido salir a comprar que por quebrantos económicos (aclaración para evitar vuestra conmiseración). Haré del sofá un amigo íntimo que al acabar el día pensará que había conocido tiempos mejores. Con el mando en la mano, entreveraré un canal con otro, realizando ímprobos esfuerzos por mantenerme despierta.

Y cuando ya no pueda más de este ostracismo que me he impuesto,  cogeré mi juego de investigación e intentaré averiguar junto a Sherlock Holmes, quien ha sido el asesino de Queen’s Park.

Cuando vuelva a mi cama, pensaré, como lo habré estado haciendo todo el día, en las personas que ya no están a mi lado y que puede que nunca vuelvan a estarlo.

Lo malo de hablar claro es que puedas llegar a ser premonitorio.

23/12/18

Al final, se impondrá la noche despiadada


Me retuerzo en la cama como una culebra a la que se le ha quemado la cola porque la soledad abrasa igual que si de fuego se tratase. Salpico de tristeza mi almohada que ya no huele a ti a fuerza de besarla y de abrazarla. Quién sabe del deseo implacable autoaniquilado. Me sostiene el lado oscuro entre murmullos. No. No fue un amor desgastado. Fue un amor incontrolado lo que está acabando conmigo.

¡Levántate! Abandona cualquier quejumbre y vuelve a derramar palabras, me digo. Debo volver a caminar, a charlar, a respirar. Debo moverme y avanzar. No puedo pensar. La noche sigue y me engulle. No soy ningún héroe. Me dejo llevar.

21/12/18

Tarde de películas


Agotada me he postrado en el sofá, con un cuenco de endivias troceadas, salmón y sésamo y una botella de agua. He encendido la tele y he buscado alguna película que pudiera gustarme.

“Marie Curie” ha sido la elegida. Lo que más me ha gustado ha sido que el relato era desde su primer Nobel hasta el segundo. Anteriormente ya había visto otra  película que era la del descubrimiento del radio y la radioactividad. Me ha gustado mucho el tratamiento que se hace del tema. Siempre que veo una película biográfica pienso que por qué no veo más, pues me suelen gustar mucho. Así que acabada esta me he lanzado a buscar otra y me ha gustado muchísimo más que esta por el desconocimiento del tema.

Lou Andreas-Salomé ha sido la segunda de la tarde. La he empezado a ver pensando que no me gustaría, y ha sido todo lo contrario, me ha apasionado. Me ha fascinado la vida de esta mujer totalmente desconocida por mí. Su padre, al morir, le deja una  nota que dice: “Conviértete en lo que eres”. Ella tenía unos 16 años y realmente vive su vida atendiendo al consejo de su padre. Conoce a Nietzsche, a Rilke, a Freud y a Tolstoi. Rilke, en la película, recita ese poema suyo que a mí tanto me gusta:

Apaga estos ojos míos: no dejaré de verte,
si me tapas los oídos podré igualmente sentirte,
y podré sin pies ir hacia ti
y sin boca podré aún conjurarte.
Quítame los brazos y te cogeré
con mi corazón como si fuera una mano;
párame el corazón, latirá el cerebro;
y si a mi cerebro prendes fuego,
entonces te llevaré en mi sangre.

Cuando veo este tipo de películas en la que los personajes viven experiencias tan ricas me muero de envidia porque me encantaría vivir este tipo de experiencias. Recuerdo que hace mucho tiempo, cuando era joven tuve la suerte de conocer a un grupo de intelectuales que se reunían una vez al mes para cenar y tratar algún tema. Durante un tiempo estuve asistiendo a sus reuniones. Siempre esperaba con impaciencia que fuera el primer viernes de mes, porque era cuando nos citábamos. Éramos jóvenes y emulábamos a los que en otra época también lo fueron. Nos vestíamos con tejano negro y camisa o camiseta negra y, unos 11 o 12, acudíamos a la cita. Nos solíamos despedir cuando ya el sol hacía rato que despuntaba. Antes de volver a casa, compraba la prensa para leerla en la cama al día siguiente. Ahora esos tiempos me quedan muy lejanos.

20/12/18

Para qué


Para qué volver a escribir lo que un día escribí si las palabras son las mismas que hoy ocupan mi razón. Para qué buscar y revolver y recordar un pasado que sigue presente, si en su momento plasmé lo que hoy me apetece de nuevo plasmar. Para qué deslumbrar con un nuevo ejercicio lingüístico lo que ya fue dicho en otro momento y sigue hoy vigente. Para qué recurrir a otro texto si aquel, aunque viejo, conserva su lustre de nuevo.

"Morí. Morí con cada una de sus cuatro letras. Morí al romper nuestro amor y en silencio casar mi corazón al tuyo. Morí al intentar vivir sin ti. Morí. Morí. Y sigo muerta.

Respirar tu vacío me duele, pero la hago religiosamente, cada noche, al acostarme, emulando el castigo impuesto a Sísifo por los dioses. Y así me duermo, contando las arrugas de mis sábanas bajo este corazón de amor asmático que me ahoga el pensamiento. Y me despierto, y vuelvo a tu vacío y rodeo con mis lágrimas tu lado de la cama, que de tan frío me quema y hiere mi piel bañada en soledad de caricias. Y me duermo entre recuerdos de lo que un día fue vida. Y despierto porque ya entre mis sueños no te encuentro.

Y así pasan mis días, bajo una muerte estrellada, que de día parece viva y de noche es la ausencia del alba."