Dintel y yo llevamos un par de días enfadadas por una tontería. Al menos yo pienso que es una tontería. Os explico: esto de vivir en Barcelona es bastante difícil para una mosca común. Pues, al finalizar el día, tengo las alas llenas de ese smock que tienen las ciudades y me pesan y me siento cansada para hacer nada. Me he dado cuenta que a ella le pasa lo mismo pues, cuando llega a casa por la noche, tiene los poros de la nariz y de la cara negros, pero sobre todo los de la nariz.
Pues bien, yo que soy una mosca limpia, cogí la costumbre de cuando llego a casa por la noche, entro en el lavabo y me doy una pequeña ducha debajo del grifo y me cepillo bien las alas para estar fresquita y limpia para ver un rato la tele, cenar e irme a la cama. Pues el otro día, no cerré la puerta y Dintel entró sin saber qué yo estaba aseándome y me vio cepillándome las alas con lo que ella llama “su cepillo de dientes”. No veáis cómo se puso. Montó en cólera y empezó a gritarme y de vez en cuando tenía que parar porque parecía que le venían como unas arcadas. Yo no entendía nada. Pensé que ese cepillo era para mí. Ella tiene uno parecido en su ducha, de mayor tamaño y de madera.
En fin, que han pasado dos días desde el incidente y aún me mira mal y no me habla. Pero sé que es buena persona y que en cuanto se le pase el enfado me perdonará.
Me ha comprado otro cepillo igual pero de color verde (mosca, añadió) y se cuidó mucho, entre gritos y gestos, dejarme claro que ese, era el mío y no podía tocar otro. También me enseñó el suyo, de color rojo y me prohibió tocarlo bajo ningún concepto. Lo ha guardado dentro del armario del lavabo. La verdad es que no veo que la cosa sea para tanto, al fin y al cabo las dos somos criaturitas de la naturaleza y bien limpias.
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30/8/10
5/5/10
Resfriado
He cogido un resfriado de primavera. Es de aquellos en los que se te obturan las fosas nasales con la inflamación de la mucosa y no puedes respirar. La congestión es tal que cada vez que trago me cambia la presión de los oídos tapándoseme uno de estos. Cada vez que me ocurre, empiezo una curiosa danza con movimiento brusco de cabeza y dedo en oreja para intentar destapármelo. En estas me hallaba cuando en la oscuridad del comedor veo dos brillos sobre el cabezal del sofá. Eran las cuatro de la mañana.
−¿Qué haces despierta a estas horas? −me pregunta con voz somnolienta.
La poca luz que entraba desde la calle se había reflejado en los oscuros ojos de la Mosca Estremecida haciéndolos brillar como si de dos zafiros se tratase.
−No me encuentro nada bien y no puedo dormir. Estoy totalmente tapada,no puedo respirar. Se me seca la boca y la garganta. Estoy fatal.
−Eso de que los humanos os resfriéis es muy gracioso. Nosotras transmitimos enfermedades a los humanos, cierto, pero no padecemos ninguna, la naturaleza es sabia.
−¿Cuántas moscas han muerto por aplastamiento? ¿Eh? Con lo pesadas que sois…
−Sí, ese es el tsunami de las moscas, los matamoscas. Eso sí, bastante os cuesta matarnos a la primera, cobardes, y siempre debéis recurrir a las bombas de destrucción masiva, los insecticidas. Ya os vale. Cobardes, más que cobardes.
−No estoy para discutir. Me duele la cabeza y tengo sueño. De todas maneras, si no fuerais tan pesadas y pegajosas no pasaría nada. Vosotras a la caca y dejadnos en paz. Además, debes reconocer que desde que te conozco no uso insecticidas ni nada por el estilo.
−Cierto. Pero deberías ser más camarada y hacer campaña entre el resto de los humanos. La solidaridad es algo con lo que se nace.
−Sí, claro, acabaría en el loquero como apareciera con una pancarta de “parad la masacre mosquil” y gritando “no a los insecticidas”.
−Nosotras las moscas somos más solidarias con lo nuestro. Vamos todas a una.
−No hace falta que lo jures que vais todas a una… caca.
−¿Ahora, a qué viene hablar de comida? Cuando te pones así no te soporto.
Y dicho esto se retiró a la cocina. De camino al lavabo vi que estaba comiendo. Chupaba del cubo de la basura un poco de pulpa de fresón que se había quedado en el rabito de este. Qué golosa es.
−Cierra la puerta de la cocina cuando salgas, no quiero corrientes de aire.
Ya en el lavabo, abrí el armario dónde guardo las medicinas. No sabía bien, bien que tomarme. Sé que nada funciona cuando estoy en este estado de congestión. Vi el bote de Vicks VapoRub y pensé que no me iría mal unas friegas en el pecho. Así lo hice.
Cuando me dirigí para la habitación, ella seguía en la cocina.
−Buenas noches, voy a intentar dormir un rato. Por favor, no me despiertes, que lo que tengo se cura descansando y durmiendo.
−No te preocupes. No te despertaré. Ya te he dicho que las moscas somos solidarias.
Cuando me arropé en la cama empecé a sentir ese calor que provoca el Vicks VapoRub. Apenas olía el mentol que desprende, pero noté cierta mejoría pues los vahos que exhalaba el producto me iban descongestionando y poco a poco fui quedándome dormida.
A la mañana siguiente, no desperté mucho mejor de lo que estaba, pero al menos había dormido algo. Peor me encontraría si hubiera sido una noche de insomnio. Me dirigí al lavabo para lavarme la cara, es lo primero que hago cada vez que me levanto. Cuando abría el grifo, mientras me miraba en el espejo, descubrí que me tocaba depilación de bigote. Pues tenía una especie de acúmulo peludo debajo de la nariz. Cerré el grifo, me sequé las manos y me puse las gafas de nuevo. Ahora, veía bien el impostor mostacho que me había crecido en esa noche; era la Mosca Estremecida que estaba durmiendo sobre mi labio superior.
−¡Mosca! Despierta, ¿qué narices haces debajo de mi nariz?
Pero la mosca seguía durmiendo. No la quería despertar de un manotazo por si le hacía daño y mucho menos sacarla con mis dedos, la podía aplastar si no controlaba la fuerza. Mirándola fijamente por el espejo, descubrí que la forma en que tenía las patas dobladas no era la normal. Acostumbraban las moscas a dormir de pie y estaba, ahora, de costado con las patas hechas un lío.
−Coño con la bicha, ha venido a morirse en mi bigote.
−No estoy muerta, creo −me contestó−. Solamente llevo un colocón de mil pares de probóscides. Y me he quedado pegada a ti. Ahora somos siamesas.
−¿Un colocón? ¿Dónde has pillado un colocón? ¿Pegada a mí? Quita, quita, siamesas.
Un asco repentino me invadió sólo de pensarlo. Me fui hacia el despacho y cogí un trozo de cartulina. Volví delante del espejo y con mucho cuidad, usándola de rasqueta, conseguí sacarme la Mosca Estremecida. Fui a la cocina a buscar un platito de café. Le puse agua y obligué a la mosca a darse un baño. Después, la llevé al comedor y la senté encima de la mesa. Fui a la cocina, con un cuchillo, pelé un poco de naranja y se di para que comiera.
Poco a poco se fue recuperando. A la vez que yo me recuperaba del susto morrocotudo de tener una mosca pegada en mi piel.
−¿Cómo has podido acabar en este estado? ¿Qué estuviste tomando? No me digas que el fresón fermentado se convierte en un alcohol tan potente, porque sólo llevaba en la basura desde la hora de la cena. No lo entiendo. ¿Te has bebido mi ron?
−Lo que recuerdo es que que después de comer un rato me vine a dormir sobre tu mesita de noche, como siempre. La habitación olía muy raro. Un olor muy fuerte. Demasiado fuerte para mi sensibilidad olfativa. Quise saber de donde venía y a medida que me acercaba a ti, olía más. Nunca habías olido así. Un olor, como muy penetrante y mareante. Y fresco, muy fresco. Me posé sobre tu mejilla para intentar encontrar el foco y en cuanto quise pasar a la otra mejilla por encima del labio, me empecé a quedar pegada sobre él. Era como una materia viscosa y pringosa que no me permitía avanzar. A medida que me iba moviendo me iba pringando toda. Veía muy raro. Mis ocelos empezaron a ver distorsionada la realidad, y luchar no conducía a nada. Cada vez me importaba menos todo. La voluntad sucumbía ante esa fuerza invisible que me tenía atrapada, hasta que perdí el conocimiento. El olor penetrante había invadido todo mi interior. Fue como si los dioses de las moscas hubieran querido acabar conmigo. Eso me pasa por ser agnóstica, atea y comunista. ¡Oh, dioses del Moscal admitid mi arrepentimiento, mi incredulidad ha sido aplacada!
−Déjate de tonterías −mientra ella había explicado su aventura, yo había ido entendiendo lo que había pasado−. Ya sé lo que pasó.
−Son las fuerzas del mal que me han poseído y querían pasarme al lado oscuro.
−No, no es nada de todo eso.
−¿Tú que sabes? No tuviste que luchar con todas tus fuerzas contra esa red invisible y tentaculada que me impedía avanzar. Es la voluntad de los…
−Que no es nada de eso, te digo. Que sintiéndolo mucho, nada tiene que ver con tus dioses. Resulta que al ponerme el Vicks VapoRub en el pecho, el poco que me quedaba en la mano lo puse debajo de la nariz para que su olor penetrara directamente y me la despejara antes. No ha sido nada más que eso.
La mosca me mira con cara desencajada.
−¿No ha sido nada más que eso? ¿No ha sido nada más que eso?
−Sí, en el fondo no ha pasado nada. Sólo ha sido un susto.
− ¿Un susto? ¿Nada más que un susto? ¿Y tú te llamas amiga? Me has dejado renegar sobre mis creencias. ¡Oprimidos al poder! −me gritó toda enfadada mientras explotaba yo en una carcajada−. “Arriba moscas de la Tierra. En pie famélica legión. Atruena la razón en marcha, es el fin de la opresión.”
Y se puso a cantar a grito pelado, paseándose por toda la mesa del comedor, pata y puño en algo y con semblante serio. Mientras en el sofá, yo me partía de risa sin poderlo evitar. Había sido un gran susto, pero por suerte, sólo eso, un susto. Ahora, todo había vuelto a la normalidad (si es que a esto se le puede llamar normalidad).
−¿Qué haces despierta a estas horas? −me pregunta con voz somnolienta.
La poca luz que entraba desde la calle se había reflejado en los oscuros ojos de la Mosca Estremecida haciéndolos brillar como si de dos zafiros se tratase.
−No me encuentro nada bien y no puedo dormir. Estoy totalmente tapada,no puedo respirar. Se me seca la boca y la garganta. Estoy fatal.
−Eso de que los humanos os resfriéis es muy gracioso. Nosotras transmitimos enfermedades a los humanos, cierto, pero no padecemos ninguna, la naturaleza es sabia.
−¿Cuántas moscas han muerto por aplastamiento? ¿Eh? Con lo pesadas que sois…
−Sí, ese es el tsunami de las moscas, los matamoscas. Eso sí, bastante os cuesta matarnos a la primera, cobardes, y siempre debéis recurrir a las bombas de destrucción masiva, los insecticidas. Ya os vale. Cobardes, más que cobardes.
−No estoy para discutir. Me duele la cabeza y tengo sueño. De todas maneras, si no fuerais tan pesadas y pegajosas no pasaría nada. Vosotras a la caca y dejadnos en paz. Además, debes reconocer que desde que te conozco no uso insecticidas ni nada por el estilo.
−Cierto. Pero deberías ser más camarada y hacer campaña entre el resto de los humanos. La solidaridad es algo con lo que se nace.
−Sí, claro, acabaría en el loquero como apareciera con una pancarta de “parad la masacre mosquil” y gritando “no a los insecticidas”.
−Nosotras las moscas somos más solidarias con lo nuestro. Vamos todas a una.
−No hace falta que lo jures que vais todas a una… caca.
−¿Ahora, a qué viene hablar de comida? Cuando te pones así no te soporto.
Y dicho esto se retiró a la cocina. De camino al lavabo vi que estaba comiendo. Chupaba del cubo de la basura un poco de pulpa de fresón que se había quedado en el rabito de este. Qué golosa es.
−Cierra la puerta de la cocina cuando salgas, no quiero corrientes de aire.
Ya en el lavabo, abrí el armario dónde guardo las medicinas. No sabía bien, bien que tomarme. Sé que nada funciona cuando estoy en este estado de congestión. Vi el bote de Vicks VapoRub y pensé que no me iría mal unas friegas en el pecho. Así lo hice.
