6/6/20

Dos hermanas


Autor: David Foenkinos

Es el segundo libro que leo de este autor. El primero fue Hacia la Belleza, un libro que me encantó y me impresionó tanto por la historia por cómo está narrada.

Así, que el primer día que abrieron la librería de mi barrio, me lancé a la caza de un libro. Cuando vi este en el aparador, no lo dudé. Y no me ha decepcionado. Me gusta el estilo del autor. Me gusta cómo me conduce poco a poco a través del personaje. Me gustan sus personajes.

Cierto es que, en un momento dado, hacia la mitad del final, se vuelve previsible el desenlace, pero no me ha importado. Hay una frase que me resuena en la mente y que me impactó leerla, pero no puedo comentarla porque encierra la esencia de la historia. Sé que esta frase me resonará largo tiempo por la mente.

Esta novela, creo que se podría adaptar para hacer una película o una serie corta.

2/6/20

Ella es así


Como aquel día. Estábamos las dos sentadas en el sofá. Teníamos todo preparado. Venían a comer unas amigas mías. Susana lleva toda la mañana callada. Yo había preparado la comida a ella no le gusta cocinar y como me había dicho: “son tus amigas”. Me había estado ayudando, pero a pesar de ello, no abrió la boca. 

La había observando mientras yo cocinaba y no me pareció que estuviera de mal humor. Le pregunté que qué le pasaba y, como respuesta, recibí un no neutro. Me enervan sus mutismos, me hacen dudar.

La veía como recogía los utensilios sucios y se ponía delante de la pila, en silencio, sin hacer ningún gesto y los lavaba. Cuando no tenía nada que hacer, se sentaba en la mesa de la cocina y se abstraía hasta que descubría que yo la estaba mirando y me preguntaba:

¿Qué quieres que haga?

Nada le contestaba, hazme compañía y hablamos.

Pero, por mucho que me esforzaba no conseguía pasar del monólogo.

Cuando acabamos de cocinar, limpiar todo, y poner la mesa, nos sentamos en el sofá. Ella, en seguida puso la televisión. A mí me hubiera gustado saber qué le pasaba por la cabeza, pero era un muro infranqueable. Observaba el programa con fingido interés. Yo la miraba fijamente.

¿Qué? —me preguntó en un tono en el que se dejaba ver que algo le pasaba conmigo.

—¿Me puedes decir qué te pasa? ¿He hecho algo?

Sonó el timbre de la puerta. Habían llegado mis amigas. Apagó el televisor, pero no se movió del sofá. Fui yo la que fue a abrir la puerta. Ella las recibió cordialmente, pero no con la alegría y el desparpajo que normalmente tenía. Ya las conocía. Me había dicho, la primera vez que las vio, que le caían bien. Pero en aquel momento todo resultó extraño.

Empezamos a comer, Susana, en silencio, contestando educadamente cada vez que se dirigían a ella, pero sin intervenir en la conversación. Al principio, mis amigas no se dieron cuenta de nada. La comida iba avanzando y estaba a punto de llegar a su fin. Susana, estaba con semblante serio y con la mirada lejana. La conversación fue menguando cuando fueron descubriendo que algo pasaba y a mí me fue imposible mantener una charla jovial y desenfadada. Empezaban a dominarme los monosílabos.

Justo después de los postres se disculparon que debían marchar porque la madre de una de ellas no se encontraba bien e iban a ver si necesitaba algo.
A la que se fueron, Susana se sentó en el sofá y encendió la tele. Mientras, me dediqué a recogerlo todo y limpiarlo.

Cuando por fin, me senté a su lado, no supe qué decirle. La miré, pero su cara no reflejaba nada que pudiera darme una pista sobre lo que pasaba.
Ella es así, enmudece y corta la comunicación y son los demás los que deben descubrir qué le está pasando. Creo que se sintió observada; cerró la tele, se levantó y se fue a la habitación. La seguí. Y, tras insistir un poco, se desató la batalla.

1/6/20

Arreglando la entropía femenina


El día es caluroso, no se puede negar. Sentada en las escaleras que ascienden hacia el portal de su casa, una niña de unos diez años juega con un trozo de madera al que le ha pintado unos ojos, una boca y una especie de pantalón de peto. Es su muñeca. No es una niña pobre que carezca de muñecas; tiene un ejército de ellas sentadas en la cama vigilando su lecho.

