13/9/22

Series

He visto una serie que me ha apasionado: Bright Minds, creo que es el título con el que lo conocemos aquí. Es francesa y allí se llama Astrid et Rafaëlle.

Fui a parar a ella por casualidad hará unos meses. Sólo había dos temporadas. Son temporadas cortas, de ocho o nueve capítulos (incluso de siete, si me pongo puntillosa). Ahora ya hay tres.

Uno de los personajes principales es autista y Sara Mortensen le da vida de una manera tan espectacular que me tiene anonadada con su trabajo. La miro casi microscópicamente para no perder detalle de su actuación, de su mirada perdida, de su movimiento de ojos, de sus interjecciones y su levantar de cejas, de su juego de dedos cuando piensa o busca, de su forma súper meticulosa de vestir, de su caminar viciado, de cómo va aprendiendo a fuerza de intentar entender a los demás, de sus lágrimas y de los momentos en que los estímulos la desbordan.

Cuando una serie me gusta por algo, la vuelvo a ver un par de veces más. Tengo ganas de seguir descubriendo los pequeños detalles de este personaje que tanto me ha conmovido.

Por otro lado y por pura coincidencia, he ido a caer en otra serie, Woo Jong Woo, abogada extraordinaria. Una serie coreana en la que la protagonista es una joven abogada también autista (ahora el concepto autismo se ha dejado de usar y es mucho más correcto TEA, trastorno del espectro autista). Este es un personaje muy diferente al de Astrid, pero que también aporta todo un matiz de comportamientos TEA. Llega a ser tan entrañable y cariñoso que no puedes menos que enamorarte de él. Le da vida la actriz Park Eun-bin.

Así, que he disfrutado un montón del trabajo de estas dos gran actrices que no conocía para nada. A veces es genial ir a caer en el visionado de series que nadie te ha recomendado y qué no sabes muy bien por qué has acabado viendo.

Después de finalizar con estas dos, como es normal desde que visionamos tantas series, me siento huérfana de ellas. Me toca volver a buscar y dejarme caer en alguna de las miles que hay; ¡a ver si tengo tanta suerte!

12/9/22

Ser

A veces me pregunto si estoy aportando todo lo que soy a la vida. Hace tiempo pensé que el sentido de esta era devolverle lo que es uno. Vivir para ser y luego darlo.

Esa pregunta inicial fue tan insistente, que me senté un día cerca del mar a analizarla. El mar es el lugar al que acudo cuando mi corazón se destempla; la cadencia de sus olas, junto con el arrullo, me calienta de nuevo el alma.

Pensé que la vida no podía ser sólo en una dirección; me explico: no podía estar tomando yo todo de ella sin dar nada a cambio. Y mirando a ese horizonte donde habitan las perspectivas, vi claro que el sentido de la vida era ser para devolver lo que eras.

Ahora vivo con la inquietud de ir pagando mi deuda. La vida no me lo pide. Pero sin un sentido, no puedo vivir.

9/9/22

De sorpresa

Esta noche he parido. Me fui a dormir con un ligero dolor en el estómago y esta mañana me he despertado con una enorme masa de recuerdos y sentimientos entre las piernas. He tenido que cortar el cordón umbilical que la unía a mí y cerciorarme de que respiraba. Le he dado una palmadita en lo que me ha parecido una nalga, como tantas veces he visto hacer en las películas para provocarle el llanto. Ha sido un enorme alarido, de esos que enorgullecen a la madre pensando en la potencia pulmonar de su neonato.

Sin cubrirla con ninguna prenda, la he cogido con cuidado para llevarla a la pila del lavabo. Debía limpiarla. Los hijos siempre que nacen salen sucios y pringosos. La mía estaba llena de tristezas y pérdidas, pero el agua tibia ha podido con ellas y ensoñecida he mirado fijamente cómo desaparecía esos restos de placenta por el desagüe.

Y ahora a amamantarla y criarla, para que crezca sana y fuerte y yo no me sienta tan sola cuando me empiece a fallar la memoria.

8/9/22

Malas relaciones

No recuerdo de donde saqué esta frase, pero me impactó lo suficiente para apuntarla en mi libreta. Una libreta que he tenido olvidada hasta hace unos días en que volvió a aparecer. La llegué a olvidar tanto que también me olvidé de su existencia. Ya podría pasarme con algunas vivencias de mi vida. Pues a lo que iba, que no quiero irme por los cerros de Úbeda (creo que es la primera vez que escribo esta expresión). La frase en cuestión es:

“Vivir sabiendo, es vivir el doble y yo nunca fui tan fuere para cargar con tanta vida.”

He leído unos posts que hablaban de una relación tóxica, de maltrato, aunque hubiera un límite y no se cruzara. Una relación que ya no era por lo grave del maltrato si no por lo seguido de este. Y esto me ha hecho pensar en “mi historia”; en esa relación tan dolorosa que me ha hecho cambiar tanto la percepción del amor.

Durante esa época yo viví sabiendo. ¡Vamos, sí sabía! Entendía y justificaba todo porque me creía tan fuerte como para poder con ello. Me creía capaz de modular y cambiar a la otra persona. Porque, ilusa de mí, creía que el amor que nos profesábamos (o ¿debiera decir “procesábamos?) era más fuerte que todos los conflictos, discusiones, percepciones, obligaciones, gritos, silencios de días, rabias y portazos, que vivió nuestra relación.

Y sí, en realidad no era fuerte para cargar con tanta “vida”, porque por aquel entonces, esta era mi vida. Y fui empequeñeciendo, abandonando todo aquello que me gustaba, separándome de mis amistades, justificando cada una de mis acciones, de mis pasos, de mis pensamientos… y aguantando, sobre todo aguantando. Siempre esperando que el milagro se realizase: que fuera capaz de ver la verdad que había en mí y no esa que se imaginaba.