Cuando me dirigí para la habitación, ella seguía en la cocina.
−Buenas noches, voy a intentar dormir un rato. Por favor, no me despiertes, que lo que tengo se cura descansando y durmiendo.
−No te preocupes. No te despertaré. Ya te he dicho que las moscas somos solidarias.
Cuando me arropé en la cama empecé a sentir ese calor que provoca el Vicks VapoRub. Apenas olía el mentol que desprende, pero noté cierta mejoría pues los vahos que exhalaba el producto me iban descongestionando y poco a poco fui quedándome dormida.
A la mañana siguiente, no desperté mucho mejor de lo que estaba, pero al menos había dormido algo. Peor me encontraría si hubiera sido una noche de insomnio. Me dirigí al lavabo para lavarme la cara, es lo primero que hago cada vez que me levanto. Cuando abría el grifo, mientras me miraba en el espejo, descubrí que me tocaba depilación de bigote. Pues tenía una especie de acúmulo peludo debajo de la nariz. Cerré el grifo, me sequé las manos y me puse las gafas de nuevo. Ahora, veía bien el impostor mostacho que me había crecido en esa noche; era la Mosca Estremecida que estaba durmiendo sobre mi labio superior.
−¡Mosca! Despierta, ¿qué narices haces debajo de mi nariz?
Pero la mosca seguía durmiendo. No la quería despertar de un manotazo por si le hacía daño y mucho menos sacarla con mis dedos, la podía aplastar si no controlaba la fuerza. Mirándola fijamente por el espejo, descubrí que la forma en que tenía las patas dobladas no era la normal. Acostumbraban las moscas a dormir de pie y estaba, ahora, de costado con las patas hechas un lío.
−Coño con la bicha, ha venido a morirse en mi bigote.
−No estoy muerta, creo −me contestó−. Solamente llevo un colocón de mil pares de probóscides. Y me he quedado pegada a ti. Ahora somos siamesas.
−¿Un colocón? ¿Dónde has pillado un colocón? ¿Pegada a mí? Quita, quita, siamesas.
Un asco repentino me invadió sólo de pensarlo. Me fui hacia el despacho y cogí un trozo de cartulina. Volví delante del espejo y con mucho cuidad, usándola de rasqueta, conseguí sacarme la Mosca Estremecida. Fui a la cocina a buscar un platito de café. Le puse agua y obligué a la mosca a darse un baño. Después, la llevé al comedor y la senté encima de la mesa. Fui a la cocina, con un cuchillo, pelé un poco de naranja y se di para que comiera.
Poco a poco se fue recuperando. A la vez que yo me recuperaba del susto morrocotudo de tener una mosca pegada en mi piel.
−¿Cómo has podido acabar en este estado? ¿Qué estuviste tomando? No me digas que el fresón fermentado se convierte en un alcohol tan potente, porque sólo llevaba en la basura desde la hora de la cena. No lo entiendo. ¿Te has bebido mi ron?
−Lo que recuerdo es que que después de comer un rato me vine a dormir sobre tu mesita de noche, como siempre. La habitación olía muy raro. Un olor muy fuerte. Demasiado fuerte para mi sensibilidad olfativa. Quise saber de donde venía y a medida que me acercaba a ti, olía más. Nunca habías olido así. Un olor, como muy penetrante y mareante. Y fresco, muy fresco. Me posé sobre tu mejilla para intentar encontrar el foco y en cuanto quise pasar a la otra mejilla por encima del labio, me empecé a quedar pegada sobre él. Era como una materia viscosa y pringosa que no me permitía avanzar. A medida que me iba moviendo me iba pringando toda. Veía muy raro. Mis ocelos empezaron a ver distorsionada la realidad, y luchar no conducía a nada. Cada vez me importaba menos todo. La voluntad sucumbía ante esa fuerza invisible que me tenía atrapada, hasta que perdí el conocimiento. El olor penetrante había invadido todo mi interior. Fue como si los dioses de las moscas hubieran querido acabar conmigo. Eso me pasa por ser agnóstica, atea y comunista. ¡Oh, dioses del Moscal admitid mi arrepentimiento, mi incredulidad ha sido aplacada!
−Déjate de tonterías −mientra ella había explicado su aventura, yo había ido entendiendo lo que había pasado−. Ya sé lo que pasó.
−Son las fuerzas del mal que me han poseído y querían pasarme al lado oscuro.
−No, no es nada de todo eso.
−¿Tú que sabes? No tuviste que luchar con todas tus fuerzas contra esa red invisible y tentaculada que me impedía avanzar. Es la voluntad de los…
−Que no es nada de eso, te digo. Que sintiéndolo mucho, nada tiene que ver con tus dioses. Resulta que al ponerme el Vicks VapoRub en el pecho, el poco que me quedaba en la mano lo puse debajo de la nariz para que su olor penetrara directamente y me la despejara antes. No ha sido nada más que eso.
La mosca me mira con cara desencajada.
−¿No ha sido nada más que eso? ¿No ha sido nada más que eso?
−Sí, en el fondo no ha pasado nada. Sólo ha sido un susto.
− ¿Un susto? ¿Nada más que un susto? ¿Y tú te llamas amiga? Me has dejado renegar sobre mis creencias. ¡Oprimidos al poder! −me gritó toda enfadada mientras explotaba yo en una carcajada−. “Arriba moscas de la Tierra. En pie famélica legión. Atruena la razón en marcha, es el fin de la opresión.”
Y se puso a cantar a grito pelado, paseándose por toda la mesa del comedor, pata y puño en algo y con semblante serio. Mientras en el sofá, yo me partía de risa sin poderlo evitar. Había sido un gran susto, pero por suerte, sólo eso, un susto. Ahora, todo había vuelto a la normalidad (si es que a esto se le puede llamar normalidad).
6/1/10
Filosofía de cama
“Cuando nada vale la pena y el todo es ese nada vamos a tener que cambiar la concepción de pena”.
Con este pensamiento, con voz grave y fantasmal, de cadencia lenta y ponderada, me ha despertado esta madrugada la Mosca Estremecida. Y yo que tengo el sueño más leve que ha existido en la faz de esta tierra me he pasado el resto de la noche analizando su máxima, mientras ella se ha girado de espaldas ha cogido la punta de la funda de mi almohada y se ha tapado, acurrucándose mimosa en el calor de la cama y se ha quedado profundamente dormida. Yo ya no he pegado ojo, por supuesto.
Cuando el sol ha empezado a invadir mi habitación, porque hoy sí que ha salido el sol, la Mosca, ha sacado cuatro de sus patitas de debajo de su “sábana” y se ha desperezado entre una serie de grititos de placer. De un salto se eleva medio metro y se mantiene quieta agitando sus dos alas. Es su gimnasia matutina. La primera vez que la miré con extrañeza hacer eso, me dijo:
−¡Siempre listos! Lo aprendí en los flies scouts.
Ni arquear la ceja pude, de lo sorprendida que me dejó.
−¿Has pensado en la frase que te dije añoche?
−¿Qué si he pensado? Claro que he pensado. Me desvelaste y no he tenido más remedio que pensar en ella.
−¿Y qué, qué te ha parecido? −me pregunta inquieta.
−Pues que es graciosa.
−¿Cómo que es graciosa? Es profunda, aunque no lo quieras admitir, porque eso querría decir que una mosca puede ser tan filósofa como el más filósofo de los humanos.
−Es profunda, lo admito, a la par que graciosa.
−Si a mi frase la encuentras graciosa, vas a tener que cambiar el concepto de graciosa −y dando media vuelta, se va hacia el cuarto de baño, oigo el sonido de su cepillo eléctrico un segundo antes de oír como cierra la puerta del baño con un portazo.
Me gusta hacerla rabiar, y más cuando me ha tenido la noche despierta. He pensado mucho en su frase, aunque nunca se lo voy a reconocer. Conozco a varias personas a las que les daría este consejo, pero creo que si me leen, sabrán que ellas son quienes lo necesitan. Yo lo hubiera necesitado en algún momento de mi vida. Anda que no estuve perdida, a la deriva y lo que es peor, en un pozo, buscando alguna pluma que quemar para poder resurgir. Pero todo eso pasó a la historia. Me queda lejos. Ahora mi mayor problema es resistir a la gran presión psicológica que supone tener como compañera de piso la Mosca Estremecida.
Con este pensamiento, con voz grave y fantasmal, de cadencia lenta y ponderada, me ha despertado esta madrugada la Mosca Estremecida. Y yo que tengo el sueño más leve que ha existido en la faz de esta tierra me he pasado el resto de la noche analizando su máxima, mientras ella se ha girado de espaldas ha cogido la punta de la funda de mi almohada y se ha tapado, acurrucándose mimosa en el calor de la cama y se ha quedado profundamente dormida. Yo ya no he pegado ojo, por supuesto.
Cuando el sol ha empezado a invadir mi habitación, porque hoy sí que ha salido el sol, la Mosca, ha sacado cuatro de sus patitas de debajo de su “sábana” y se ha desperezado entre una serie de grititos de placer. De un salto se eleva medio metro y se mantiene quieta agitando sus dos alas. Es su gimnasia matutina. La primera vez que la miré con extrañeza hacer eso, me dijo:
−¡Siempre listos! Lo aprendí en los flies scouts.
Ni arquear la ceja pude, de lo sorprendida que me dejó.
−¿Has pensado en la frase que te dije añoche?
−¿Qué si he pensado? Claro que he pensado. Me desvelaste y no he tenido más remedio que pensar en ella.
−¿Y qué, qué te ha parecido? −me pregunta inquieta.
−Pues que es graciosa.
−¿Cómo que es graciosa? Es profunda, aunque no lo quieras admitir, porque eso querría decir que una mosca puede ser tan filósofa como el más filósofo de los humanos.
−Es profunda, lo admito, a la par que graciosa.
−Si a mi frase la encuentras graciosa, vas a tener que cambiar el concepto de graciosa −y dando media vuelta, se va hacia el cuarto de baño, oigo el sonido de su cepillo eléctrico un segundo antes de oír como cierra la puerta del baño con un portazo.
Me gusta hacerla rabiar, y más cuando me ha tenido la noche despierta. He pensado mucho en su frase, aunque nunca se lo voy a reconocer. Conozco a varias personas a las que les daría este consejo, pero creo que si me leen, sabrán que ellas son quienes lo necesitan. Yo lo hubiera necesitado en algún momento de mi vida. Anda que no estuve perdida, a la deriva y lo que es peor, en un pozo, buscando alguna pluma que quemar para poder resurgir. Pero todo eso pasó a la historia. Me queda lejos. Ahora mi mayor problema es resistir a la gran presión psicológica que supone tener como compañera de piso la Mosca Estremecida.
26/12/09
¡Y una mierda, escatología!
Qué felicidad le causé, el otro día, sin querer a la Mosca Estremecida. No es que busque que sea infeliz, ni que no me esfuerce para lo contrario, lo que ocurre, y ya se lo he dicho, que si su felicidad radica en esto que os voy a contar, que se haga plañidera o que espere sentada, porque si lo puedo evitar, nunca más volverá a ocurrir.
Ella no entiende que le haga defecar siempre en una cajita vacía de Ferrero Rocher y luego, por la noche se la haga vaciar y limpiar para tenerla preparada para el día siguiente.
−¡Con lo bonita que es la caca! Un montoncito aquí, otro por ahí y así, cuando vuelas, tienes un objetivo para posarte un rato y descansar. ¿No vas tú en primavera al campo? ¿No te gustan los prados y las flores? ¿Y su olor?
−No me fastidies, que no es lo mismo.
−Pues hazte a la idea de que mis defecaciones son una extraña variedad de orquídeas.
−Es que cuando no quieres entender algo…
El caso es que la conversación acabó así y nunca más tuve problema con ese asunto. Hasta el día de los autos, o sea, hace unos tres días, que le di motivo para divertirse de lo lindo y morirse de risa.
El otro día, después de hacer mis necesidades, tiré de la cadena y, contradiciendo la lógica de los vasos comunicantes y de los sifones, el váter empezó a aumentar su nivel freático hasta que regurgitó su contenido, cual fuente surgente de la naturaleza (no hago referencia a los geisers porque por aquí no hay, que lo sé de muy buena tinta, pero la sensación fue como si los hubiera).
Imaginaos la escena: suelo del cuarto de baño, zapatillas de estar por casa para tirar a la basura, tropezones (y no de los de apunto de caerse, que también) circulando a su libre albedrío, sensación de que nunca iba a parar de sacar agua la dichosa cisterna.
Cuando todo se calmó, que no, cuando “las aguas del río volvieron a su cauce” (que en este caso no fue así), recogí rápidamente el agua del suelo y sus sedimentos, fregué bien, tiré las zapatillas a la basura y me duché, tenía que ir a trabajar y ya iba justa.
