Después de una larga lucha conmigo misma he empezado a andar (deportivamente) de nuevo; nueve quilómetros, en hora y diez, a paso rápido. Por ahora llevo dos días, antes de ayer y el día antes de antes de ayer. Ayer y hoy no me han dejado por llevar un holter.
El caso es que cuando fui a buscar mi podómetro, que llevaba cuatro años en la estantería viéndome pasar sin prestarle atención, la goma de los botones se había desecho y estaba todo pringoso. Culpa mía por no hacerle caso o prueba irrefutable del calor que está haciendo este verano.
Así que, presta, me fui con una amiga a Decathlon a comprarme uno. Después de recorrerlo entero porque no encontrábamos donde estaba, un amable y simpático chico que trabajaba allí nos atendió y me enseñó un podómetro parecido al que yo tenía. Le pregunté si era fácil su manejo y si lo tenía que programar con mi peso y me altura y el amable y simpático muchacho se ofreció a hacerlo por mí.
Mientras lo estaba haciendo, mi amiga se sentó en un puff que había a dos metros de donde estábamos. Yo iba mirando lo que hacía el chico, pero como iba muy rápido y no podía deducir qué estaba haciendo me puse a leer un escrito que tenía en el chaleco azul del uniforme. No recuerdo el mensaje, pero me pareció que no era demasiado correcto a nivel gramatical. Le dije a mi amiga M:
–Mira, M –mientras señalaba con mi dedo la etiqueta que llevaba en el pecho el chico, en la parte del corazón– esto está escrito muy raro. Ven a verlo.
–Yo no lo he escrito –me contestó el chico apurado.
–Ven, M, ven –haciendo caso omiso a lo que había dicho el chico– No sé quién ha sido el lumbreras que ha escrito esto así.
M me miraba con una sonrisa de circunstancia y asentía con la cabeza sin hacer el ademán de levantarse.
–Ven, M, ven, ya verás qué ida de olla.
M seguía con esa sonrisa tensa y asintiendo.
–Ven, lo tienes que ver en directo.
Y, para que callara y no dijera nada más, M se levantó a verlo muerta de vergüenza. Pasó por delante lo miró sin pararse a leerlo y volvió a asentirme a la vez que sobrepasándome se fue a ver (o hacer ver) que le interesaba algo que colgaba en una estantería lejana a donde estábamos.
El chico por su parte, con cierta prisa por desaparecer, apretó varias veces el mismo botón para salir de donde estaba. Metió el podómetro en su caja, me lo tendió y dijo:
–Dentro tiene las instrucciones. Buenos días.
Ahora, por culpa de ese texto, no me programó el podómetro.
Esto, antes, no lo hubiera comentado en voz alta, se lo habría dicho a M cuando hubiéramos salido del lugar. Debo vigilar mi frontal.