Recuerdo acostarme hundida y vencida ante tanta distorsión de los hechos. Recuerdo llegar a casa con miedo por no saber por donde me llegaría la bofetada verbal. Recuerdo no saber dar un paso sin sentir que estaba caminando sobre arenas movedizas.

Ahora, curada, pero llena de cicatrices, vuelvo a reconocerme y a hacer todo aquello que me gusta, sin tener que rendir cuentas a nadie, abrazada a mi libertad de cambiar de opinión, de cambiar de idea, de “hablar palante y hablar patrás” (como dice una buena amiga mía). Y sobre todo, ahora, soy capaz de hablar de ello, de escribir sobre ello y de entender, que tras la lucha y la derrota, la reconstrucción fortalece.

Una frase de mi estimada “Flor de Nit”: “Per construir cal destruir”.

Fue una máxima que me decía en los momentos de sentirme en el agujero más profundo de la Tierra. Suerte que todo se erosiona, incluso el dolor.

7/9/22

Energía

Tengo sueño. Ayer me dormí en el tren de vuelta a casa. Me dormí dignamente, sin roncar ni babear, sin perder la postura de viaje ni ladear la cabeza encima del pasajero de mi lado; solo cerré los ojos e inmediatamente desaparecí de este mundo para pasar al de Sandman. Esta mañana, hacía apenas un par de horas que me había levantado y no paraba de bostezar. Cosa que he seguido haciendo durante todo el día y, a la que disminuía mi actividad, se me empezaban a cerrar los ojillos.

Antes esto no me pasaba. Ya podía haber dormido poco o empalmado que estaba bien despierta y con una energía inagotable. Si dormía un par de horas era como si hubiera dormido un par de días.

Ahora no recupero como antes. Necesito mucho más rato de descanso para volver a tener fuerzas y sobre todo ganas. Me da un poco de miedo porque, cuando fallan las ganas, falla la vida.

Voy a ser más justa. Si analizo bien, ganas tengo, fallan las fuerzas. Me da rabia porque sigo teniendo un montón de proyectos que quiero realizar y mi mente y mi cuerpo solo piden sofá y, cómo soy benévola, se lo concedo al instante.

Y así pasan los días, y yo… desesperando…

Vivo aminorada, ya no soy la de antes. En mi huerto, se ha marchitado la fe que tenía de recuperar ritmo y fuerzas. Aunque, a veces, veo un pequeño brote que me remite ipso facto al entusiasmo. Quiero levantarme de este jergón de apatía en el que me he instalado. Tengo un miedo atroz a que se convierta en el velo de la costumbre. No voy a caer en la aceptación incondicional de la pérdida de impulso, nervio, ímpetu y poderío, que tanto me han definido en la vida.

 

6/9/22

Por si sirviera de alegato

¿No os pasa que cuando hay un montón de gente sois incapaces de fijar la vista y ver? En estas ocasiones, miro sin ver, y no puedo luchar contra ello. Cuando la información de mi alrededor es abigarrada, soy incapaz de fijarme en nada. Es como si se saturara mi ojo y fuera incapaz de ir discriminando las informaciones.

Una vez, estaba actuando en un cruce de dos calles peatonales. Habían instalado una tarima de metro y pico de alta y estábamos bailando una pieza de jazz a claqué. Participábamos en las fiestas del barrio con nuestro grupo amateur, felices por tener la oportunidad de aporrear con las claquetas las tablas de madera de aquella vieja tarima del Ayuntamiento y poder disfrutar de un público familiar y amable.

Nerviosa como estaba, estuve dudando si informar a mis amigos de esa pequeña actuación, por si querían venir. No era la primera vez que actuaba en público, pero siempre me pongo nerviosa y cada vez que piso el escenario, con público, tengo una tremenda lucha con mi miedo escénico. Al final, les informé del evento (como si fuera Google calendario).

Llegó el momento en que debíamos tomar posesión del escenario. Estábamos rodeados de un denso público. Desde mi puesto, mientras repetía de memoria esos taps, steps y pullbacks que había pertrechado la semana anterior, miraba insistentemente hacia todas partes tratando de ver dónde estaban situados mis amigos. No conseguí dar con ellos, cosa que indicaba que no habían venido.

Una vez acabado el espectáculo apareció ese sosiego místico que señala que ya no tenía clavados sobre mí los ojos del público. Recogí mis zapatos y mi ropa de baile y me dirigí a cenar a casa de mis amigos.

Cuando llegué, me los encontré sumamente enfadados porque no los había saludado y eso que los había estado mirando. Su hijo se había frustrado mucho porque me había estado llamando y no le había hecho ni caso. Me quedé anonadada con lo que me estaban diciendo. Intenté explicarles que cuando hay tanto tumulto, soy incapaz de ver a nadie, pero no me entendieron. Se ve que a ellos no les pasa esto.

5/9/22

Tiempo y dolor

Escribir apacigua el alma de cualquier vagabundo de las palabras, es un secreto a voces.

Yo dejé de hacerlo cuando el sentido desapareció. No me encontraba con fuerzas de enfrentarme a la página en blanco; se vive el dolor en la penumbra y el brillo de esa página, que ciega la poca luz que contienen las entrañas; no era lo mejor en ese momento.

Luego el tiempo lo hace todo. Se instala el duelo en las yemas de los dedos y es imposible teclear en el ordenador. Lo que antes era júbilo, ahora es dolor y esas palabras calladas en tantos años de silencio, litifican y emparedan el lugar que debiera ocupar el corazón, ahora, en los pies.

Y el tiempo pasa y el dolor, no. Nos ponemos a hacer inventario de lo que nunca escribimos ni escribiremos; ordenamos nuestras cicatrices desparramadas en el suelo, numeramos los suspiros expirados al viento; baldeamos las esperanzas, para que luzcan de nuevo.