Toda la mañana con el móvil y el administrador. Que si se había embozado mi váter. Que vale, que llamaría a un lampista. Que el lampista le había preguntado si era la única. Que no tenía ni idea, que no había hablado con nadie. Que no habían recibido otras quejas. Que bueno, que me daba igual, pero alguien tenía que arreglar mi váter. Que vale, que me llamaría el lampista directamente. Y me llamó. Resumo la llamaba: “Mire, señora, esto parece un problema suyo, por lo que el coste corre de su cuenta. En principio, si hemos de desmontar el váter costará unos 400 euros. Pero el problema es que es muy viejo y se puede romper. Si se rompe, serán 1600 euros”. Respuesta: “Estupendo, ya le llamaré”.
Como es de imaginar caí en una profunda desesperación. No estaba dispuesta a pagar 1600 euros por una cañería obturada y alguien tenía que solucionarme el problema.
Suerte, que cuando cuentas tu vida, todo el mundo te da consejos. Todos mis compañeros de trabajo me explicaron algún método para intentar desatascarlo yo misma. Así, que cuando llegué a casa por la tarde noche, venía armada con Sidol destascador, Salfumán, Silic Banc, Sosa caústica, guantes de goma bien largos, un cable gordo, una mascarilla de esas de la Gripe A y unas gafas de soldar del conserje de mi oficina. Y sobre todo, venía armada con toda la paciencia del mundo y la convicción de que lo solucionaría (porque no pensaba pagar ni un duro).
La cara de la Mosca Estremecida no tuvo desperdicio cuando me vio vestirme para la batalla. Me puse el chándal más viejo que tenía en casa, unas deportivas que uso para pintar paredes cuando es menester, los guantes, la mascarilla y las gafas.
En el váter, vacié un poco de agua con un cacharro viejo de la cocina. Con un colador de los chinos, pesqué lo pescable (dejémoslo así) y tiré el Sidol. Me esperé una hora, pero no pasó nada. Al tirar de la cadena volvió a subir el nivel y a desbordar. Lo recogí todo, volví a fregar el suelo. Esperé que se secara (eso fue lo más difícil, pues como llevamos varios días de lluvia, no hay manera de que se seque nada). Y mientras pensé: “no puedo mezclar ahora la sosa caústica ni el salfumán porque el Sidol puede contener algún producto que haga reacción y soltar algún gas nocivo, y claro, seguro que en el váter quedan restos.”
Así que volví a tirar de la cadena para que se vaciara de nuevo el váter y la concentración de Sidol que pudiera contener disminuyera. Repetí la operación de recogida de agua y me senté en el sofá dispuesta a llamar al lampista, en mi mente apareció una lápida que rezaba: Intoxicación por váter tozudo.
La Mosca estaba disfrutando de lo lindo, se la veía sonreír por debajo de la probóscide, pero no me dirigía la palabra y yo pasaba de ella. Sabía que podía explotar en cualquier momento. Iba de aquí para allá viendo lo que hacía y lo que pasaba. Y cuando la hilaridad le podía, se iba a mi habitación y disimulaba mirando por la ventana.
Iluminada por un rayo divino, como mínimo, se me ocurrió la idea de la ventosa. Pero… ¿cómo fabricar una? Creo que tardé casi una hora en tener la idea.
Cogí la fregona, la puse en una bolsa de plástico del súper, que até al palo con las asas para que no se soltara; me puse la mascarilla,las gafas y los guantes y al lavabo que me fui.
Como si fuera un deshollinador, estuve presionando la fregona embolsada con el fondo del váter, haciendo vacío y dejando entrar aire. Repetí la acción tres o cuatro veces, hasta que derepente, se oyó un ruido de agua-aire-ynoséqué y se vació todo el váter. Levanté la fregona despacio, esperando que pasara algo. Pero no pasó nada. Expectante, tiré de la cadena y comprobé que funcionaba.
Esa noche dormí muy feliz.
Fue a partir del día siguiente que la mosca empezó a hablarme; al principio no dijo nada sobre el tema, pero luego, fue ganando confianza hasta el punto de que cada vez que me levanto del sofá tengo que aguantar su cachondeo.
−¿Vas de “expelición”? Ja, ja, ja, ja, ja, ja −se mofa. O grita entre convulsiones y carcajadas−: ¡Evacuen la sala, que se va a producir la expulsión! Ja, ja, ja, ja, ja. No prefieres deponer tu idea! Juaaaa, juaaa, juaaaaaaaa.
Y yo tengo que aguantar sus comentarios aunque, en el fondo, también le veo su lado gracioso.
−No, voy “inminentemente” a exonerar mi vientre. Jaajajajajajajajaja.
−Jajajajajjajajajajajajajajjaja.
Y, al final, cedo ante la lógica y me revuelco de risa con ella por el sofá, hablando entre hipadas, a ver quién la dice más gorda.
−Este año te ha tocado la Pedrea −me chilla cuando ya me duelen costillas y necesito parar, consiguiendo arrancar de nuevo mis carcajadas, anegando los ojos de lágrimas, a contrarespiración y evitando el rictus de la cara con las manos, pues el dolor de los músculos faciales es intenso.
−Para. Para. No puedo más.
−Esto es una buena descarga de adrenalina −me dice cuando ya ha conseguido tranquilizarse.
−¿Descarga? −grito yo.
−Jajajajajajajajajajajajajaja!!!
−Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajjajaja!!!!!
Ella no entiende que le haga defecar siempre en una cajita vacía de Ferrero Rocher y luego, por la noche se la haga vaciar y limpiar para tenerla preparada para el día siguiente.
−¡Con lo bonita que es la caca! Un montoncito aquí, otro por ahí y así, cuando vuelas, tienes un objetivo para posarte un rato y descansar. ¿No vas tú en primavera al campo? ¿No te gustan los prados y las flores? ¿Y su olor?
−No me fastidies, que no es lo mismo.
−Pues hazte a la idea de que mis defecaciones son una extraña variedad de orquídeas.
−Es que cuando no quieres entender algo…
El caso es que la conversación acabó así y nunca más tuve problema con ese asunto. Hasta el día de los autos, o sea, hace unos tres días, que le di motivo para divertirse de lo lindo y morirse de risa.
El otro día, después de hacer mis necesidades, tiré de la cadena y, contradiciendo la lógica de los vasos comunicantes y de los sifones, el váter empezó a aumentar su nivel freático hasta que regurgitó su contenido, cual fuente surgente de la naturaleza (no hago referencia a los geisers porque por aquí no hay, que lo sé de muy buena tinta, pero la sensación fue como si los hubiera).
Imaginaos la escena: suelo del cuarto de baño, zapatillas de estar por casa para tirar a la basura, tropezones (y no de los de apunto de caerse, que también) circulando a su libre albedrío, sensación de que nunca iba a parar de sacar agua la dichosa cisterna.
Cuando todo se calmó, que no, cuando “las aguas del río volvieron a su cauce” (que en este caso no fue así), recogí rápidamente el agua del suelo y sus sedimentos, fregué bien, tiré las zapatillas a la basura y me duché, tenía que ir a trabajar y ya iba justa.
Toda la mañana con el móvil y el administrador. Que si se había embozado mi váter. Que vale, que llamaría a un lampista. Que el lampista le había preguntado si era la única. Que no tenía ni idea, que no había hablado con nadie. Que no habían recibido otras quejas. Que bueno, que me daba igual, pero alguien tenía que arreglar mi váter. Que vale, que me llamaría el lampista directamente. Y me llamó. Resumo la llamaba: “Mire, señora, esto parece un problema suyo, por lo que el coste corre de su cuenta. En principio, si hemos de desmontar el váter costará unos 400 euros. Pero el problema es que es muy viejo y se puede romper. Si se rompe, serán 1600 euros”. Respuesta: “Estupendo, ya le llamaré”.
Como es de imaginar caí en una profunda desesperación. No estaba dispuesta a pagar 1600 euros por una cañería obturada y alguien tenía que solucionarme el problema.
Suerte, que cuando cuentas tu vida, todo el mundo te da consejos. Todos mis compañeros de trabajo me explicaron algún método para intentar desatascarlo yo misma. Así, que cuando llegué a casa por la tarde noche, venía armada con Sidol destascador, Salfumán, Silic Banc, Sosa caústica, guantes de goma bien largos, un cable gordo, una mascarilla de esas de la Gripe A y unas gafas de soldar del conserje de mi oficina. Y sobre todo, venía armada con toda la paciencia del mundo y la convicción de que lo solucionaría (porque no pensaba pagar ni un duro).
La cara de la Mosca Estremecida no tuvo desperdicio cuando me vio vestirme para la batalla. Me puse el chándal más viejo que tenía en casa, unas deportivas que uso para pintar paredes cuando es menester, los guantes, la mascarilla y las gafas.
En el váter, vacié un poco de agua con un cacharro viejo de la cocina. Con un colador de los chinos, pesqué lo pescable (dejémoslo así) y tiré el Sidol. Me esperé una hora, pero no pasó nada. Al tirar de la cadena volvió a subir el nivel y a desbordar. Lo recogí todo, volví a fregar el suelo. Esperé que se secara (eso fue lo más difícil, pues como llevamos varios días de lluvia, no hay manera de que se seque nada). Y mientras pensé: “no puedo mezclar ahora la sosa caústica ni el salfumán porque el Sidol puede contener algún producto que haga reacción y soltar algún gas nocivo, y claro, seguro que en el váter quedan restos.”
Así que volví a tirar de la cadena para que se vaciara de nuevo el váter y la concentración de Sidol que pudiera contener disminuyera. Repetí la operación de recogida de agua y me senté en el sofá dispuesta a llamar al lampista, en mi mente apareció una lápida que rezaba: Intoxicación por váter tozudo.
La Mosca estaba disfrutando de lo lindo, se la veía sonreír por debajo de la probóscide, pero no me dirigía la palabra y yo pasaba de ella. Sabía que podía explotar en cualquier momento. Iba de aquí para allá viendo lo que hacía y lo que pasaba. Y cuando la hilaridad le podía, se iba a mi habitación y disimulaba mirando por la ventana.
Iluminada por un rayo divino, como mínimo, se me ocurrió la idea de la ventosa. Pero… ¿cómo fabricar una? Creo que tardé casi una hora en tener la idea.
Cogí la fregona, la puse en una bolsa de plástico del súper, que até al palo con las asas para que no se soltara; me puse la mascarilla,las gafas y los guantes y al lavabo que me fui.
Como si fuera un deshollinador, estuve presionando la fregona embolsada con el fondo del váter, haciendo vacío y dejando entrar aire. Repetí la acción tres o cuatro veces, hasta que derepente, se oyó un ruido de agua-aire-ynoséqué y se vació todo el váter. Levanté la fregona despacio, esperando que pasara algo. Pero no pasó nada. Expectante, tiré de la cadena y comprobé que funcionaba.
Esa noche dormí muy feliz.
Fue a partir del día siguiente que la mosca empezó a hablarme; al principio no dijo nada sobre el tema, pero luego, fue ganando confianza hasta el punto de que cada vez que me levanto del sofá tengo que aguantar su cachondeo.
−¿Vas de “expelición”? Ja, ja, ja, ja, ja, ja −se mofa. O grita entre convulsiones y carcajadas−: ¡Evacuen la sala, que se va a producir la expulsión! Ja, ja, ja, ja, ja. No prefieres deponer tu idea! Juaaaa, juaaa, juaaaaaaaa.
Y yo tengo que aguantar sus comentarios aunque, en el fondo, también le veo su lado gracioso.
−No, voy “inminentemente” a exonerar mi vientre. Jaajajajajajajajaja.
−Jajajajajjajajajajajajajajjaja.
Y, al final, cedo ante la lógica y me revuelco de risa con ella por el sofá, hablando entre hipadas, a ver quién la dice más gorda.
−Este año te ha tocado la Pedrea −me chilla cuando ya me duelen costillas y necesito parar, consiguiendo arrancar de nuevo mis carcajadas, anegando los ojos de lágrimas, a contrarespiración y evitando el rictus de la cara con las manos, pues el dolor de los músculos faciales es intenso.
−Para. Para. No puedo más.
−Esto es una buena descarga de adrenalina −me dice cuando ya ha conseguido tranquilizarse.
−¿Descarga? −grito yo.
−Jajajajajajajajajajajajajaja!!!
−Jajajajajajajajajajajajajajajajajajajjajaja!!!!!