Su imaginación es tan desbordante que necesita jugar con la muñeca que ella mismo ha construido. Aún no lo sabe, pero, en su adolescencia, descubrirá que su misión en la vida, si es que se llega a tener una misión, será cambiar las normas. La gente que pasa y la ve acariciando ese pedazo de madera, romo por todas partes, piensa que son los primeros ensayos de una futura maternidad. En la mente de la niña, nada más alejado, aparece el germen de una futura ingeniera.

En el coche que hay aparcado delante de la niña, una mujer se está acabando de maquillar haciendo uso del retrovisor. Sus gestos son rápidos y precisos, aprendidos por la repetición diaria durante mucho tiempo. Parece que llega tarde a alguna cita. Cuando ya considera la “obra” acabada, mientras coge el bolso, levanta la vista y mira a través de la ventanilla contraria. Ve a la niña jugando con la madera. Ve su sonrisa, su despreocupación, su concentración.
Sabiendo que llega tarde, se para a pensar. ¡Qué lejos le quedan esas sensaciones! De nuevo, se vuelve a mirar en el retrovisor y, en un nanosegundo, un pensamiento fugaz queda anclado en su mente.

Con una toallita, se desmaquilla rápidamente; del todo. Coge el vaso de cartón vacío, ahora, de café, que había comprado en la esquina de casa y que se había ido bebiendo por el camino, para llegar menos tarde. Saca el perfilador de labios y le dibuja dos grandes ojos y una amplia sonrisa. Desciende del coche y se sienta al lado de la niña a jugar.

La niña de diez años la acepta y la incluye como si de otra niña se tratara. Ambas se sonríen desde la complicidad del juego. Se presentan a través de sus andróicas muñecas y se entablan en una conversación, más interior que exterior, donde juran fidelidad a la causa femenina.

De repente, tras ellas, se abre la puerta del portal y aparece un vecino que baja a pasear su perro. Amo y perro pasean tristemente -más amo que perro- por la acera. La niña y la mujer, ausentes del mundo exterior expanden el suyo interior hasta interseccionarse.

La niña, futura mujer y la mujer, presente niña, hablan el mismo idioma. Hombre y perro, apenas se comunican.

Es un día caluroso, no puede negarse, pero, hoy, cambiaran muchas cosas o ¿ya han cambiado?

31/5/20

Tiempo de escritura


Salimos ya de las tinieblas que envuelven nuestro corazón. El letargo de mente y obra llega a su fin. Son nuevos tiempos. Tiempos de escritura. Lo que hoy es vivido perdurará en nosotros.

La joven padawan está preparada para cualquier enviste del Reverso Tenebroso, segura, ella, del poder de sus palabras. Después del letargo a la que ha sido sometida, siente la Fuerza más que nunca y ha aprendido a escuchar su instinto. La situación no consiguió doblegarla ni apagarla, sino limarla y prepararla para la nueva rebelión.

Obediente, escucha a su maestro. En breve, el consejo la llamará para ascenderla. Eso querrá decir que confiaran plenamente en ella y que estará en comunión con la Fuerza.

Al principio, cuando la Fuerza se empieza a sentir, las mismas palabras pueden conducirte al Lado Oscuro. Solo las almas puras y sintácticas podrán llegar a completarte como Jedi.

La joven padawan es consciente de todo esto. Su única arma es la estilográfica que heredó de su padre. Este, antes de cesar sus funciones como organismo biológico y su espíritu ascender a otro plano de existencia donde la Fuerza Cósmica permite mantener la individualidad del Jedi, se la había regalado como herencia de toda una vida de sabiduría.

La joven padawan se dispone a presentarse delante del consejo. A pesar de dominar todos los aspectos místicos de la Fuerza y sentir su estilográfica como un sable de luz, se sentía nerviosa. Los nuevos tiempos de escritura obligaban a acelerarlo todo, ¿y si no estaba preparada?

Algo en la Fuerza se perturba. Las dudas no son buenas para ningún Jedi. Resquebrajan el poder y la sabiduría, y enturbian el lado luminoso de esta. La joven padawan se dirige hacia el consejo. En cuanto entra en la cámara donde los grandes maestros la esperan, todas sus dudas se disipan, sabe que domina el viejo arte de las palabras y que, a pesar de su juventud, la Fuerza la acompaña.

Son nuevos tiempos; tiempos de escritura.