Y el tiempo pasa y el dolor, no. Y lo querría sucinto, porque las lágrimas que no detienen la vida, me paralizan a mí y nimban mi mente de un halo de oquedad; ¿cómo, entonces, poder escribir?

27/12/21

Sus realismos

Después de la aclaración, vengo a deciros que os escribo, sencillamente, porque quiero. El objetivo de esta carta no va a ser el de comunicarnos, aunque, bien se sabe, que es un objetivo implícito en el concepto y que se cumplirá al cumplir el objetivo primordial: escribir una carta.

Puede, quizá, tal vez, esta carta no llegue a vuestras manos; no os extrañe nada, ya que me hallo en vías de hacer obra creativa y hasta no concluirla y ver el resultado final, no sabré si es digna de ser dada a conocer.

Omito escribir con mi puño y letra para que no se produzca ningún trastorno de lectura.

El fin de esta misiva es escribir, cuánto más mejor, sin tener nada que decir. Voy a evitar el tema hasta en la propia esencia de esta carta, ¿qué os parece?

Situación espacial: estoy sentada en mi habitación, con la puerta abierta, inclinada sobre mi escritorio, escribiendo. Tengo música puesta que llena el hueco del entorno y me transporta, sentada en la clave de sol, al pasado; un pasado, pasado, puntualicemos.

Situación temporal: Va a llover, pero no se decide. La palmera de delante de casa está quieta, cosa que me conduce a la sabia deducción de que no hay viento. Voy a comedor, abro la puerta de la terraza y saco la mano; compruebo que la temperatura ambiental es ambiental (nota: puntualización: no funciona la ventana de mi cuarto, anoche se quedó si pilas).

Situación emocional: Tengo el suficiente acúmulo de idiotez para poder seguir escribiendo una no-carta como esta durante bastante tiempo.

Recursos materiales: Los suficientes para no caer en la monotonía, intentando hacer un buen alarde de creatividad.

Metodología: Coger el ordenador e ir escribiendo kilómetros de letras sobre el documento.

Resalto el hecho de que esta carta no tendrá feedback, si algo sale mal, así se quedará.

Tras haber sentado las bases de los puntos de las fases de la carta, paso a transcribir el himno para la posteridad:

Chopi y la princesa 

son buenos amigos, 

Chopi la defiende 

de sus enemigos. 

Tú eres la princesa, 

este es tu castillo, 

el pequeño Chopi 

siempre está contigo. 

El duque no la quiere, 

él es su enemigo, 

porque él sospecha, 

que ella no es un chico. (…)

Una vez entonado el himno con la solemnidad pertinente al hecho, caben unos segundos de silencio para recuperar el aliento del enorme esfuerzo realizado al entonar las notas para el cántico.

Mientras, aquí un documental: el mundo animal

“Hola, amigos, hoy en nuestro programa vamos a tratar muy específicamente de la vida del perro escalador, cannis escalatore, una especie actualmente extinguida debido al encarecimiento masivo del material de escalada y a la erosión de los grandes picos.

El cannis escalatore conocido vulgarmente por sube-sube, se alimenta de conservas y pastillas de glucosa; tiene la piel protegida por una fina capa de anorak que le abriga del frío pero que no estorba ninguno de sus movimientos. Es un ser solitario desafiador de la gravedad.”

Ya ni se puede confiar en el contenido de una carta, pues si se llegara al análisis no se podría obtener ninguna de las ideas importantes que rezan en estos párrafos. ¿Qué más se puede pedir?

­Una oda al colofón.

25/12/21

De nuevo, un placer

Es un placer dedicar un rato a la escritura, aunque tenga poco o nada que narrar.

Los tiempos aquellos en los que vivía extrovertidamente, tanto a nivel personal como social, han dejado de existir. Ahora la vida se ha tornado mucho más tranquila. Con pocas vivencias más allá de mis propios pensamientos, que, aunque parezca mentira, son los mismos de siempre; no han evolucionado.

Quizá dejé de escribir por miedo a repetirme, a no avanzar, a decir siempre lo mismo desde el mismo punto de vista. Quizá nunca he sido escritora y nunca he tenido nada qué decir. Pero, en algún momento, creí que sí. El error fue dejar de escribir para mí y escribir para los demás, para ser leída. Quizá me volví engreída creyéndome que entre mis palabras se vislumbraba cierta calidad. Perdí la humildad que se necesita para escribir y no perder la honestidad.

Ahora que ando lejos de los insomnios, de los amores y de las personas bohemias que me rodeaban, ahora, seguro que mi musa se ha ahogado en el vino que no bebo, porque no me despierta de mis noches de sueño y descanso. Quizá antes, el tormento que me proporcionaba el deseo de amar me ayudaba a traducir sentimiento en palabra.

Ahora ya no amo. Ahora vivo sola contando y descontando tiempos futuros y pasados. Pero, sin embargo, sigue siendo un placer poner mis dedos sobre el teclado y acariciarlo, presionando con rapidez sus teclas para que, al final, pueda leer lo que ni yo misma sé que escribo.

28/12/20

El ciclo del dolor

Perdona si no consigo arrancar de mis palabras este tono punzante cuando hablo de ti. La maledicencia se ha instalado en lo más hondo de mi garganta desde que no estás conmigo. Vivo perdida en un maridado de recuerdos que, su único fin, es anestesiarme el dolor que siento, dolor que ha impregnado mi vida y mis actos.

Es locura seguir amándote si no te tengo y, masoquismo, pasar los días guardándote un espacio a mi lado en la cama. El tiempo quiere atemperar este vacío doloroso que me acompaña, pero sus caricias no han hallado cabida en mi desasosiego. No permito que nadie quiera borrar tu recuerdo.