22/10/09
Cumpleaños
La hora y media que tengo para comer en el trabajo la he utilizado, excepcionalmente, para pasear. Sabiendo de antemano que estos días apenas tengo apetito, ya me he preparado una mínima expresión de alimento en un taper, así que, en tres mordiscos, he degustado esa maravillosa comida, entre papeles, dossieres, libros y ordenadores
A menos de un minuto de mi trabajo, hay un pequeño bosquecillo al que le tengo mucho cariño. Lo atravieso cada mañana sobre las siete y media y me ofrece lo mejor de cada estación. Ahora, el Ayuntamiento, que supongo que no sabe cómo tocar las narices, lo ha convertido en un extenso jardín. Cortaron la hierba y el casi inexistente sotobosque, talaron unos cuantos pinos e hicieron senderos por los lugares que casi, a fuerza de atravesarlo tantos años y tantas personas por el mismo sitio, no crecía vegetación. Han puesto unas maderitas para contener el vigoroso césped que está saliendo y han salpicado de bancos, senderos y parterres.
Por este lugar paseaba yo, con el cielo encapotado y con el ambiente más fresco de lo que deseaba. Podía haber cogido la chaqueta, pero, a veces, cuando el alma está mal, nos apetece hacerle daño al cuerpo.
La Mosca Estremecida intuía algo. Normalmente cruza el bosque parándose en las flores o en la hierba a conversar un rato con algún insecto, o saluda a alguna hormiga soldado que hace guardia delante del hormiguero. Disfruta analizando, como si del CSI se tratase, alguna de las múltiples heces caninas que salpican el bosque (ahora jardín). Pero esta vez, debía intuir algo porque volaba a mi lado ocelándome de vez en cuando de reojo, sin decirme nada. En los momentos en que no estoy bien, me pone nerviosísima su actitud, por lo que, tanto ella como yo, sabíamos que iba a haber bronca.
Ralenticé el paso, para concretizar lo que sentía en patadas a las pequeñas piedras que sobresalían de la tierra. La Mosca Estremecida revoloteó alrededor de mi cabeza hasta que se puso delante de mí, frenando mi avance.
–Bueno, ¿vas a decirme qué te pasa? ––me preguntó perfectamente alineada con mi nariz y poniendo sus seis patas en jarras–. Hoy estás insoportable.
–¿Yo? ¿Insoportable? Pero si no he abierto la boca.
–Eso es lo más insoportable de ti –me gritaba mientras se posaba en el respaldo de uno de los bancos de madera y me indicaba señalando con su trompa que me sentara a su lado–. Ese silencio que dice “nadie me comprende”. Ese silencio que lleva implícito el propio compadecimiento.
–Pues como sigas así de impertinente e inoportuna verás como mi silencio se transforma en enfado.
La Mosca Estremecida calla, sé con seguridad, que no se ha dado por vencida, que lo que está haciendo es un cambio de estrategia.
–Bueno, ¿me vas a decir qué te pasa? –me vuelve a preguntar con la voz más maternal que una mosca, ovípara por excelencia, puede poner.
–Eso sí que me cabrea, tu tonillo.
Oigo que la Mosca Estremecida empieza a musitar mientras aprieta los puños. No entiendo lo que dice.
–¿Qué murmuras?
–Un mantra, para no perder la paciencia contigo –me aclara toda pedante–. "The fly flies with the flow"... "The fly flies with the flow"... "The fly flies with the flow"... "the fly flies with the flow"...
Me levanto y continúo mi paseo dejándola con su mantra. Pasear siempre me sienta bien, es como una manera de armonizar con el universo.
–¿Ya no somos amigas? –oigo que me pregunta desde mi hombro.
No la he oído venir y la sorpresa me desmonta.
–Sí.
Tras unos segundos de silencio, prosigo.
–Estoy triste porque llega mi cumpleaños y no tengo amigos para celebrarlo.
En seguida me arrepentí de lo que había dicho. Me sonaba infantil, pero es que era eso lo que me pasaba; sentía un dolor profundo, imposible de explicar, porque era consciente de que estaba recogiendo lo que hasta ahora había sembrado. Era dueña de un extenso campo baldío.
La Mosca Estremecida estaba pensativa, me miraba en silencio y batía las alas con cadencia de perplejidad. Disparó su pregunta a la yugular.
–¿Qué edad tienes?
–¡No me entiendes!
–No es que no pueda entenderte, no. Es que no quiero entenderte.
–Déjame explicarte.
–Venga, va, explica –y, suspirando, realizó un looping con doble tirabuzón y se sentó otra vez en un banco, una pierna sobre otra, cogiéndose la rodillas con las manos y balanceándose de atrás para adelante–, ya puedes empezar.
–Siempre he tenido la ilusión de que me hicieran una fiesta sorpresa. Llevo muchos años organizándolas para gente que conozco, pero luego, a mí no me la organiza nadie. Me gustaría descubrir que le importo a alguien más que a mi pareja, que la pobre, ya me la organizaría, ya, pero sabe que no vendría nadie porque no hay nadie a quien invitar.
–Ajá.
Omití su comentario porque había empezado a vomitar eso que llevaba en mi interior y que nunca había verbalizado. Proseguí.
–Si que he tenido amistades en mi vida, pero por un motivo u otro no he sabido conservarlas. Y ahora me siento mal por ello. Mi cumpleaños, lo único que ha hecho, es sacar a flote este sentimiento que me va carcomiendo diariamente porque no quiero afrontarlo.
La Mosca Estremecida me mira enfadada. Me doy cuenta que hace rato que ha dejado de hacer el bobo balanceándose para prestar toda su atención a lo que estaba diciendo. Antes de replicar, tensa el cuerpo y me señala con una de sus patas.
–Y nunca tendrás más amigos porque no sabes reconocerlos –traga saliva, o lo que sea que trague, y prosigue–. ¿Y yo que soy? ¿Eh? ¿Qué soy si no tu amiga?
–Bueno… claro… no quería ofenderte –balbuceo porque no sé qué decirle, no quiero empeorar las cosas y soy una especialista .
–¿Sabes lo que te pasa? Que no tienes las amistades que tú quieres tener y a la gente que te aprecia y es tu amiga, no la valoras. Y eso es para ofendernos, y mucho. Porque, no te quepa duda, de que me has ofendido.
Dándose la vuelta me dice:
–Me vuelvo al trabajo.
Y ahí me tenéis, yendo detrás de la mosca, en silencio, buscando la palabra exacta para disculparme, mientras ella bate las alas con excesivo ruido para demostrarme, así, hasta qué punto está enfadada.
En mi fuero interno me comentaba: “¿lo ves, de alguna manera u otra, siempre la cago?”
A menos de un minuto de mi trabajo, hay un pequeño bosquecillo al que le tengo mucho cariño. Lo atravieso cada mañana sobre las siete y media y me ofrece lo mejor de cada estación. Ahora, el Ayuntamiento, que supongo que no sabe cómo tocar las narices, lo ha convertido en un extenso jardín. Cortaron la hierba y el casi inexistente sotobosque, talaron unos cuantos pinos e hicieron senderos por los lugares que casi, a fuerza de atravesarlo tantos años y tantas personas por el mismo sitio, no crecía vegetación. Han puesto unas maderitas para contener el vigoroso césped que está saliendo y han salpicado de bancos, senderos y parterres.
Por este lugar paseaba yo, con el cielo encapotado y con el ambiente más fresco de lo que deseaba. Podía haber cogido la chaqueta, pero, a veces, cuando el alma está mal, nos apetece hacerle daño al cuerpo.
La Mosca Estremecida intuía algo. Normalmente cruza el bosque parándose en las flores o en la hierba a conversar un rato con algún insecto, o saluda a alguna hormiga soldado que hace guardia delante del hormiguero. Disfruta analizando, como si del CSI se tratase, alguna de las múltiples heces caninas que salpican el bosque (ahora jardín). Pero esta vez, debía intuir algo porque volaba a mi lado ocelándome de vez en cuando de reojo, sin decirme nada. En los momentos en que no estoy bien, me pone nerviosísima su actitud, por lo que, tanto ella como yo, sabíamos que iba a haber bronca.
Ralenticé el paso, para concretizar lo que sentía en patadas a las pequeñas piedras que sobresalían de la tierra. La Mosca Estremecida revoloteó alrededor de mi cabeza hasta que se puso delante de mí, frenando mi avance.
–Bueno, ¿vas a decirme qué te pasa? ––me preguntó perfectamente alineada con mi nariz y poniendo sus seis patas en jarras–. Hoy estás insoportable.
–¿Yo? ¿Insoportable? Pero si no he abierto la boca.
–Eso es lo más insoportable de ti –me gritaba mientras se posaba en el respaldo de uno de los bancos de madera y me indicaba señalando con su trompa que me sentara a su lado–. Ese silencio que dice “nadie me comprende”. Ese silencio que lleva implícito el propio compadecimiento.
–Pues como sigas así de impertinente e inoportuna verás como mi silencio se transforma en enfado.
La Mosca Estremecida calla, sé con seguridad, que no se ha dado por vencida, que lo que está haciendo es un cambio de estrategia.
–Bueno, ¿me vas a decir qué te pasa? –me vuelve a preguntar con la voz más maternal que una mosca, ovípara por excelencia, puede poner.
–Eso sí que me cabrea, tu tonillo.
Oigo que la Mosca Estremecida empieza a musitar mientras aprieta los puños. No entiendo lo que dice.
–¿Qué murmuras?
–Un mantra, para no perder la paciencia contigo –me aclara toda pedante–. "The fly flies with the flow"... "The fly flies with the flow"... "The fly flies with the flow"... "the fly flies with the flow"...
Me levanto y continúo mi paseo dejándola con su mantra. Pasear siempre me sienta bien, es como una manera de armonizar con el universo.
–¿Ya no somos amigas? –oigo que me pregunta desde mi hombro.
No la he oído venir y la sorpresa me desmonta.
–Sí.
Tras unos segundos de silencio, prosigo.
–Estoy triste porque llega mi cumpleaños y no tengo amigos para celebrarlo.
En seguida me arrepentí de lo que había dicho. Me sonaba infantil, pero es que era eso lo que me pasaba; sentía un dolor profundo, imposible de explicar, porque era consciente de que estaba recogiendo lo que hasta ahora había sembrado. Era dueña de un extenso campo baldío.
La Mosca Estremecida estaba pensativa, me miraba en silencio y batía las alas con cadencia de perplejidad. Disparó su pregunta a la yugular.
–¿Qué edad tienes?
–¡No me entiendes!
–No es que no pueda entenderte, no. Es que no quiero entenderte.
–Déjame explicarte.
–Venga, va, explica –y, suspirando, realizó un looping con doble tirabuzón y se sentó otra vez en un banco, una pierna sobre otra, cogiéndose la rodillas con las manos y balanceándose de atrás para adelante–, ya puedes empezar.
–Siempre he tenido la ilusión de que me hicieran una fiesta sorpresa. Llevo muchos años organizándolas para gente que conozco, pero luego, a mí no me la organiza nadie. Me gustaría descubrir que le importo a alguien más que a mi pareja, que la pobre, ya me la organizaría, ya, pero sabe que no vendría nadie porque no hay nadie a quien invitar.
–Ajá.
Omití su comentario porque había empezado a vomitar eso que llevaba en mi interior y que nunca había verbalizado. Proseguí.
–Si que he tenido amistades en mi vida, pero por un motivo u otro no he sabido conservarlas. Y ahora me siento mal por ello. Mi cumpleaños, lo único que ha hecho, es sacar a flote este sentimiento que me va carcomiendo diariamente porque no quiero afrontarlo.
La Mosca Estremecida me mira enfadada. Me doy cuenta que hace rato que ha dejado de hacer el bobo balanceándose para prestar toda su atención a lo que estaba diciendo. Antes de replicar, tensa el cuerpo y me señala con una de sus patas.
–Y nunca tendrás más amigos porque no sabes reconocerlos –traga saliva, o lo que sea que trague, y prosigue–. ¿Y yo que soy? ¿Eh? ¿Qué soy si no tu amiga?
–Bueno… claro… no quería ofenderte –balbuceo porque no sé qué decirle, no quiero empeorar las cosas y soy una especialista .
–¿Sabes lo que te pasa? Que no tienes las amistades que tú quieres tener y a la gente que te aprecia y es tu amiga, no la valoras. Y eso es para ofendernos, y mucho. Porque, no te quepa duda, de que me has ofendido.
Dándose la vuelta me dice:
–Me vuelvo al trabajo.
Y ahí me tenéis, yendo detrás de la mosca, en silencio, buscando la palabra exacta para disculparme, mientras ella bate las alas con excesivo ruido para demostrarme, así, hasta qué punto está enfadada.
En mi fuero interno me comentaba: “¿lo ves, de alguna manera u otra, siempre la cago?”