30/5/20

Ejercicio creativo


Dos mujeres a punto de cruzar una calle. El semáforo está rojo. Van hablando. Una de ellas lleva la mano detrás.

1.- Son dos amigas que se han reencontrado por primera vez después del confinamiento. No han mantenido nada de contacto durante estos meses, porque a pesar de gustarles decir que son amigas, son simplemente conocidas de pasear un poco y tomar un café. Tienen cosas que contarse, han pasado un tiempo sin ponerse al día y la conversación es amena. Ninguna de las dos llamaría a la otra en caso de apuro. Marina, que no sabe decir que no y a la que el confinamiento ha cambiado y ya no le gustan tanto las superficialidades, ha accedido a dar un paseo con Carla cuando esta, aburrida de tanta monotonía, se lo ha propuesto. Se siente incómoda y cada vez que le pasa le pica todo. Ahora se está rascando la espalda mientras busca una excusa para concluir el paseo y volver de nuevo a su casa.

2.- Casualmente las veo desde mi ventana. Vienen a por mí. Me han debido seguir cuando he ido a buscar el pan. Se piensan que la culpable soy yo. La más alta lleva la mano detrás, seguro que va a sacar la pistola que lleva en la espalda. La suelen esconder allí, sé muy bien cómo actúan. Si fueran policías la llevarían en una cartuchera en la cintura o colgada en bandolera en el lado contrario de la dominancia de mano. Me escondo tras las cortinas, acaban de mirar directamente hacia mí, tengo poco tiempo. Piensa. Piensa. No tengo por donde huir. Mejor me escondo debajo de la cama y espero que no se les ocurra mirar. Me quedo dormida. ¿O ya me han matado?

3.- Marisa y Alba están a punto de cruzar el semáforo. No se hablan, desde hace un par de días, en que Marisa por estrés de trabajo la trató despóticamente, Alba enmudeció y no ha vuelto a decir nada salvo que sean monosílabos. Se habían enamorado locamente hace un par de años, un verano que coincidieron en el mismo hotel. En seguida se habían ido a vivir juntas y todo había ido como la seda.  Marisa trabajaba en IBM y tenía un buen sueldo. Alba era enfermera y tampoco se podía quejar. Vivían cómodamente y en un estado de eterna felicidad. Un día, la empresa de Marisa optó por un nuevo método de trabajo desde casa. Sin darse cuenta, Marisa iba día a día aumentando el horario de trabajo hasta que llegar a un punto de estrés que le había hecho menguar su paciencia y su forma de hablar con Alba. Así, poco a poco, fue cargándose el amor que habían estado tejiendo juntas. A punto de cruzar el semáforo, Marisa con la mano cerrada escondida detrás ocultando un anillo que había comprado hacía tiempo, iba a cometer el error más grande de su vida, pidiéndole matrimonio a la mujer que había querido con locura.

4.- Jacinta y Encarna son dos hermanas que viven juntas en la antigua casa familiar de sus padres. Son las típicas hermanas que por un motivo u otro se han quedado para vestir Santos. Las dos aceptan su anodina vida con resignación y en silencio, disimulándose la frustración que las invade. Jacinta, demasiado miedosa para afrontar la vida, se quedó siempre bajo el amparo de su madre. Una madre que no levantó el ala para dejarla marchar y que aún la protegió más debilitándola hasta el punto de hacerla tan insegura que empezó a tener un montón de alergias y enfermedades, creadas más por la dependencia que por su propio cuerpo. Encarna, se había independizado hace tiempo, pero tuvo que volver a la casa familiar en el mismo momento en que a sus padres empezó a fallarle la salud. De esto ya hacía diez años. Ambas hermanas, al final, no se sabe bien por si por comodidad o por desidia, se quedaron a vivir allí. Ahora, estaban delante del semáforo. Se dirigían a la farmacia a buscar algún calmante ya que Jacinta, tenía un inmenso dolor en las lumbares y para andar se las cogía con una mano ya que tenía la sensación que le aliviaba. Su hermana la acompañaba en silencio, taciturna. Pero si le mirabas bien, en sus ojos había un destello: el veneno estaba haciendo su efecto.

28/5/20

Escritura mecánica


Se supone que debo empezar a escribir y no parar hasta que hayan pasado diez minutos; porque he empezado a leer un libro de escritura y estoy haciendo todos los ejercicios. Cada capítulo tiene un ejercicio al final y me he decidido a hacer este reto.