Sé que a veces, sobre todo cuando hablamos, me comporto con afectada inmadurez, con una especie de alegre desdén que no pretende otra cosa que ocultarte lo que estoy sufriendo, los jirones en los que he convertido a mi persona, noche tras noche, llorando por ti, teniendo la absoluta consciencia de que te he perdido para siempre.

Te veo, te veo y te miro sin que te des cuenta. Busco, con mi inagotable inventiva, cualquier momento para coincidir. Y tú me giras la cara, no me saludas y oigo como mi corazón tintinea y chirría porque se le ha hecho bola el amor. Traviesa egolatría la mía que hace ver que no le importas y que no vive por estar pendiente de ti a cada instante.

Tú no te percatas de mi evidente incapacidad para negarte algo. Pero a cada vez que se cruzan nuestras miradas, se borra una parte de mí, y, cada vez que desaparezco un poco, me siento más cerca de expiar el haberte perdido.

Vivo en la nítida narrativa secuencial de no aceptar que te he perdido.

24/12/20

¿Aún quedan cosas por decirnos?

Más que nunca, tenemos necesidad de hablar de nosotras. De deshilar el pasado para ver en qué nos equivocamos. Ya no reflejamos nuestra culpa en la otra, hablamos desde la tranquilidad que otorga saber que todo está perdido; que cada una tomó su camino con la lucidez que el dolor nos quiso permitir. Ya no hay vuelta atrás en los actos. Solo nos queda recordar lo felices que fuimos juntas y vivir esta mentira que estamos viviendo.

¿Qué la vida continua? No es cierto, se paró tras el portazo. Que no es lo mismo vivir que existir, lo siento. Y con el paso de los días, la esperanza, que en un principio era ávida e infantil, se mustia en mis entrañas y queda colgada y seca, de esa costilla, que no es la de Adán, sino la que tu acariciabas.

Porque hablar de nosotras es volver a estar juntas, es revivir el roce de nuestros cuerpos, tu olor, mi olor, el despertarnos una al lado de otra cada mañana, vivir entre besos y carcajadas, ducharnos piel a piel, dejando que el agua jaleara nuestro amor. Porque hablar de nosotras es olvidarnos de nuestras vidas y buscar un agujero negro en el universo e imaginarnos que, es allí, donde vive nuestro amor.

Lo peor, es que ahora nos toca hablar en pasado, porque nos cargamos el futuro hace tiempo y se vive este presente como un infinito vacío.

22/12/20

Escuchame

Te propongo un reto: mírame a los ojos y si en el fluir de tu mirada, no se te escapa el amor, me acercaré a ti poco a poco, te besaré en los labios, daré media vuelta y desapareceré de tu vida, sellando con ese beso mi definitivo adiós.

Y nunca sabrás, que moriré pensando en mi existencia como un fracaso, pues no he sabido mantenerte a mi lado y que habré muerto, aterrada por el miedo al no tenerte.

Y habré vivido con el corazón maquillado, para que nadie viera las ojeras de mi alma, de tantas noches de insomnio repitiendo tu nombre, mi mantra, hasta que el sol desgarre de nuevo mi esperanza y, en secreto silencio se despedace la imagen que de ti recuerdo.

Pero, si en esa última mirada, me noto, por ti, acariciada, cojámonos de la mano y saltemos a una nueva órbita, para amarnos y querernos, como solo tú y yo sabemos.

15/12/20

Facsímil

Cuando creí que ya lo había superado, que ya había conseguido levantarme y empezar a andar de nuevo, aparece ese jersey, tan tuyo, tan nuestro y me invade tu olor; y se me agarra el recuerdo a la cintura y en un momento despierta todo aquello que pensé había matado el tiempo y he descubierto dormido.

Y si de una película se tratase, me rompería los nudillos dando un puñetazo a la pared y acabaría sentada sobre las baldosas del suelo del baño, llorando entre mocos, hipadas y rabias; pero el dolor no me hace perder la cabeza hasta este extremo y me pongo a bailar porque no hay nada más deprimente que bailar con los pasos del pasado. Bailar un baile que ya fue bailado en pareja y que ahora, en soledad, suena casposo y estropeado, mustio y algo arrugado.

Vivo en la Zona Fantasma de cristal, viajando a la velocidad luz en un espacio interestelar perdido entre dos partículas subatómicas, lo que comúnmente se dice: sigo enamorada de ti.

13/12/20

Hablar contigo de nuevo

Cuando hablamos, se me hace mucho más notorio que te añoro y que añoro tu cuerpo. Que, en este, nuestro eterno juego, ya he perdido. Como reza la canción, ganaste al perderme y yo perdí al perderte. Pero, ¿qué escribo?: hemos perdido las dos, tanto, que ya ni nos reconocemos.

Sigo agarrada al madero que me sostuvo durante nuestro naufragio y, cuando estoy a tu lado, mis pies vuelven a tocar tierra y parece que nunca hubiéramos quemado nuestro barco. Pero, a la que te vas, sigo aterida agarrada a ese tablón que ahora es balsa y salvamento.

Me ayudas desde el desconocimiento de ello. No sabes que eres mi único salvavidas, que solo tu calor puede devolverme el color, la vida y la sonrisa.

No puedo creer que lo nuestro fuera un cuento más, de esos que acaban mal, que el olvido entierra en el tiempo. ¿El olvido? Yo no he podido olvidarte, ni tú tampoco a mí. Te necesito cerca para poder dejar ese tarugo que me mantiene a flote. Te necesito porque no quiero pensar al morir, que la vida solo me ha servido para mantenerme a flote. Te necesito porque eres la única que sabe leerme entre líneas y es a través de ti que me entiendo yo.