14/7/09
La tengo enfadada
La tengo enfadada. No os podéis imaginar qué cabreo monumental ha pillado. Ha sido de aquellos que empiezan como una pequeña brisa y acaban como un huracán.
Esta madrugada, después de despertarme y dormirme durante toda la noche, me he levantado a escribir un rato y me la he encontrando estirada en el sofá hexaespatarrada y con los ocelos fijos en el techo.
−¿Tampoco puedes dormir? −le he preguntado sumergiendo la pregunta en un largo bostezo.
−No. Hace calor y por otro lado estoy pensando en este fin de semana.
−¿Te lo has pasado bien?
−Sí, me lo he pasado muy bien, pero me lo hubiera pasado mejor si hubiera podido participar de la fiesta −dice retintineando las cuatro últimas palabras.
Ya me lo estaba esperando. Sabía que eso me lo iba a oír. Este fin de semana me habían invitado a una fiesta y el viernes, mientras estaba preparando la mochila, la Mosca Estremecida se me acercó con las antenas bajas y una voz compungida a suplicarme que la llevara conmigo. Como podéis imaginar, mi no fue rotundo. Se sentó sin rechistar en el sofá y encendió la televisión para ver el Canal Cocina. A los dos minutos se fue a por un poco de zumo de tomate y volvió. Sorbió por la cañita con más fuerza de lo normal y dejando pasar aire, para hacer mucho ruido. La iba mirando de reojo, ya me conozco sus artimañas: quería llamar mi atención. Haciendo caso omiso, continué con mi mochila. Apagó la tele al ver que el recurso no había servido de nada. Entonces se le ocurrió la idea de hojear los libros de mi biblioteca; los sacaba de uno en uno, los abría aleatoriamente por una página, hacía ver que leía un par de líneas y los depositaba en la mesa del comedor. Uno tras otro, sabiendo de antemano que el desorden me molesta. No le dije nada y transporté la mochila a mi habitación para acabar de hacerla.
Cuando salí, ya preparada para irme estaba sentada al borde de la mesa, enfrente de la puerta de mi habitación, jugando con una de sus patas, mientras que con las otras se aguantaba para no perder el equilibrio.
−¿Ya te vas? −me dijo mientras pensaba qué estrategia sería la que me hiciera cambiar de opinión.
−Sí. Tienes comida que te he dejado en la nevera y he dejado una de las ventanas entornada por si quieres salir a dar una vuelta. Las puertas de las habitaciones las dejo abiertas para que puedas entrar en todas. No desordenes mucho y limpia lo que utilices.
−Vale. Qué te lo pases bien −me dijo con cierta resignación intentando parecer alegre.
−Vuelvo el domingo, ya te contaré.
Nada más subir al autocar y empezar a leer la revista que me había comprado para el viaje, noté un zumbido debajo del cuello de mi camisa.
−¡Mosca! −grité. Y la señora mayor que viajaba en el asiento del otro lado del pasillo me miró complacida, se debió pensar que utilizaba la expresión para no soltar un taco.
Poco a poco, la Mosca salió de debajo de mi cuello de la camisa y se posó sobre el borde la revista.
−Lo siento, no podía desaprovechar una ocasión como esta −me dijo a modo de disculpa.
−Muy bien, te dejo venir con una condición −y me interrumpí esperando ver su cara de aprobación −. Si vienes, vas a estar escondida todo el rato debajo del cuello de mi camisa, sin decir nada a nadie y sin hacerte notar.
−Vale, de acuerdo −aceptó, pero al ver mi cara de pocos amigos y totalmente exenta de confianza, añadió−, te lo prometo.
Y la verdad es que se portó muy bien, nadie notó su presencia y estuvo volando y posándose sobre la mesa como si fuera una mosca normal. Nadie se percató, ni nadie sospechó nada.
−Si me hubieras dejado participar, hubiera disfrutado de vuestras conversaciones, hubiera podido aportar mis propias opiniones a esas fabulosas discusiones que tuvisteis −me dice, mientras, al recordarlas, se empieza a enfadar un poco más.
−Bueno, quizá en la próxima, si te sigues portando bien, haga que te inviten.
−Lo que más me ha gustado es ver que siendo todas personas, sois bien diferentes, y descubrir, que a pesar de tener visiones distintas sobre la vida y opiniones que difieren de un polo a otro, halláis puntos comunes donde poder moveros y encontraros a gusto unas con otras.
−Es que cada persona es diferente de las otras.
−¿A ti te parece una mosca diferente de otra?
−No.
−¿Y por qué me tiene que parecer a mi, de antemano, una persona diferente a otra?
Siempre me pone en un brete con sus preguntas; mi silencio contesta por mí.
−Debo confesarte que me tuve que morder la boca para no participar en esa suculenta discusión de sofá que tuvisteis. Ahí, teniendo conceptos de base cada una expusisteis vuestro punto de vista y vuestra experiencia haciendo crecer el tema en todas sus dimensiones. He descubierto que el no estar de acuerdo e intentar argumentar las propias posturas lo que hace es observar el tema desde el punto contrario, cosa que ayuda a seguir buscando argumentos a tu favor o a cambiar ciertos aspectos del pensamiento, porque los cambios de pensamiento no suelen ser radicales.
Nos quedamos calladas reflexionando sobre lo que acaba de decir.
−Además, al verbalizar tu propio pensamiento, lo que estás haciendo es replanteártelo de nuevo. Es como sacarle el polvo.
Silencio de nuevo.
−¿Qué, no piensas decir nada? Me lo debes, me debes una discusión porque no me dejaste participar en aquella.
La verdad es que no sé qué decirle. Tiene que comprender que a estas horas de la madrugada es muy difícil discutir y las legañas cerebrales. Ahora me siento mal por haberle prohibido participar.
−Bien, que sepas que otra vez no voy a hacerte caso, que no eres nadie para mandarme estar escondida y callada, ni nadie para hacerme perder o no dejarme participar en un fin de semana tan genial como este, donde se junta un montón de gente tan dispar y a la vez tan atractiva. He dicho. Hoy duermes tú en el sofá.
Se levanta y con un orgulloso golpe de cabeza se recoloca las antenas bien, se dirige a mi habitación volando con cierta pomposidad y cierra la puerta de golpe. Ya se le pasará, siempre se le acaba pasando.
Y si tan mala soy, ¿por qué no se larga a dar la murga a otra?
Esta madrugada, después de despertarme y dormirme durante toda la noche, me he levantado a escribir un rato y me la he encontrando estirada en el sofá hexaespatarrada y con los ocelos fijos en el techo.
−¿Tampoco puedes dormir? −le he preguntado sumergiendo la pregunta en un largo bostezo.
−No. Hace calor y por otro lado estoy pensando en este fin de semana.
−¿Te lo has pasado bien?
−Sí, me lo he pasado muy bien, pero me lo hubiera pasado mejor si hubiera podido participar de la fiesta −dice retintineando las cuatro últimas palabras.
Ya me lo estaba esperando. Sabía que eso me lo iba a oír. Este fin de semana me habían invitado a una fiesta y el viernes, mientras estaba preparando la mochila, la Mosca Estremecida se me acercó con las antenas bajas y una voz compungida a suplicarme que la llevara conmigo. Como podéis imaginar, mi no fue rotundo. Se sentó sin rechistar en el sofá y encendió la televisión para ver el Canal Cocina. A los dos minutos se fue a por un poco de zumo de tomate y volvió. Sorbió por la cañita con más fuerza de lo normal y dejando pasar aire, para hacer mucho ruido. La iba mirando de reojo, ya me conozco sus artimañas: quería llamar mi atención. Haciendo caso omiso, continué con mi mochila. Apagó la tele al ver que el recurso no había servido de nada. Entonces se le ocurrió la idea de hojear los libros de mi biblioteca; los sacaba de uno en uno, los abría aleatoriamente por una página, hacía ver que leía un par de líneas y los depositaba en la mesa del comedor. Uno tras otro, sabiendo de antemano que el desorden me molesta. No le dije nada y transporté la mochila a mi habitación para acabar de hacerla.
Cuando salí, ya preparada para irme estaba sentada al borde de la mesa, enfrente de la puerta de mi habitación, jugando con una de sus patas, mientras que con las otras se aguantaba para no perder el equilibrio.
−¿Ya te vas? −me dijo mientras pensaba qué estrategia sería la que me hiciera cambiar de opinión.
−Sí. Tienes comida que te he dejado en la nevera y he dejado una de las ventanas entornada por si quieres salir a dar una vuelta. Las puertas de las habitaciones las dejo abiertas para que puedas entrar en todas. No desordenes mucho y limpia lo que utilices.
−Vale. Qué te lo pases bien −me dijo con cierta resignación intentando parecer alegre.
−Vuelvo el domingo, ya te contaré.
Nada más subir al autocar y empezar a leer la revista que me había comprado para el viaje, noté un zumbido debajo del cuello de mi camisa.
−¡Mosca! −grité. Y la señora mayor que viajaba en el asiento del otro lado del pasillo me miró complacida, se debió pensar que utilizaba la expresión para no soltar un taco.
Poco a poco, la Mosca salió de debajo de mi cuello de la camisa y se posó sobre el borde la revista.
−Lo siento, no podía desaprovechar una ocasión como esta −me dijo a modo de disculpa.
−Muy bien, te dejo venir con una condición −y me interrumpí esperando ver su cara de aprobación −. Si vienes, vas a estar escondida todo el rato debajo del cuello de mi camisa, sin decir nada a nadie y sin hacerte notar.
−Vale, de acuerdo −aceptó, pero al ver mi cara de pocos amigos y totalmente exenta de confianza, añadió−, te lo prometo.
Y la verdad es que se portó muy bien, nadie notó su presencia y estuvo volando y posándose sobre la mesa como si fuera una mosca normal. Nadie se percató, ni nadie sospechó nada.
−Si me hubieras dejado participar, hubiera disfrutado de vuestras conversaciones, hubiera podido aportar mis propias opiniones a esas fabulosas discusiones que tuvisteis −me dice, mientras, al recordarlas, se empieza a enfadar un poco más.
−Bueno, quizá en la próxima, si te sigues portando bien, haga que te inviten.
−Lo que más me ha gustado es ver que siendo todas personas, sois bien diferentes, y descubrir, que a pesar de tener visiones distintas sobre la vida y opiniones que difieren de un polo a otro, halláis puntos comunes donde poder moveros y encontraros a gusto unas con otras.
−Es que cada persona es diferente de las otras.
−¿A ti te parece una mosca diferente de otra?
−No.
−¿Y por qué me tiene que parecer a mi, de antemano, una persona diferente a otra?
Siempre me pone en un brete con sus preguntas; mi silencio contesta por mí.
−Debo confesarte que me tuve que morder la boca para no participar en esa suculenta discusión de sofá que tuvisteis. Ahí, teniendo conceptos de base cada una expusisteis vuestro punto de vista y vuestra experiencia haciendo crecer el tema en todas sus dimensiones. He descubierto que el no estar de acuerdo e intentar argumentar las propias posturas lo que hace es observar el tema desde el punto contrario, cosa que ayuda a seguir buscando argumentos a tu favor o a cambiar ciertos aspectos del pensamiento, porque los cambios de pensamiento no suelen ser radicales.
Nos quedamos calladas reflexionando sobre lo que acaba de decir.
−Además, al verbalizar tu propio pensamiento, lo que estás haciendo es replanteártelo de nuevo. Es como sacarle el polvo.
Silencio de nuevo.
−¿Qué, no piensas decir nada? Me lo debes, me debes una discusión porque no me dejaste participar en aquella.
La verdad es que no sé qué decirle. Tiene que comprender que a estas horas de la madrugada es muy difícil discutir y las legañas cerebrales. Ahora me siento mal por haberle prohibido participar.
−Bien, que sepas que otra vez no voy a hacerte caso, que no eres nadie para mandarme estar escondida y callada, ni nadie para hacerme perder o no dejarme participar en un fin de semana tan genial como este, donde se junta un montón de gente tan dispar y a la vez tan atractiva. He dicho. Hoy duermes tú en el sofá.
Se levanta y con un orgulloso golpe de cabeza se recoloca las antenas bien, se dirige a mi habitación volando con cierta pomposidad y cierra la puerta de golpe. Ya se le pasará, siempre se le acaba pasando.
Y si tan mala soy, ¿por qué no se larga a dar la murga a otra?
3/7/09
¡Prohibido!
Aprieto los dientes para no empezar a cagarme en todo y a blasfemar (aunque yo no blasfemo nunca, creo que esta vez lo haría). Me hierve la sangre y se me retuercen las entrañas de tensión. Aunque no quiero que aflore fuera de mí lo que estoy sintiendo, e intento controlar mi cabreo, se me escapa un pequeño gruñido que al tomar conciencia de él convierto en un soplido.