Nunca antes lo había hecho escribiendo directamente en Word, siempre lo hacía con papel y boli, pero es que no me va a apetecer pasarlo luego y así ya queda todo para colgarlo en el blog.

He dormido bien, me gusta dormir. Ahora que ya no tengo insomnio disfruto del descanso y me levanto feliz. Al final, soy feliz con la vida que tengo y cada día aprovecho más mis propias capacidades para ocupar el tiempo. Lo tengo bien distribuido y hago un montón de actividades que me llenan y me hacen sentir bien. Estoy leyendo un libro que me pone nerviosa; se trata de una mujer que es dejada por su pareja y empieza a entrar en una vorágine de, ahora no me sale la palabra, de declive, de irse destrozando la vida porque empieza a enloquecer, al principio imperceptiblemente y, al final, que no he llegado, creo que se hará mucho más visible. Me parece interesante el tema a nivel escritura, pero, a nivel historia, tanta tensión me supera.

A veces pienso que esto de escribir es fácil y otras, que no. Hoy estoy con la sensación de que sigo sin tener nada que decir, y que, cuando digo, sigo repitiéndome como siempre. Bueno, es la idea que tengo.

Según este libro de escritura, que leo un capítulo diario, somos nosotros mismos quienes nos ponemos las trabas y nos bloqueamos a la hora de escribir. Este ejercicio debe durar para empezar a sacar realmente el tema de escritura. Dice que emborrone folios y folios para dar tiempo suficiente a que aparezca alguna cosa que pueda resultar interesante. No es la primera vez que lo hago, no, y nunca he conseguido ver qué tema puede resultar interesante y sea germen de un texto relato o novela.

A ver si alguien ve algo interesante para desarrollar.

No para de oírse un ruido de motor desde hace varios días que me pone muy nerviosa; al final voy a tener que salir e investigar de donde viene este ruido porque ahora es casi diario, incluso hay otro nocturno que intento no oír y, que me enerva, también, antes de dormir. No lo oigo una vez dormida. Por la mañana ya no está.

Ha pasado el tiempo, pero no tengo claro que haya surgido nada. Bueno, ya veremos.

27/5/20

Diarios


De nuevo, decidí volver a escribir un diario. Esta vez, debía ser diferente a todos los que había estado escribiendo a lo largo de mi vida y, que posteriormente a su escritura, había destrozado.

Quería que fuera un diario escrito con buena letra, visualmente perfecto, cuyo contenido fuera lo que me ocurriera durante el día contado desde un punto literario, lleno de sensaciones y sentimientos. Quería imitar los diarios que hasta ahora he leído de Virginia Wolf, Kandinsky, Van Gogh, Flaubert, etc…

Quería convertir mis anodinos días en poética y profundidades y que, si algún día llegaban a ser leídos, quería, transmitieran un mundo interior lleno de efervescencia, como si mi vida fuera parecida a la de Dorothy Parker o, tal vez, Machado, o tal vez, alguna de las hermanas Brontë, Charlotte o Elizabeth.

Llevo ya, cuento, casi seis meses escribiéndolo. A veces, antes de ponerme a escribir, lo releo un poco y me decepciono. Mi escritura dista tanto de lo que quiero conseguir. No sé si es que mi vida es tan anodina que es imposible encontrarle poética alguna, o que soy incapaz de convertirla en un buen texto. Muchas veces, mi diario parece una sucesión de hechos, ni siquiera concatenados. Tiende más hacia un dietario en el que solo falta poner las horas en las que se ha realizado cada tarea.

Sé que no es la primera vez que escribo sobre el tema. Es un recurrente en mi vida. Pienso en ello mucho. No escribo para ser leída, sino para leerme. Y “leerme” en el sentido más amplio e incluso metafórico: entenderme. Cuando me veo reflejada en mis palabras es cuando puedo alejarme un poco de mí para tomar decisiones en frío. Demasiado enrevesado el interior para darme respuestas sin tomar distancia.

Llegados a este punto, es cuando suelo desistir de seguir escribiendo y como el producto obtenido no me gusta toca desguazarlo. No es la primera vez que pasa y supongo que no será la última. Consecuencia: horas de escritura aniquiladas.
Esta vez, sorprendiéndome incluso a mí misma, voy a continuar con mis diarios. Voy a seguir luchando por conseguir el tono y la calidad que quiero en ellos y, sobretodo, por mejorar su presentación, que a veces, dista mucho de lo armónico.