No me hagas caso. Son los espejismos que crean los escombros flotantes del pasado los que me hacen hablar así.

9/12/20

Tu opinión, en tu bolsillo

Si no has estado donde estoy yo, no puedes opinar. Sígueme.

Ven a mi lado y contempla el inmenso vacío que tengo ante mí. Calla, solo contempla. El pensamiento se te llenará de angustia y la sangre cristalizará en tu alma. ¿Sientes esos pinchazos que preceden a la muerte, esa muerte en vida que es haber aniquilado el amor? ¿Ves cómo se distorsiona el tiempo desde aquí? Un día, dos, cuatrocientos y la oscuridad instalada en los itersticios del pensamiento. ¿Cómo se puede vivir así? ¿Cómo se puede morir así? Aquí el aire es espeso, ¿puedes respirar? Cuesta. Está lleno de errores y equivocaciones que se encadenan y fraccionan el oxígeno que entra en los pulmones, y te oprimen la angustia y el remordimiento. Aquí dentro no existen los sueños. El espejismo es su propio espejismo, paradoja del espejo dentro del espejo. No duermes, ¿notas el cansancio en los párpados? Es la pena que se columpia en tus lágrimas hasta que las trenza y las convierte en sal, que aja y corroe todo aquello que toca. ¿Ves cómo las manos se han olvidado de acariciar? Y con el olvido, el entumecimiento del gesto; y con lo estático, una estatua glacial. Y tintinea en mis labios un último aliento: Perdóname tú, porque yo no puedo: te dejé marchar.

8/12/20

Ancladas entre el tiempo

Pensé que nunca más volvería a beber tus lágrimas. Que todo había acabado. Que eras feliz lejos de mí y que yo también lo era o, al menos, eso hacía creer a mi alrededor defendiendo una vida monacal en soledad.

Pensé que nunca volveríamos a reír juntas, a burlarnos del mundo, de nosotras y de nuestras desgracias. Pensé que no volveríamos a mirarnos a los ojos sin necesidad de decir nada porque ya todo lo dijimos para siempre.

Pensé que mis ratoncillos nunca más se activarían porque ya no volvería a estar a tu lado, ese lado que me hace sentir tu calor.

No sé lo que quiero. Estoy hecha un lío. Ni puedo pensar en lo que necesito, por si en ello no estás tú.

Todo el dolor y el tiempo de separación desaparecen cuando se cruzan nuestras miradas. Me siento todo un desastre, no soy capaz de superarte; y lo sabes, sabes que te continúo amando como siempre, que no sé vivir ni sobrevivir.

Escucho música que desgarra mi corazón porque es la única manera de sentirme viva. Habito en mí, pero no soy mi hogar, porque mi hogar estaba en tu corazón.

Es maravilloso haberte recuperado por unos minutos y haberme perdido de nuevo en la inmensidad del dolor. Me siento más viva que nunca reiterando que te he perdido.

7/12/20

Decisión de vida

Es cuando me pierdo en tus azules que me siento viva, cuando el corazón late al ritmo del amor y siento que estoy llena de vida y que la vida está llena de mí.

Pero mi castigo es vivir sin tu mirada, sin beber de tus palabras, ni amparame en tu calor. Observo los amores de otros y suspiro y prefiero dormir. Durmiendo, puedo volver a pasear a tu lado con la sensación de que soy universo y de que todo está bien.

El dolor nunca viene de cara, es algo cíclico que te va dando cuando menos te lo esperas. Te cambia de manera que ya ni te reconoces. No confías en ti misma porque te da igual vivir o morir.

La idea de no tenerte en mi vida, es tan dolorosa, que no puedo vivir. Y, te prometo, que he intentado superar esta pena. He intentado perderme en otros colores y no consigo que tu recuerdo me traiga paz. No consigo apaciguar la aflicción que me causa el haberte separado.

Fue decisión de vida vivir sin ti, no sabía que con ello agonizaría.

26/11/20

¡Señora!

Mientras caminaba por la calle, me ha llamado una señora para darme algo que se me había caído: ¡Señora!

Lo he mirado extrañada porque no lo he reconocido. La señora ha insistido que era mío, que lo había visto caer. Yo lo negaba y ella lo afirmaba rotundamente. Me lo he guardado en un bolsillo, más que nada, para que me dejara en paz, con la idea de, a la que perdiera de vista a la señora, tirarlo en una papelera.

Caminaba con las manos en los bolsillos e iba haciendo rodar la pieza entre mis dedos para ver si la memoria táctil, por vez primera, ganaba a la visual. Nada de nada. Eso no era mío.

¡Qué errada que estaba! Cuando me he quitado el abrigo para colgarlo en el perchero de la entrada, me he dado cuenta que faltaban trozos de mí. Me he horrorizado al verme incompleta, ajada y vieja. Y es lo que tiene envejecer: el pegamento que une todos los pedazos en los que te has ido rompiendo también obedece a una obsolescencia programada.

Mejor me arranco los pedazos y los guardo en una cajita, al menos no los perderé.

25/11/20

Esto nunca será el final

Los pasos no sé si los doy para adelante o para detrás. Te siento y te veo y se me remueve el pensamiento. Pasa el tiempo, sí, y sin embargo yo lo tiento, como si hubiera sido ayer mismo nuestro último beso. Añoro besarte, tanto, que me duele el deseo. Y siento tanto tu ausencia como tu recuerdo. Y tengo ganas de decirte que te quiero, y aunque ya sé que tú no, necesito decírtelo de nuevo.

13/11/20

En bucle

No sabes, no, lo que me pasa por la mente. Te eché fuera de mi pensamiento y el tiempo se ha encargado de perdernos en distintos horizontes. Pero cerca del hipotálamo, donde se supone que nada el amor, quedó anclada una triza de tu recuerdo en espera a ser izada de nuevo al tálamo que tantas veces nos desvistió.