Y como si tuviera antenas, rauda y veloz, acude la Mosca Estremecida volando y se posa sobre la mesa del comedor. Aparece secándose las manos con un trocito de papel de cocina. Hoy me ha relegado de mis tareas porque dice que va a hacer ella la comida. Hace más de una hora que la oigo trajinar por la cocina. Esta nueva ocupación se debe a que el otro día me preguntó que qué era el Imagenio y se lo mostré. Le enseñé a manejarlo y a cambiar de canales.
–¿Cuáles son tus preferidos? –me preguntó con curiosidad.
–La Fox y el Canal Huevo.
–¿Canal Huevo? –se extrañó del nombre.
–Sí, mira –y le cambié el canal para que lo viera–. En realidad se llama Canal Cocina, pero como tiene por logo un huevo frito, le llamo Canal Huevo.
Ella nunca ve la tele. Cuando me siento a verla, se va al despacho y se pone a navegar por Internet, a escribir en su moleskine o a leer alguno de mis libros; prefiero eso que perder el tiempo, dice, que las moscas tenemos menos. En el Canal Huevo, estaban dando el programa de Jaime Oliver y se quedó prendada del cocinero inglés. No ha tardado ni dos días en adueñarse de mi cocina. Ya veremos en qué acaba todo esto.
–¿Qué pasa?¿Por qué gruñes? ¿Por qué suspiras?
Ay, con lo bien que estaba yo solita viendo la televisión.
–No, si yo no…
–Venga, que te he oído. ¿Qué pasa? –dice clocándose sobre mi hombro y dándome unas palmaditas con su pata–. ¿Por qué te has indignado? No me mientas que sé que estás indignada, ya nos vamos conociendo.
Vuelve a volar a la mesa y se sienta sobre el portátil, cruzando una pata sobre la otra y cogiéndose la rodilla con ambas cuatro manos. Verla así de condescendiente me enrabia aún más.
–Es que ahora, resulta que multan si te bañas en el mar cuando hay bandera roja, en Valencia –le exploto levantándome para pasear porque para mi cabreo y yo no hay suficiente espacio en el sofá–. ¡Todo! Todo está prohibido.
–Elemental –me dice mientras inicia el vuelo y se va a la cocina.
Me quedo con dos palmos de narices: ¿ya ha acabado la discusión? Cuando reacciono me dirijo hacia la cocina, pongo la mano sobre el mármol con un golpe y le pregunto.
–¿Elemental? ¿Sólo elemental?
–Pues sí. A parte de ser una manera de agenciarse más dinero Es una manera de teneros más controlados.
–Ya, pero nadie se revela contra ello.
–Claro, porque lo que hace tanto control sobre el peligro es crear una sociedad protegida, por ende, más infantil y cómo más infantil sea menos problemas causa, ¿entiendes?
–Claro que entiendo, por esto estoy así de rabiosa. Me he criado al lado del mar y me he bañado cuando yo creía conveniente. No había socorristas, ni banderas, ni tonterías de estas. Cada uno sabía cuando se podía meter o no.
–En vez de enrabiarte tanto, coge una pancarta, reúne a cuantas personas opinen como tú e iros a quejar a las autoridades.
Me quedo mirándola en silencio.
–¿Callas? Mucha queja, mucha rabia y poca acción –dice mientras trocea la zanahoria con mucha fuerza. Anda, déjate de tontas rabietas y ve poniendo la mesa.
Me he mordido los labios y he hecho lo que me ha pedido, quiero pasar el día en paz.
La espero sentada con la mesa puesta. Hace su aparición, cazuela en mano, entonando cuatro chan-chan-chanes. Levanto la tapa y veo todo de trocitos de todo, cortado pequeñito, pequeñito. Me la miro con cara de sorpresa; ¿qué tipo de comida es esa?
–Así, cada una come lo que le gusta –me dice con dignidad–. Sírvete tú primero.
Así lo hago, con una cuchara empiezo a comer ese mosaico de alimentos que por el tamaño me recuerda a esas piedrecitas de colores que se ponen en los ceniceros para evitar los olores.
–Por cierto –añade–, no has pensado que con tanta prohibición, tanta protección, tanto “evitemos el peligro”, ¿os estáis cargando vuestra selección natural?
–Calla y come, que la tuya la voy a aumentar poniendo aquí un aparato de esos que fríen moscas. ¡Fishhht! –hago la onomatopeya acompañada de un gesto.
–¡Qué desagradable que eres cuando estás de mal humor! –dice cogiendo su plato y yéndose a comer delante del ordenador.
Antes de cerrar la puerta de un portazo me grita:
–Aceptaré tus disculpas cuando me las pidas.
¡Pam!
La odio, la odio, la odio.
NOTA: ;)
Y como si tuviera antenas, rauda y veloz, acude la Mosca Estremecida volando y se posa sobre la mesa del comedor. Aparece secándose las manos con un trocito de papel de cocina. Hoy me ha relegado de mis tareas porque dice que va a hacer ella la comida. Hace más de una hora que la oigo trajinar por la cocina. Esta nueva ocupación se debe a que el otro día me preguntó que qué era el Imagenio y se lo mostré. Le enseñé a manejarlo y a cambiar de canales.
–¿Cuáles son tus preferidos? –me preguntó con curiosidad.
–La Fox y el Canal Huevo.
–¿Canal Huevo? –se extrañó del nombre.
–Sí, mira –y le cambié el canal para que lo viera–. En realidad se llama Canal Cocina, pero como tiene por logo un huevo frito, le llamo Canal Huevo.
Ella nunca ve la tele. Cuando me siento a verla, se va al despacho y se pone a navegar por Internet, a escribir en su moleskine o a leer alguno de mis libros; prefiero eso que perder el tiempo, dice, que las moscas tenemos menos. En el Canal Huevo, estaban dando el programa de Jaime Oliver y se quedó prendada del cocinero inglés. No ha tardado ni dos días en adueñarse de mi cocina. Ya veremos en qué acaba todo esto.
–¿Qué pasa?¿Por qué gruñes? ¿Por qué suspiras?
Ay, con lo bien que estaba yo solita viendo la televisión.
–No, si yo no…
–Venga, que te he oído. ¿Qué pasa? –dice clocándose sobre mi hombro y dándome unas palmaditas con su pata–. ¿Por qué te has indignado? No me mientas que sé que estás indignada, ya nos vamos conociendo.
Vuelve a volar a la mesa y se sienta sobre el portátil, cruzando una pata sobre la otra y cogiéndose la rodilla con ambas cuatro manos. Verla así de condescendiente me enrabia aún más.
–Es que ahora, resulta que multan si te bañas en el mar cuando hay bandera roja, en Valencia –le exploto levantándome para pasear porque para mi cabreo y yo no hay suficiente espacio en el sofá–. ¡Todo! Todo está prohibido.
–Elemental –me dice mientras inicia el vuelo y se va a la cocina.
Me quedo con dos palmos de narices: ¿ya ha acabado la discusión? Cuando reacciono me dirijo hacia la cocina, pongo la mano sobre el mármol con un golpe y le pregunto.
–¿Elemental? ¿Sólo elemental?
–Pues sí. A parte de ser una manera de agenciarse más dinero Es una manera de teneros más controlados.
–Ya, pero nadie se revela contra ello.
–Claro, porque lo que hace tanto control sobre el peligro es crear una sociedad protegida, por ende, más infantil y cómo más infantil sea menos problemas causa, ¿entiendes?
–Claro que entiendo, por esto estoy así de rabiosa. Me he criado al lado del mar y me he bañado cuando yo creía conveniente. No había socorristas, ni banderas, ni tonterías de estas. Cada uno sabía cuando se podía meter o no.
–En vez de enrabiarte tanto, coge una pancarta, reúne a cuantas personas opinen como tú e iros a quejar a las autoridades.
Me quedo mirándola en silencio.
–¿Callas? Mucha queja, mucha rabia y poca acción –dice mientras trocea la zanahoria con mucha fuerza. Anda, déjate de tontas rabietas y ve poniendo la mesa.
Me he mordido los labios y he hecho lo que me ha pedido, quiero pasar el día en paz.
La espero sentada con la mesa puesta. Hace su aparición, cazuela en mano, entonando cuatro chan-chan-chanes. Levanto la tapa y veo todo de trocitos de todo, cortado pequeñito, pequeñito. Me la miro con cara de sorpresa; ¿qué tipo de comida es esa?
–Así, cada una come lo que le gusta –me dice con dignidad–. Sírvete tú primero.
Así lo hago, con una cuchara empiezo a comer ese mosaico de alimentos que por el tamaño me recuerda a esas piedrecitas de colores que se ponen en los ceniceros para evitar los olores.
–Por cierto –añade–, no has pensado que con tanta prohibición, tanta protección, tanto “evitemos el peligro”, ¿os estáis cargando vuestra selección natural?
–Calla y come, que la tuya la voy a aumentar poniendo aquí un aparato de esos que fríen moscas. ¡Fishhht! –hago la onomatopeya acompañada de un gesto.
–¡Qué desagradable que eres cuando estás de mal humor! –dice cogiendo su plato y yéndose a comer delante del ordenador.
Antes de cerrar la puerta de un portazo me grita:
–Aceptaré tus disculpas cuando me las pidas.
¡Pam!
La odio, la odio, la odio.
NOTA: ;)
29/6/09
¿Alguien quiere una mosca?
Después de varios meses de trabajo intensivo y aprovechando que el día de hoy es algo fesquito, la Mosca Estremecida y yo nos hemos sentado en una soleada terracita a tomar un desayuno algo tardío, por la hora.
−¿Qué vas a tomar? −me pregunta la Mosca mientras se pasea, rápidamente, por encima de la letra impresa de la plastificada carta de sugerencias.
−Creo que me tomaré un buen bocadillo de jamón ibérico con pan con tomate y un café con leche −le he contestado decidida, pues siempre tengo claro lo que me apetece.
Al acercarse la camarera a nuestra mesa, la Mosca Estremecida vuela hasta mi hombro y dice:
−La señora tomará un bocadillo de jamón ibérico con pan con tomate y un café con la leche natural y yo quiero −añade mientras se frota las patas delanteras y la probóscide se le hace agua− una pequeña piel de naranja de aquellas en las que la pulpa se ha quedado pegada. Nada más, gracias.
Cuando la camarera se da la vuelta para irse, la interrumpe:
−Perdone, si puede ser que la piel de naranja sea pelada del día.
Me miro la mosca con cariño, me hace gracia cómo ha mimetizado algunas de las costumbres de los humanos; desde hace un tiempo, siempre es ella quien hace la comanda cuando tomamos algo en un bar o comemos en un restaurante.
Vuela hasta el extremo opuesto de la mesa circular, me mira fijamente y me pregunta:
−¿Qué piensas?
No sé cómo se lo hace, siempre me adivina el momento en que me enternece y no puedo decírselo porque se volvería mucho más creída de lo que es.
–¿No me lo vas a decir?
–Pensaba que al final de todo hasta me caerás bien.
–No dudo –me dice totalmente convencida.
–¡Mírala qué creída! Si es que no te puedo decir nada bonito.
–¿Sabes lo que ocurre? –me pregunta sin esperar respuesta y creando un silencio de tensión –, que tú y yo, en el fondo, pensamos igual y si yo te cayera mal eso indicaría que no te soportarías a ti misma.
Suerte que llega la camarera con nuestro desayuno porque ha evitado que la aplaste en un abrir y cerrar de ojos. La Mosca me lee el pensamiento y se ríe:
–¡Supongo que no quieres testigos!
Estoy a punto de contestarle pero no encuentro qué decirle. Prefiero empezar a preparar mi primer bocado. Siempre consigue ponerme nerviosa. No me parezco a ella ni en pintura. ¿O sí?
–¡Anda, calla y come! –decimos las dos a la vez.
−¿Qué vas a tomar? −me pregunta la Mosca mientras se pasea, rápidamente, por encima de la letra impresa de la plastificada carta de sugerencias.
−Creo que me tomaré un buen bocadillo de jamón ibérico con pan con tomate y un café con leche −le he contestado decidida, pues siempre tengo claro lo que me apetece.
Al acercarse la camarera a nuestra mesa, la Mosca Estremecida vuela hasta mi hombro y dice:
−La señora tomará un bocadillo de jamón ibérico con pan con tomate y un café con la leche natural y yo quiero −añade mientras se frota las patas delanteras y la probóscide se le hace agua− una pequeña piel de naranja de aquellas en las que la pulpa se ha quedado pegada. Nada más, gracias.
Cuando la camarera se da la vuelta para irse, la interrumpe:
−Perdone, si puede ser que la piel de naranja sea pelada del día.