Confieso que a veces tengo la sensación de no evolucionar, de que me siguen preocupando las mismas cosas y que me hallo parada en el tiempo intentando algo que a lo largo de mi vida no he conseguido. No me refiero solo al tema de la escritura del diario. ¿Llegaré a cambiar las preocupaciones que tengo en la vida? ¿Evolucionaré? ¿O lo que me interesa, preocupa y ocupa son mis universales, para siempre?

Hace tiempo que descubrí que mejor me dejo fluir que me intento cambiar, siempre llego a mejor puerto así.

20/4/20

No sé qué ha pasado


No sé muy bien qué le ha pasado al blog. Yo soy una inculta digital. Me habían desaparecido imágenes y también me habían “atacado”, supongo que un bot, con muchos comentarios en otro idioma. He tardado algunos días en poderlo arreglar. Por falta de tiempo y, confieso, por algo de pereza. Creo que ahora lo vuelvo a tener todo limpio y en su sitio. Mañana, seguiré con la publicación de las viñetas e intentaré, si el teletrabajo me lo permite, escribir un poco, que me estoy muriendo de ganas. Gracias por la paciencia.

11/4/20

Primero de apocalipsis 3









El tiempo es atemporal


Ayer me fui a dormir pronto, porque hoy me tocaba ir a comprar. Solo salgo un día a la semana y lo concentro todo: tirar las basuras, reciclar e ir a comprar, al súper y a la verdulería. No es muy diferente a lo que suelo hacer cuando no estoy confinada. La diferencia es que ahora en vez del sábado, lo hago los viernes.

Me he levantado temprano, porque soy de las que prefiere esperarse antes de que abran que haciendo cola. No sé, una manía que siempre he tenido. Más que nada, porque así, acabo antes y antes estoy libre para hacer lo que me apetezca. Ahora, en confinamiento, es un rollo prepararse para ir a comprar. Primero de todo, pongo la ropa en el cuarto de baño para cuando venga, meterme directamente en la ducha. Segundo, saco los guantes nuevos y los dejo en la entrada, junto con la cartera, las llaves y el móvil. Debo estar muy atenta para no olvidarme nada. Después cojo el carrito, compruebo que tenga una bolsa dentro (a veces no me cabe toda la compra en él) y lo pongo delante de la puerta de salida. Me visto con una ropa que tengo especialmente escogida para salir de casa (toda oscura para poder lavarla junta) y me voy a la zona 0, que es la habitación de al lado de la puerta donde, ahora, guardo la chaqueta y los zapatos de salir a la calle. No tengo mascarilla, así que utilizo una bufanda de invierno, tupida, muy tupida. Una bufanda de invierno que, ahora, que empieza el calor es insoportable y me da por toser y la gente me mira mal. Voy a tener que cambiarla por un fular o algo parecido. Miraré que tengo. Cuando estoy preparada, después de haber empezado a prepararme hace media hora, salgo a la calle dispuesta a comprar, primero en el súper y después, en la verdulería.

Voy con la basura en la mano y cuando paso por delante del supermercado, me paro atónita. Está cerrado. Una señora que pasea a un perro, desde debajo de su mascarilla me masculla: “Niña, que es Viernes Santo”.
Así, que giro sobre mis talones, vuelvo a casa y me dispongo a dejar la chaqueta y los zapatos en la zona 0, desnudarme, poner la ropa en la lavadora y ducharme, sin que toda esta parafernalia haya servido nada porque mañana deberé realizar el mismo protocolo antes de salir.

Lo peor, me he descubierto en casa de nuevo con la basura que, tras la noticia, no he tirado.

9/4/20

Primero de apocalipsis 1














Ojiplática


Nunca me han echado un mal de ojo, al menos que yo sepa. Pero resulta que mi terapeuta dice que sí (¿deberé cambiar de terapeuta?). El caso es que me pidió tiempo para deshacer el embrujo (no sé si se dice así) y después de tres meses me dijo que ya estaba. También me dijo que debía haber notado como una tristeza y luego un alivio. O soy insensible o aquí no había embrujo que valiera. En fin, de todas maneras, suerte que esto pasó antes del confinamiento.