Piel con piel, se aviva el fuego, y las llamas ilusionan la evocación hasta parecer que estas a mi lado. Nos respiramos y nos bebemos, y yo, arrepentida, engancho triza con triza para construirte de nuevo. Quiero estar contigo. No necesito más que eso. Mientras tanto, te busco dentro de mí. No te encuentro. Caigo. Lloro. Despierto. Reinicio de nuevo el sueño.

10/11/20

¿Es el final?

Con mi traje negro de duelo, me duelo, y me siento en silencio delante de la puerta de casa, que un día fue hogar, hoy, vacío y mañana, tumba, esperando a que vuelvas conmigo. Tantos finales tuvimos que ahora no sé si fuimos y acabamos o acabamos lo que fuimos. Pero, el caso, es que pasan los días y queda el estómago lleno de ratoncillos aletargados, poco expectantes, por la incertidumbre de no saber si vuelves o vas o vienes para atravesar mi espectro.

En mi mano, tú última nota. Tocar la tinta, la hoja y la esencia que dejaste al escribirla, me quema el alma. Te tuve y no te tengo, te quise y te sigo queriendo. Ahora, mi vida es ceniza en un viejo cenicero.

Al principio, llené tu hueco con tormentas y neblinas, maremotos y escollos. ¿Qué absurdo andamiaje construí con tu ausencia? Vino el tiempo y, en un par de tic tacs, me vació de nuevo. Ahora, callo y vivo del recuerdo. Me balanceo sobre mi sombra y beso, bebo y me alimento de tu última nota, que analizo, destilo y descompongo hasta la locura, pensando si, ella, contendrá tu definitivo adiós.

9/11/20

Lo puto peor

Ir a peor cuando piensas que ya estás bien y descubrir que hace tiempo que dejaste de estarlo. Me engaño y el lodo de todo es que me creo mi propio engaño y vivo feliz. Hasta que, por ejemplo, me compro un ramo de flores que solo puedo regalar a tu ausencia. Y llego a casa. Y lo arreglo en un jarrón. Y me obligo a convivir con él hasta que no le queda ápice de vida y verlo mustio, ajado, con los tallos putrefactos en un agua putrefacta es como ver mi alma en el espejo.

La vida, señora feudal de los corazones heridos, me fustiga con su látigo de siete tiempos para que pierda el equilibrio y desespere. Me empuja a finiquitarme sobre los brazos de Baco; mientras, entre trago y trago descubro que aún no he tocado fondo, que lo que estoy tocando con mis yemas es la fina superficie de mil espejos reflejados y mil fondos donde caer.

7/11/20

Cuando te veo

 

Encarcelada en el mismo instante,

dejo que pase el tiempo.

Cicatrizó ya en su momento,

la herida que tú me causaste.

No con ello quiero culparte,

pero así es lo que yo siento;

lanzo un infinito lamento:

te fuiste y te vas,

amor errante.

Alfiletear mi cerebro

 es tu forma de vengarte

y, aunque niegues,

es bien cierto,

 que, a pesar del daño, tiemblo

 y no consigo olvidarte.

Amarte a ti es todo un arte

y me trago tu veneno,

que, a sorbos, saboreo

 desde el día en que me dejaste.

6/11/20

Acto reflejo

Respiro.

Nunca sé que es lo que vivo

El silencio me acompaña hasta el olvido.

Suspiro.

Con la oscuridad ceñida a la cintura,

a la impotencia, las moléculas constriño

y convierto circunstancias en anhidro.

Subsisto.

Para vestir santos, tu recuerdo desvisto

mientras caigo en un desconocido abismo

Aspiro.

Ya no siento tu abrigo

Inspiro.

Agria broma la de Cupido

Respiro.

Delito haberte perdido

Expiro.

Llegó lo que había temido

No existo.

No existo, tú te has ido.

5/11/20

Una vez más

 

Me rompí. 

Me rompí de nuevo, 

en mil pedazos, 

en vacíos eternos. 

En una herida constante 

que gravita en el infierno 

y quema 

y punza

y aja 

lo que ya creía un sueño.


Me rompí. 

Esparcida por el suelo, 

mis recuerdos mutilados 

contornean los deseos 

y tu ausencia, 

convertida en un duelo, 

nubla, de la esperanza, el cielo.


Sangre, 

desamor 

y entraña 

tiñen mi vida de negro.

6/6/20

Dos hermanas


Autor: David Foenkinos

Es el segundo libro que leo de este autor. El primero fue Hacia la Belleza, un libro que me encantó y me impresionó tanto por la historia por cómo está narrada.

Así, que el primer día que abrieron la librería de mi barrio, me lancé a la caza de un libro. Cuando vi este en el aparador, no lo dudé. Y no me ha decepcionado. Me gusta el estilo del autor. Me gusta cómo me conduce poco a poco a través del personaje. Me gustan sus personajes.

Cierto es que, en un momento dado, hacia la mitad del final, se vuelve previsible el desenlace, pero no me ha importado. Hay una frase que me resuena en la mente y que me impactó leerla, pero no puedo comentarla porque encierra la esencia de la historia. Sé que esta frase me resonará largo tiempo por la mente.

Esta novela, creo que se podría adaptar para hacer una película o una serie corta.

2/6/20

Ella es así


Como aquel día. Estábamos las dos sentadas en el sofá. Teníamos todo preparado. Venían a comer unas amigas mías. Susana lleva toda la mañana callada. Yo había preparado la comida a ella no le gusta cocinar y como me había dicho: “son tus amigas”. Me había estado ayudando, pero a pesar de ello, no abrió la boca. 