Me miro la mosca con cariño, me hace gracia cómo ha mimetizado algunas de las costumbres de los humanos; desde hace un tiempo, siempre es ella quien hace la comanda cuando tomamos algo en un bar o comemos en un restaurante.
Vuela hasta el extremo opuesto de la mesa circular, me mira fijamente y me pregunta:
−¿Qué piensas?
No sé cómo se lo hace, siempre me adivina el momento en que me enternece y no puedo decírselo porque se volvería mucho más creída de lo que es.
–¿No me lo vas a decir?
–Pensaba que al final de todo hasta me caerás bien.
–No dudo –me dice totalmente convencida.
–¡Mírala qué creída! Si es que no te puedo decir nada bonito.
–¿Sabes lo que ocurre? –me pregunta sin esperar respuesta y creando un silencio de tensión –, que tú y yo, en el fondo, pensamos igual y si yo te cayera mal eso indicaría que no te soportarías a ti misma.
Suerte que llega la camarera con nuestro desayuno porque ha evitado que la aplaste en un abrir y cerrar de ojos. La Mosca me lee el pensamiento y se ríe:
–¡Supongo que no quieres testigos!
Estoy a punto de contestarle pero no encuentro qué decirle. Prefiero empezar a preparar mi primer bocado. Siempre consigue ponerme nerviosa. No me parezco a ella ni en pintura. ¿O sí?
–¡Anda, calla y come! –decimos las dos a la vez.
5/4/09
Una mala noticia
Llevaba mucho tiempo insistiendo que quería que la paseara en moto, pero me resistía, bien, bien sin saber por qué, y, hoy, cuando se ha plantado ante mí, sobre el borde de mi yogur, con las patitas juntas como si de un rezo se tratara, con cara de “échame algo, paya” y me lo ha vuelto a pedir, he claudicado. Se ha puesto tan contenta que ha bajado a la mesa de cristal y, saltando de alegría, me ha ido dejando unas huellas de cremoso de fresa Vitalinea cual sus propias cagaditas.
Así que tras recoger la mesa, ducharme y arreglarme, me he puesto la chaqueta y la bufanda y hemos bajado a la calle. Mientras me ponía el casco y descandaba la moto, la Mosca Estremecida, sentada sobre el asiento, escuchaba con toda seriedad lo que le estaba diciendo. A mí me entra la risa porque siempre que le hago una concesión se porta exageradamente bien para no hacerme enfadar y que se la retire.
–Te vas a poner entre uno de los dobleces de mi bufanda y te vas a agarrar con tus seis patas a ella y no te soltarás ni un momento. Ni me hables, que me puedes distraer. Ni te muevas, que no quiero ningún disgusto. ¿De acuerdo? –le digo de la manera más seria que puedo.
–De acuerdo –me contesta ella levantando la pata derecha a modo de “te lo juro”.
Total, que me siento en el moto y, mientras la pongo en marcha, se coloca en el pliegue de mi bufanda, expresamente doblado para ella. Compruebo mirando en el retrovisor izquierdo que está cómoda y segura. Saco dos grajeas de Trident de mi bolsillo; siempre que conduzco masco chiclé por prescripción facultativa, me ayuda a que mi bruxismo no me agarrote las mandíbulas, protegiendo, con ello, mis dientes.
Empezamos a circular. En el primer semáforo en rojo, le pregunto qué tal va y me contesta que estupendamente, que le encanta. Voy sin rumbo fijo; más tarde he quedado con una amiga, pero ahora quiero darle un buen paseo por Barcelona. Después de más o menos un cuarto de hora, me pide que pare y lo hago en el primer vado que encuentro.
–¿Puedo sentarme en el retrovisor? Me cogeré muy fuerte, te lo prometo –me suplica con la emoción de la aventura que está viviendo.
–Me da miedo, puedes salir volando con la velocidad y hacerte daño.
–Pero tu ya sabes que las moscas tenemos mucha fuerza en las patas, además, si somos capaces de caminar por el techo sin caernos, también somos capaces de aguantarnos en un retrovisor.
–Bueno, tú sabrás de lo que eres capaz –le he contestado harta de tanta discusión, pues sabía de antemano que acabaría haciendo lo que quisiera.
Y, sin pensárselo dos veces, ha saltado de mi bufanda al retrovisor y me ha gritado:
–¡Dale caña, Torete!
Nos hemos puesto en marcha de nuevo, al principio la iba controlando a ver si iba bien, pero luego ya me he concentrado en la conducción. La he llevado a pasear por Montjuic y bajando del Estadi Olímpic, feliz ella y feliz yo, mascando con fuerza mi chiclé he notado un cric-crac y un sabor ácido en este. En seguida he mirado el retrovisor en busca de la Mosca Estremecida y no estaba. He frenado mientras escupía el chicle con un asco tremendo. En estas ocasiones mi mente se acelera y pensamientos irónicos me invaden; ¡pobre Mosca Extremauncida!.
Escupo un par de veces mientras retrocedo varios pasos en busca del chiclé que a modo de mortaja contenía a mi compañera. Observando detenidamente la calzada, me he sacado el casco para intentar reducir mi incomodidad. En una de las ranuras de respiración del mismo, con el mayor rictus de pánico que puede tener una mosca, se hallaba mi amiga aguantándose con las patas en los bordes de la hendedura como si fuera ella misma una telaraña. Con un hilillo de voz me ha dicho:
–Tengo una mala noticia, no volveré a ser tu copiloto cuando vayas en moto.
Así que tras recoger la mesa, ducharme y arreglarme, me he puesto la chaqueta y la bufanda y hemos bajado a la calle. Mientras me ponía el casco y descandaba la moto, la Mosca Estremecida, sentada sobre el asiento, escuchaba con toda seriedad lo que le estaba diciendo. A mí me entra la risa porque siempre que le hago una concesión se porta exageradamente bien para no hacerme enfadar y que se la retire.
–Te vas a poner entre uno de los dobleces de mi bufanda y te vas a agarrar con tus seis patas a ella y no te soltarás ni un momento. Ni me hables, que me puedes distraer. Ni te muevas, que no quiero ningún disgusto. ¿De acuerdo? –le digo de la manera más seria que puedo.
–De acuerdo –me contesta ella levantando la pata derecha a modo de “te lo juro”.
Total, que me siento en el moto y, mientras la pongo en marcha, se coloca en el pliegue de mi bufanda, expresamente doblado para ella. Compruebo mirando en el retrovisor izquierdo que está cómoda y segura. Saco dos grajeas de Trident de mi bolsillo; siempre que conduzco masco chiclé por prescripción facultativa, me ayuda a que mi bruxismo no me agarrote las mandíbulas, protegiendo, con ello, mis dientes.
Empezamos a circular. En el primer semáforo en rojo, le pregunto qué tal va y me contesta que estupendamente, que le encanta. Voy sin rumbo fijo; más tarde he quedado con una amiga, pero ahora quiero darle un buen paseo por Barcelona. Después de más o menos un cuarto de hora, me pide que pare y lo hago en el primer vado que encuentro.
–¿Puedo sentarme en el retrovisor? Me cogeré muy fuerte, te lo prometo –me suplica con la emoción de la aventura que está viviendo.
–Me da miedo, puedes salir volando con la velocidad y hacerte daño.
–Pero tu ya sabes que las moscas tenemos mucha fuerza en las patas, además, si somos capaces de caminar por el techo sin caernos, también somos capaces de aguantarnos en un retrovisor.
–Bueno, tú sabrás de lo que eres capaz –le he contestado harta de tanta discusión, pues sabía de antemano que acabaría haciendo lo que quisiera.
Y, sin pensárselo dos veces, ha saltado de mi bufanda al retrovisor y me ha gritado:
–¡Dale caña, Torete!
Nos hemos puesto en marcha de nuevo, al principio la iba controlando a ver si iba bien, pero luego ya me he concentrado en la conducción. La he llevado a pasear por Montjuic y bajando del Estadi Olímpic, feliz ella y feliz yo, mascando con fuerza mi chiclé he notado un cric-crac y un sabor ácido en este. En seguida he mirado el retrovisor en busca de la Mosca Estremecida y no estaba. He frenado mientras escupía el chicle con un asco tremendo. En estas ocasiones mi mente se acelera y pensamientos irónicos me invaden; ¡pobre Mosca Extremauncida!.
Escupo un par de veces mientras retrocedo varios pasos en busca del chiclé que a modo de mortaja contenía a mi compañera. Observando detenidamente la calzada, me he sacado el casco para intentar reducir mi incomodidad. En una de las ranuras de respiración del mismo, con el mayor rictus de pánico que puede tener una mosca, se hallaba mi amiga aguantándose con las patas en los bordes de la hendedura como si fuera ella misma una telaraña. Con un hilillo de voz me ha dicho:
–Tengo una mala noticia, no volveré a ser tu copiloto cuando vayas en moto.
3/12/08
Por si los humanos
Hace un par de semanas que la Mosca Estremecida, sacando la cabeza de debajo de mi despertador analógico me dice:
− Deja el ordenador encendido.
Desde que empezó el frío, ha trasladado su cama entre la mesita de noche y el despertador, bajo este.
− Aquí dormiré mejor; con el calor que desprende no pasaré frío. Además, estaré protegida de ti.
¡Qué rencorosa que es! Eso último lo dice porque antes dormía sobre mi almohada, cerquita de mí y una mañana me la encontré en el suelo toda dolorida y hexaespatarrada.
−¿Qué te ha pasado? −le pregunté pensando que ya había hecho una de las suyas.
−Tu estornudo −me contestó con un hilillo de voz.
La noche siguiente se trasladó debajo del despertador.
−Es como una sauna, pero sin humedad −chisteó para que no me ofendiera.
El caso es que, no sé por qué, me ha dejado de acompañar al trabajo.
−Deja el ordenador encendido que no tardaré en levantarme. Ten un buen día −me dice ahora cada mañana cuando me despido de ella para ir a trabajar.
Y consigue que me vaya intrigada. Por la tarde, cuando vuelvo, la encuentro sobre el teclado con varios libros abiertos esparcidos por las mesas, en la butaca y, si no le caben, por el suelo, y su moleskine al ladito del ratón, llena de notas. Cuando le saludo, se apresura a cerrar las páginas que ha visitado.
−¿Apago el ordenador? −me pregunta impostando la voz para que todo parezca natural.
−No, no. Déjalo abierto que miraré mis correos.
Una vez despejada la zona, me siento en la butaca y ella se posa sobre mi hombro, como tiene costumbre. Empiezo a abrir mis diferentes correos y a leerlos, pero mi atención se halla cerquita de mi oreja izquierda, donde ella está. Noto que anda distraída, esta vez no se mete con nada de lo que leo o hago. Me encantaría saber qué le corre por la mente. Tanto misterio está pudiendo conmigo. Más tarde, cenando, ya no puedo más y la abordo con mi intriga.
−¿Qué haces cada día con el ordenador?
−Miro blogs −contesta mientras continúa incándole la mandíbula a un trozo de jamón que acompaña a unas habitas a la catalana, regalo de mi madre en uno de sus tapers.
−¿Alguno en especial? −pregunto tras un silencio en el que esperaba que me siguiera contando.
−No, cualquiera. Voy de aquí para allá., uno me lleva a otro.
Al final, desisto. Sé por experiencia que hablará cuando le apetezca hacerlo. Y así es. Horas más tarde, cuando me hallo en el ordenador escribiendo este post, sin venir a cuento, me dice:
−¡Mira que sois egocéntricos los humanos! Y no me refiero a cada uno de ellos individualmente. No, no; me refiero a vuestra especie. ¡A vuestra gran especie!, que siempre se cree superior al resto de seres vivos.
−¿A qué viene esto?
−Sí, encima, ni os dais cuenta. Estáis tan acostumbrados a ser los reyes que no os percatáis de nada −me grita plantándose delante de mi cara, aleteando con velocidad para mantenerse estable en el aire.
−Venga, deja de hacerte la interesante y explica a que viene esto −digo cambiando el tono, pues ya empiezo a enfadarme.
−”El caso es que no sé por qué me ha dejado de acompañar al trabajo; ando con la mosca detrás de la oreja” −lee con rintintín la última frase que he escrito en el ordenador, siguiendo cada una de las palabras con su pata−. Claro, claro. Pues que sepas que yo ando con los humanos en la punta de la…
−¡Ni se te ocurra decirlo! −la atajo.
−…prebóscide… −acaba provocativamente la frase y tras marcar el silencio que la confiere ganadora prosigue−. El otro día, que lo sepas, me dices: “me he llevado el paraguas, por si las moscas” −y calla para ver mi reacción, luego continua−. ¿Qué retruécanos quiere decir “por si las moscas”?