Lo que sí que me pasó, hace tiempo, cuando rompí una relación, fue que mi, ahora, ex me dijo una frase en plan maldición que se está cumpliendo a rajatabla. Cosa que, en esta situación de confinamiento, se me hace mucho más presente. La frase en cuestión fue: “Vas a estar sola el resto de tu vida”. Me la dijo con una rabia muy extraña. Desde un estado enajenado en el que había entrado. Era como si alguien que no conociera yo, hablara por su boca. Sus ojos chispeaban la rabia y mascaba las palabras esperando que al cumplirse lo que me estaba diciendo se cumpliera, también, su venganza.

Y, ahora, en este momento de confinamiento, sí que siento que de alguna manera se está cumpliendo su maldición. Pero tranquilas, me hallo luchando contra ello a capa y espada y palabra, que es de la única manera que sé luchar. Doy gracias por tener un teclado y muchas ganas de escribir.

8/4/20

Primero de apocalipsis








Nota: El 3r día no existe, por ahora. Licencia de dintel.

Viñetas


Empecé (cuando empezó todo esto) a dibujar una viñeta diaria sobre el Confinamiento (se merece ya una mayúscula) porque me apetecía plasmar un poco mi día a día entre estas cuatro paredes (tengo algunas más) que son mi casa. Resulta que en un principio, pensaba (ilusa de mí) que iba a durar los quince días que habían dicho; ahora, con 27 ya, entre pecho y espalda, empiezo a tener un volumen de viñetas considerable.

Por esas cosas de la vida (que en mi haber tengo muchas), sin quererlo, les he ido cogiendo un cariño especial. Por ahora, solo las he compartido con algunas de mis amistades más cercanas (puede que, con alguna lejana, también soy un desastre para las distancias) y me estaba planteando colgarlas en mi blog. Pero no sé qué me pasa; hay algo dentro de mí que me lo impide. Supongo que es una manera nueva de desnudarme ante mis lectoras (que parece ser que son bien pocas) sin estar protegida detrás de las palabras (muralla sólida dónde las haya).

Creo que necesito aún un tiempo más de reflexión a ver si al final decido vencer la timidez y me lanzo. Por otro lado, si mi estimado público las reclamara sería como verme obligada a su publicación.

La idea sería colgar cuatro diarias hasta ponerme al día. Entonces, pasaría a publicar la viñeta diaria según la vaya dibujando.



7/4/20

Insomnio y pensamiento


Toda la vida he madrugado. TODA. Pues ahora no puedo. Por más que me pongo el despertador una y otra vez a la hora en la que me he levantado siempre, cuando suena, lo apago y sigo durmiendo. Y, es más, me despierto sobre las nueve y me giro y sigo durmiendo. Me apetece dormir y como por la noche me cuesta muchísimo conciliar el sueño, pues me lo permito. ¿Quién me lo va a impedir? Eso sí, luego, durante el día voy loca queriendo cumplir los objetivos que me había marcado el día anterior, porque el día no me da para más. Como dice siempre una compañera: “no me da la vida”.

Lo que más me sorprende es que fuera de este confinamiento, sí que me daba y hacía un montón de cosas más. Porque, no nos olvidemos, a lo que hacía, debía sumarle el tiempo de transporte (oh, que añoranza, viajar de pie y como sardinas en un metro o en un autobús…). Así que, de nuevo, mi propuesta para mañana será levantarme a las cinco y media, hora esta, en la que antes me levantaba.

Y es que después de 26 días de confinamiento, cuando la normalidad ha mutado a esto que estoy viviendo, ya no sé qué es normalidad, si lo de ahora, o lo de antes.  Me sorprende descubrir que la normalidad no existe; que lo importante en esta vida es la adaptación. Este concepto me lleva a los orígenes de las especies y me emociono pensando en que esta toma de conciencia a la que estoy sometida me hace más grande enfrentándome a mi yo de antes.

3/4/20

La trenza


Autora: Laetitia Colombani

Los primeros días de confinamiento (hoy hace mi día número 22), no me atrevía a leer. Quería tener la mente y las manos ocupadas y la lectura me parecía una actividad más pasiva que las otras. Así que fueron pasando los días y me iba programando actividades en una lista la noche anterior y no paraba durante todo el día hasta que conseguía tener toda la lista tachada. La segunda semana, (en principio eran solo dos las que íbamos a estar confinados), me programé actividades de limpieza por habitaciones y orden absoluto (ríete tú de Marie Kondo). Cuando llegó el momento de atacar la estantería que tengo en el comedor fue todo un orgasmo. Cambié la distribución que suelo tener y descubrí que tenía dos estantes llenos de libros en dos filas cada uno por leer. Así que como si alguien le hubiera dado a mi interruptor, elegí libro y empecé a leer con tranquilidad, disfrutando de las palabras y de las imágenes que el autor me iba creando.