La había observando mientras yo cocinaba y no me pareció que estuviera de mal humor. Le pregunté que qué le pasaba y, como respuesta, recibí un no neutro. Me enervan sus mutismos, me hacen dudar.

La veía como recogía los utensilios sucios y se ponía delante de la pila, en silencio, sin hacer ningún gesto y los lavaba. Cuando no tenía nada que hacer, se sentaba en la mesa de la cocina y se abstraía hasta que descubría que yo la estaba mirando y me preguntaba:

¿Qué quieres que haga?

Nada le contestaba, hazme compañía y hablamos.

Pero, por mucho que me esforzaba no conseguía pasar del monólogo.

Cuando acabamos de cocinar, limpiar todo, y poner la mesa, nos sentamos en el sofá. Ella, en seguida puso la televisión. A mí me hubiera gustado saber qué le pasaba por la cabeza, pero era un muro infranqueable. Observaba el programa con fingido interés. Yo la miraba fijamente.

¿Qué? —me preguntó en un tono en el que se dejaba ver que algo le pasaba conmigo.

—¿Me puedes decir qué te pasa? ¿He hecho algo?

Sonó el timbre de la puerta. Habían llegado mis amigas. Apagó el televisor, pero no se movió del sofá. Fui yo la que fue a abrir la puerta. Ella las recibió cordialmente, pero no con la alegría y el desparpajo que normalmente tenía. Ya las conocía. Me había dicho, la primera vez que las vio, que le caían bien. Pero en aquel momento todo resultó extraño.

Empezamos a comer, Susana, en silencio, contestando educadamente cada vez que se dirigían a ella, pero sin intervenir en la conversación. Al principio, mis amigas no se dieron cuenta de nada. La comida iba avanzando y estaba a punto de llegar a su fin. Susana, estaba con semblante serio y con la mirada lejana. La conversación fue menguando cuando fueron descubriendo que algo pasaba y a mí me fue imposible mantener una charla jovial y desenfadada. Empezaban a dominarme los monosílabos.

Justo después de los postres se disculparon que debían marchar porque la madre de una de ellas no se encontraba bien e iban a ver si necesitaba algo.
A la que se fueron, Susana se sentó en el sofá y encendió la tele. Mientras, me dediqué a recogerlo todo y limpiarlo.

Cuando por fin, me senté a su lado, no supe qué decirle. La miré, pero su cara no reflejaba nada que pudiera darme una pista sobre lo que pasaba.
Ella es así, enmudece y corta la comunicación y son los demás los que deben descubrir qué le está pasando. Creo que se sintió observada; cerró la tele, se levantó y se fue a la habitación. La seguí. Y, tras insistir un poco, se desató la batalla.

1/6/20

Arreglando la entropía femenina


El día es caluroso, no se puede negar. Sentada en las escaleras que ascienden hacia el portal de su casa, una niña de unos diez años juega con un trozo de madera al que le ha pintado unos ojos, una boca y una especie de pantalón de peto. Es su muñeca. No es una niña pobre que carezca de muñecas; tiene un ejército de ellas sentadas en la cama vigilando su lecho.

Su imaginación es tan desbordante que necesita jugar con la muñeca que ella mismo ha construido. Aún no lo sabe, pero, en su adolescencia, descubrirá que su misión en la vida, si es que se llega a tener una misión, será cambiar las normas. La gente que pasa y la ve acariciando ese pedazo de madera, romo por todas partes, piensa que son los primeros ensayos de una futura maternidad. En la mente de la niña, nada más alejado, aparece el germen de una futura ingeniera.

En el coche que hay aparcado delante de la niña, una mujer se está acabando de maquillar haciendo uso del retrovisor. Sus gestos son rápidos y precisos, aprendidos por la repetición diaria durante mucho tiempo. Parece que llega tarde a alguna cita. Cuando ya considera la “obra” acabada, mientras coge el bolso, levanta la vista y mira a través de la ventanilla contraria. Ve a la niña jugando con la madera. Ve su sonrisa, su despreocupación, su concentración.
Sabiendo que llega tarde, se para a pensar. ¡Qué lejos le quedan esas sensaciones! De nuevo, se vuelve a mirar en el retrovisor y, en un nanosegundo, un pensamiento fugaz queda anclado en su mente.

Con una toallita, se desmaquilla rápidamente; del todo. Coge el vaso de cartón vacío, ahora, de café, que había comprado en la esquina de casa y que se había ido bebiendo por el camino, para llegar menos tarde. Saca el perfilador de labios y le dibuja dos grandes ojos y una amplia sonrisa. Desciende del coche y se sienta al lado de la niña a jugar.

La niña de diez años la acepta y la incluye como si de otra niña se tratara. Ambas se sonríen desde la complicidad del juego. Se presentan a través de sus andróicas muñecas y se entablan en una conversación, más interior que exterior, donde juran fidelidad a la causa femenina.

De repente, tras ellas, se abre la puerta del portal y aparece un vecino que baja a pasear su perro. Amo y perro pasean tristemente -más amo que perro- por la acera. La niña y la mujer, ausentes del mundo exterior expanden el suyo interior hasta interseccionarse.

La niña, futura mujer y la mujer, presente niña, hablan el mismo idioma. Hombre y perro, apenas se comunican.

Es un día caluroso, no puede negarse, pero, hoy, cambiaran muchas cosas o ¿ya han cambiado?

31/5/20

Tiempo de escritura


Salimos ya de las tinieblas que envuelven nuestro corazón. El letargo de mente y obra llega a su fin. Son nuevos tiempos. Tiempos de escritura. Lo que hoy es vivido perdurará en nosotros.