La trenza es un gran libro. A pesar de que en seguida ves a qué se refiere con el título, eso hace muchísimo más interesante su lectura, creo. Poco os voy a poder narrar de él porque quiero que quién lo lea, lo haga de la misma forma que lo hice yo, sin saber nada de él. Eso sí, hay una parte que me hirió la sensibilidad (que tengo, ahora, a flor de piel), pero, aun así, no lo abandoné. Os lo recomiendo sin lugar a dudas.

Cuando ordené mis libros, tomé la decisión de que a partir de ahora los que leía y me gustaban mucho me los quedaba y los otros, los abandonaría en un café, en un banco, o en algún lugar que me pareciera bien, seguro que a alguien les gustaría. Es por eso que ahora en el recibidor de casa ha inaugurado un pequeño montículo de libros que espero que no crezca mucho. Eso sí, La trenza está guardado en el estante, con mis libros preferidos.

25/2/20

Morder la manzana


Autora: Leticia Dolera

Bueno, por fin tengo un momento y unas ganas para pasarme por mi blog, que lo tengo abandonado desde hace unos diez días. Cosa que me ha servido para descubrir que lo he añorado. Sí; ha sido una sorpresa tremenda ver que sigo con la necesidad de escribir por aquí.

He estado llena de actividades que me quitan el tiempo que dedico a estar en el ordenador, escribiendo, leyendo, comentando blogs. Así que, hoy, ya me he organizado desde primera hora de la mañana para tener tiempo de bloguear. Acabo de llegar del osteópata. Ya hace tiempo que recuperé la movilidad del brazo, pero me siento tan bien cuando salgo de entre sus manos que decidí tener sesión cada quince días. Y si nada lo impide, así lo hago. Por lo que ahora os podéis imaginar lo relajada que estoy.

En realidad, esta debiera ser una entrada exclusivamente sobre el libro que me acabé ayer; pero, no sé, supongo que es el empoderamiento que da, que he empezado por otra cosa.

No os podéis ni imaginar lo que ha sido para mí descubrir a Leticia Dolera. Hace menos de dos meses, no sabía ni quién era. Pero un día, vi su serie: Vida Perfecta. Me apasionó. Me encantaron los personajes (tres mujeres a cuál más diferente), tan bien definidos y tan protagonistas los tres. Una de las actrices era Leticia Dolera. De ahí, descubrí que era también la guionista, que había ganado premios y que era una feminista en toda regla; me empezó a interesar como persona.

Durante un tiempo, cada noche, me ponía algún vídeo en el que la entrevistaban; así fui descubriendo que me encantaba cómo hablaba. Tenía un discurso perfecto en el que se comunicaba de “tú a tú”. Me apasionó la variedad de léxico que utilizaba y su especial sentido del humor. Me encantó como hacía sus propios apartes para no perder la lógica con ella misma. Y poco a poco, me di cuenta de que verla hablar me hipnotizaba.

En una de estas entrevistas hablaron de su libro, “Morder la manzana”. Al día siguiente ya me había hecho con un ejemplar. Y al siguiente, o sea, ayer, ya me lo había leído. Me ha gustado mucho, ya no el contenido, que me ha encantado, sino la forma que tiene de expresarse, que parece que, en vez de estar leyendo, estás hablando con ella. Me ha sabido a poco. A muy poco. Y a parte de llevarme un disfrute grande con su lectura, me llevo, o me quedo, con ganas de conocer a su autora. Suspiro.

13/2/20

Mi día de enamorada especial


Mañana secretamente, me levantaré muy temprano, y con el puño cerrado, me acercaré a tu lado. Tú no notarás nada, ni sabrás que he venido, tal vez mi colonia en el aire, te arranque un anhelo, un suspiro. Y poco a poco, con sigilo, abriré mi mano y en su palma, un corazón pequeñito esperará acercarse a tu alma. Lo engancharé bajo tu mesa, sin que tú no sepas nada; nunca será sorpresa, ya no es cosa esperada. Pero yo seré feliz, y podré sentirme viva, porque en silencio, allí, mi latido, junto a ti, anida.