La joven padawan está preparada para cualquier enviste del Reverso Tenebroso, segura, ella, del poder de sus palabras. Después del letargo a la que ha sido sometida, siente la Fuerza más que nunca y ha aprendido a escuchar su instinto. La situación no consiguió doblegarla ni apagarla, sino limarla y prepararla para la nueva rebelión.

Obediente, escucha a su maestro. En breve, el consejo la llamará para ascenderla. Eso querrá decir que confiaran plenamente en ella y que estará en comunión con la Fuerza.

Al principio, cuando la Fuerza se empieza a sentir, las mismas palabras pueden conducirte al Lado Oscuro. Solo las almas puras y sintácticas podrán llegar a completarte como Jedi.

La joven padawan es consciente de todo esto. Su única arma es la estilográfica que heredó de su padre. Este, antes de cesar sus funciones como organismo biológico y su espíritu ascender a otro plano de existencia donde la Fuerza Cósmica permite mantener la individualidad del Jedi, se la había regalado como herencia de toda una vida de sabiduría.

La joven padawan se dispone a presentarse delante del consejo. A pesar de dominar todos los aspectos místicos de la Fuerza y sentir su estilográfica como un sable de luz, se sentía nerviosa. Los nuevos tiempos de escritura obligaban a acelerarlo todo, ¿y si no estaba preparada?

Algo en la Fuerza se perturba. Las dudas no son buenas para ningún Jedi. Resquebrajan el poder y la sabiduría, y enturbian el lado luminoso de esta. La joven padawan se dirige hacia el consejo. En cuanto entra en la cámara donde los grandes maestros la esperan, todas sus dudas se disipan, sabe que domina el viejo arte de las palabras y que, a pesar de su juventud, la Fuerza la acompaña.

Son nuevos tiempos; tiempos de escritura.

30/5/20

Ejercicio creativo


Dos mujeres a punto de cruzar una calle. El semáforo está rojo. Van hablando. Una de ellas lleva la mano detrás.

1.- Son dos amigas que se han reencontrado por primera vez después del confinamiento. No han mantenido nada de contacto durante estos meses, porque a pesar de gustarles decir que son amigas, son simplemente conocidas de pasear un poco y tomar un café. Tienen cosas que contarse, han pasado un tiempo sin ponerse al día y la conversación es amena. Ninguna de las dos llamaría a la otra en caso de apuro. Marina, que no sabe decir que no y a la que el confinamiento ha cambiado y ya no le gustan tanto las superficialidades, ha accedido a dar un paseo con Carla cuando esta, aburrida de tanta monotonía, se lo ha propuesto. Se siente incómoda y cada vez que le pasa le pica todo. Ahora se está rascando la espalda mientras busca una excusa para concluir el paseo y volver de nuevo a su casa.

2.- Casualmente las veo desde mi ventana. Vienen a por mí. Me han debido seguir cuando he ido a buscar el pan. Se piensan que la culpable soy yo. La más alta lleva la mano detrás, seguro que va a sacar la pistola que lleva en la espalda. La suelen esconder allí, sé muy bien cómo actúan. Si fueran policías la llevarían en una cartuchera en la cintura o colgada en bandolera en el lado contrario de la dominancia de mano. Me escondo tras las cortinas, acaban de mirar directamente hacia mí, tengo poco tiempo. Piensa. Piensa. No tengo por donde huir. Mejor me escondo debajo de la cama y espero que no se les ocurra mirar. Me quedo dormida. ¿O ya me han matado?

3.- Marisa y Alba están a punto de cruzar el semáforo. No se hablan, desde hace un par de días, en que Marisa por estrés de trabajo la trató despóticamente, Alba enmudeció y no ha vuelto a decir nada salvo que sean monosílabos. Se habían enamorado locamente hace un par de años, un verano que coincidieron en el mismo hotel. En seguida se habían ido a vivir juntas y todo había ido como la seda.  Marisa trabajaba en IBM y tenía un buen sueldo. Alba era enfermera y tampoco se podía quejar. Vivían cómodamente y en un estado de eterna felicidad. Un día, la empresa de Marisa optó por un nuevo método de trabajo desde casa. Sin darse cuenta, Marisa iba día a día aumentando el horario de trabajo hasta que llegar a un punto de estrés que le había hecho menguar su paciencia y su forma de hablar con Alba. Así, poco a poco, fue cargándose el amor que habían estado tejiendo juntas. A punto de cruzar el semáforo, Marisa con la mano cerrada escondida detrás ocultando un anillo que había comprado hacía tiempo, iba a cometer el error más grande de su vida, pidiéndole matrimonio a la mujer que había querido con locura.

4.- Jacinta y Encarna son dos hermanas que viven juntas en la antigua casa familiar de sus padres. Son las típicas hermanas que por un motivo u otro se han quedado para vestir Santos. Las dos aceptan su anodina vida con resignación y en silencio, disimulándose la frustración que las invade. Jacinta, demasiado miedosa para afrontar la vida, se quedó siempre bajo el amparo de su madre. Una madre que no levantó el ala para dejarla marchar y que aún la protegió más debilitándola hasta el punto de hacerla tan insegura que empezó a tener un montón de alergias y enfermedades, creadas más por la dependencia que por su propio cuerpo. Encarna, se había independizado hace tiempo, pero tuvo que volver a la casa familiar en el mismo momento en que a sus padres empezó a fallarle la salud. De esto ya hacía diez años. Ambas hermanas, al final, no se sabe bien por si por comodidad o por desidia, se quedaron a vivir allí. Ahora, estaban delante del semáforo. Se dirigían a la farmacia a buscar algún calmante ya que Jacinta, tenía un inmenso dolor en las lumbares y para andar se las cogía con una mano ya que tenía la sensación que le aliviaba. Su hermana la acompañaba en silencio, taciturna. Pero si le mirabas bien, en sus ojos había un destello: el veneno estaba haciendo su efecto.