11/2/20

Es un verdadero placer


Con el trabajo que tengo y yo por aquí juntando palabras. A veces, es tan fuerte la necesidad de escribir que lo demás se hace borroso a su lado y no queda otra que sucumbir ante el teclado. Y esta no era mi intención premeditada. ¡Qué va! He vuelto por el camino del trabajo a casa organizándome una lista mental de todo lo que quería hacer antes de las nueve de la noche, por orden de prioridad. 

Aquí estoy, sentada delante del ordenador, con la ilusión que se me desate la escritura y pueda teclear de forma compulsiva, como fue tildada una vez mi manera de escribir; aporreando las teclas a gran velocidad para que no se esfumen de mi mente ni las palabras ni las ideas. Intentando equiparar la velocidad de escritura a la del pensamiento, cosa difícil.

Y me maravilla descubrir, que sin tener nada que decir, digo. Porque, mientras no me aleje de mí, siempre tendré algo que contar. Ese es el truco de mi escritura. Ese y procrastinar todo lo que tengo que hacer que no sea sentarme delante de esta vieja y conocida pantalla; delante de la cual me he pasado infinidad de horas, tanto de día como de noche. Y mis dedos, reconocedores del tacto del teclado, se sienten activos y felices, cómo en casa. Esa caricia en las yemas que me hace sentir tan bien.

10/2/20

Analogías, las justas


A veces, cansada del día y de lo que me depara la soledad, cojo un lápiz y dibujo en un viejo bloc. No sigo ninguna idea preconcebida, solo dejo que el grafito se deslice por el papel, en cualquier dirección; que investigue el rincón que le venga mejor y que deje su huella al pasar. Cuando me canso de dejar que el lápiz se pasee a su libre albedrío, me alejo y contemplo las líneas que hay dibujadas sobre el papel, unas imágenes desprovistas de pensamiento o reflexión.

¡Curiosa analogía!, descubro. Mi vida es como esas líneas sobre el papel, sin premeditación, ni pensamiento, ni alevosía. Sin querer saber hacia dónde me van a conducir y sin poder olvidar de dónde vengo: de ese amor subterráneo que ya no me atrevo a mostrar.

5/2/20

Qué harías si no tuvieras miedo (el valor de reinventarse profesionalmente)


Autor: Borja Vilaseca

Otro libro de este autor que me han dicho que debía leer y yo, obediente, lo leo. Debo confesar que estoy escribiendo sobre él sin haber acabado su lectura y sin saber demasiado bien si la voy a concluir. Voy por la página 113 y aún no ha empezado a entrar en materia. Y considero materia a aquello que me sirva para aplicar en mi propia vida y ver cómo se obtiene ese valor para reinventarse.

Ha empezado con una extensa historia sobre el dinero y la economía, supongo que para entender por qué estamos en el punto en el que estamos, y por lo que he ido ojeando en páginas venideras, sigue analizando por lo que la parte que corresponde a la respuesta del título debe ser la que ocupa menos espacio en el libro. Hasta esta página que llevo leída, creo que el libro debiera llamarse historia del dinero o de nuestro sistema económico.

En fin, me cuesta seguir con su lectura porque lo que me está diciendo no me interesa demasiado, aunque tengo el gusanillo de saber cómo va a responder la pregunta implícita en el título. Él ya empieza diciendo que el libro es un “experimento” y parece ser que los lectores somos los conejillos de indias. No sé, creo que dejo el ensayo y me tiro de nuevo a la novela., mejor o peor, siempre me aporta algo nuevo.

4/2/20

Flujo de conciencia, no más


A veces pienso que debiera escribir la historia de mi vida. Que el día que no esté se perderá mucha información que solo sé yo. Cuando alguien muere, se lleva información que no permanece en ninguna otra parte. Debiera haber un registro para que no desapareciera. ¿Y esa información importa? Creo que solo tiene valor para la persona que la ha vivido. Creo que mejor no escribo la historia de mi vida y me voy a tomar una cerveza, o mejor una copa de vino.

A veces me coge la sensación de que tengo mucho que contar. De que es imprescindible que deje mis pensamientos. Suerte que en seguida despierto de esta extraña ensoñación que no me conduce a nada y vuelvo a poner los pies en el suelo. Creo que tengo croquetas en el congelador.