−Pues…, pues… −balbuceo sorprendida y sin atinar.
−Desde entonces, me puse a mirar blogs, en ellos, la gente, se deja ir verbalmente y quería descubrir cómo llegáis a ser de humanocéntricos. Os pensáis que por tener “raciocinio” ya sois superiores.
−Vale, pero…
−Pero luego sois los únicos que por no reconocer que algo no gira entorno vuestro, el Sol, por ejemplo, matáis a aquel que lo afirma.
−Perdona…
−Perdona, pero es inconcebible en vuestras mentes que algo no gire alrededor de vuestro ombligo.
−¿Me vas a dejar hablar? −le pregunto levantando el tono de voz y perdiendo parte de mi compostura.
−¿Yo tengo que dejarte hablar? Oh, poderoso ser −declama−, pides permiso para hablar a un pobre insecto perteneciente al orden de los dípteros. Me honras infinitamente −dice con cara de guasa.
−Veras… yo… la raza humana…
−Dime, dime. Tómate tu tiempo. Seguro que me dejas anonadada y sin respiración con tu arenga. Espero no desmayarme de la impresión. Mira, mejor me siento en el sofá, por si los humanos…
Y vuela hasta el reposamanos y se sienta cruzando dos patas sobre las otras dos. Me mira con sus grandes ojos y veo la ironía distribuida en todas sus facetas oculares.
−Mejor me callo −opto por decir.
−¿Te has puesto mosca? −pregunta mientras suelta una carcajada.
−No, sencillamente no quiero discutir contigo.
−Cállate. Cállate, pues, que en boca cerrada no entran humanos −se hernia de risa sobre el sofá, golpeando este con una de sus patas mientras que se dobla sobre su abdomen.
¿Por qué siempre tiene razón este maldito bicho?
−¿A qué no soy una mosquita muerta? Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja…
Touché.
− Deja el ordenador encendido.
Desde que empezó el frío, ha trasladado su cama entre la mesita de noche y el despertador, bajo este.
− Aquí dormiré mejor; con el calor que desprende no pasaré frío. Además, estaré protegida de ti.
¡Qué rencorosa que es! Eso último lo dice porque antes dormía sobre mi almohada, cerquita de mí y una mañana me la encontré en el suelo toda dolorida y hexaespatarrada.
−¿Qué te ha pasado? −le pregunté pensando que ya había hecho una de las suyas.
−Tu estornudo −me contestó con un hilillo de voz.
La noche siguiente se trasladó debajo del despertador.
−Es como una sauna, pero sin humedad −chisteó para que no me ofendiera.
El caso es que, no sé por qué, me ha dejado de acompañar al trabajo.
−Deja el ordenador encendido que no tardaré en levantarme. Ten un buen día −me dice ahora cada mañana cuando me despido de ella para ir a trabajar.
Y consigue que me vaya intrigada. Por la tarde, cuando vuelvo, la encuentro sobre el teclado con varios libros abiertos esparcidos por las mesas, en la butaca y, si no le caben, por el suelo, y su moleskine al ladito del ratón, llena de notas. Cuando le saludo, se apresura a cerrar las páginas que ha visitado.
−¿Apago el ordenador? −me pregunta impostando la voz para que todo parezca natural.
−No, no. Déjalo abierto que miraré mis correos.
Una vez despejada la zona, me siento en la butaca y ella se posa sobre mi hombro, como tiene costumbre. Empiezo a abrir mis diferentes correos y a leerlos, pero mi atención se halla cerquita de mi oreja izquierda, donde ella está. Noto que anda distraída, esta vez no se mete con nada de lo que leo o hago. Me encantaría saber qué le corre por la mente. Tanto misterio está pudiendo conmigo. Más tarde, cenando, ya no puedo más y la abordo con mi intriga.
−¿Qué haces cada día con el ordenador?
−Miro blogs −contesta mientras continúa incándole la mandíbula a un trozo de jamón que acompaña a unas habitas a la catalana, regalo de mi madre en uno de sus tapers.
−¿Alguno en especial? −pregunto tras un silencio en el que esperaba que me siguiera contando.
−No, cualquiera. Voy de aquí para allá., uno me lleva a otro.
Al final, desisto. Sé por experiencia que hablará cuando le apetezca hacerlo. Y así es. Horas más tarde, cuando me hallo en el ordenador escribiendo este post, sin venir a cuento, me dice:
−¡Mira que sois egocéntricos los humanos! Y no me refiero a cada uno de ellos individualmente. No, no; me refiero a vuestra especie. ¡A vuestra gran especie!, que siempre se cree superior al resto de seres vivos.
−¿A qué viene esto?
−Sí, encima, ni os dais cuenta. Estáis tan acostumbrados a ser los reyes que no os percatáis de nada −me grita plantándose delante de mi cara, aleteando con velocidad para mantenerse estable en el aire.
−Venga, deja de hacerte la interesante y explica a que viene esto −digo cambiando el tono, pues ya empiezo a enfadarme.
−”El caso es que no sé por qué me ha dejado de acompañar al trabajo; ando con la mosca detrás de la oreja” −lee con rintintín la última frase que he escrito en el ordenador, siguiendo cada una de las palabras con su pata−. Claro, claro. Pues que sepas que yo ando con los humanos en la punta de la…
−¡Ni se te ocurra decirlo! −la atajo.
−…prebóscide… −acaba provocativamente la frase y tras marcar el silencio que la confiere ganadora prosigue−. El otro día, que lo sepas, me dices: “me he llevado el paraguas, por si las moscas” −y calla para ver mi reacción, luego continua−. ¿Qué retruécanos quiere decir “por si las moscas”?
−Pues…, pues… −balbuceo sorprendida y sin atinar.
−Desde entonces, me puse a mirar blogs, en ellos, la gente, se deja ir verbalmente y quería descubrir cómo llegáis a ser de humanocéntricos. Os pensáis que por tener “raciocinio” ya sois superiores.
−Vale, pero…
−Pero luego sois los únicos que por no reconocer que algo no gira entorno vuestro, el Sol, por ejemplo, matáis a aquel que lo afirma.
−Perdona…
−Perdona, pero es inconcebible en vuestras mentes que algo no gire alrededor de vuestro ombligo.
−¿Me vas a dejar hablar? −le pregunto levantando el tono de voz y perdiendo parte de mi compostura.
−¿Yo tengo que dejarte hablar? Oh, poderoso ser −declama−, pides permiso para hablar a un pobre insecto perteneciente al orden de los dípteros. Me honras infinitamente −dice con cara de guasa.
−Veras… yo… la raza humana…
−Dime, dime. Tómate tu tiempo. Seguro que me dejas anonadada y sin respiración con tu arenga. Espero no desmayarme de la impresión. Mira, mejor me siento en el sofá, por si los humanos…
Y vuela hasta el reposamanos y se sienta cruzando dos patas sobre las otras dos. Me mira con sus grandes ojos y veo la ironía distribuida en todas sus facetas oculares.
−Mejor me callo −opto por decir.
−¿Te has puesto mosca? −pregunta mientras suelta una carcajada.
−No, sencillamente no quiero discutir contigo.
−Cállate. Cállate, pues, que en boca cerrada no entran humanos −se hernia de risa sobre el sofá, golpeando este con una de sus patas mientras que se dobla sobre su abdomen.
¿Por qué siempre tiene razón este maldito bicho?
−¿A qué no soy una mosquita muerta? Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja…
Touché.
21/9/08
Salas de espera
Me esperaba la Mosca Estremecida a la salida de mi trabajo para acompañarme a recoger una analítica en una clínica cercana. Si os he de confesar la verdad, hay veces que la Mosca me roba el corazón y otras casi la mataría. Hoy ha sido de robármelo. La hallo sentada en un banco de la acera con una manzana Fuji a su lado.
− No me mires así de extrañada. No es que piense emular a Newton, no. Simplemente he pensado que podías tener hambre y te he traído la merienda. Ya sabes que para mí la alimentación es muy importante y la fruta aporta agua y vitaminas y, por otro lado, no te quita el apetito para la cena.
−Ah, muchas gracias −le he contestado yo cogiéndola mientras abría el macuto para buscar un pañuelo de papel para limpiarla.
− Ya la he lavado, nunca se sabe con qué pesticidas asesinos ha estado rociada.
Así, que se subió a mi hombro y, mordiendo la manzana, fui caminando hacia la clínica. Íbamos calladas. Con el rabillo del ojo veía como observaba todo. Me maravilla lo interesada que está por cualquier cosa. Todo le sorprende, es como un crío que está descubriendo el mundo, pero mucho mejor, porque razona como un adulto. A veces cómo un genio, me atrevería a decir.
Casi llegando, me acerco a una papelera para tirar el corazón de la manzana que había empezado a oxidarse y me limpio las manos con el pañuelo de papel.
Una vez en la clínica, subo a la planta quinta y recojo los resultados. Ya nos íbamos, y bajando las escaleras la mosca me dice:
− Mira esta sala de espera es muy grande, ¿por qué no nos quedamos aquí y así, mientras tú lees un rato, me dedico a contemplar a las personas? Se está fresquito.
Pienso rápidamente que sí, que se está muy bien y que realmente los sillones parecen muy cómodos. No hay humo ni ruido como en los bares, además, llevo mi botellita de agua. Pues sí, no me parece mala idea. Así que, sin contestarle, me dirijo a uno de los sillones libres y me siento. Saco mi libreta del macuto, mi pluma y mi libro y me dispongo a leer. La mosca vuela de mi hombro hasta el vértice dónde se junta la patilla de mis gafas con el cristal. Dice que ahí tiene la mejor vista. Me concentro en mi lectura.
− Las salas de espera de los médicos han cambiado −no tarda en interrumpirme.
Levanto la vista a ver qué tienen de diferente, pero no veo nada, así que vuelvo a concentrarme en mi lectura.
− La gente ya no se pelea por coger el Hola o el Semana para que no le toque hojear el Pronto.
Respiro hondo y vuelvo a interrumpir mi lectura. Estoy leyendo La Felicidad de los Ogros, de Pennac y como tiene esa connotación surrealista, necesito más concentración que nunca para ver los guiños del escritor. Así, que sin levantar la vista, sigo leyendo.
− No, ahora estas revistas reposan casi todas sobre la mesa. Al menos en esta consulta ginecológica. Pero me atrevo a asegurar que pasa lo mismo en todas las consultas.
− ¿Y qué? −pregunto cerrando el libro de golpe y sabiendo ya en ese preciso momento que se había acabado mi lectura.
− Mira, ¿para qué tienes los ojos? −me pregunta alucinada y medio enfadada al descubrir lo superficial que soy no reparando en estas cosas, y bajando la voz continúa−. Esa señora mayor está leyendo el Hola, pero el resto tiene el móvil en la mano.
Ahora, por primera vez, miro viendo de verdad y me sorprendo como ella. Mujeres solas, matrimonios muy jóvenes que supongo vienen a que les confirmen su estado, matrimonios en los que su estado es más visible, incluso alguna madre que acompaña a su hija por primera vez, todos ellos tienen el móvil en la mano.
− Estos cuartos de hora de espera −continúa la mosca divertida con un tono de voz que empieza a sonar irónico− son primordiales para la vida del móvil: para acabar de organizar la agenda en grupos y subgrupos, para conocer mejor su funcionamiento, para repasar mensajes almacenados o borrarlos, o enviar aquel que siempre se pospone por pereza, para navegar y chatear, para jugar con el bluetooth o con esos jueguecillos que sólo pueden distraer a mentes aburridas. Mira, mira, incluso hay algunas que hablan por él debajo de la señal de “desconecte su móvil”.
Cierto, he ido observando todo eso a la vez que la Mosca Estremecida lo iba citando.
− Y este amor al móvil es para evitar el mayor de los miedos −continúa−, estar a solas con los propios pensamientos.
Ahora me ha creado un silencio en el corazón y ella lo sabe porque vuela a posarse sobre mi mano y se pasea, suavemente, arriba y abajo. Es su manera de acariciarme. Recojo mis cosas, me levanto y me voy. Me sigue en silencio. Cuando ya hemos salido de la clínica me frena el paso volando hasta delante de mis ojos.
− ¿Una birra?
No puedo evitar sonreír.
− No me mires así de extrañada. No es que piense emular a Newton, no. Simplemente he pensado que podías tener hambre y te he traído la merienda. Ya sabes que para mí la alimentación es muy importante y la fruta aporta agua y vitaminas y, por otro lado, no te quita el apetito para la cena.
−Ah, muchas gracias −le he contestado yo cogiéndola mientras abría el macuto para buscar un pañuelo de papel para limpiarla.
− Ya la he lavado, nunca se sabe con qué pesticidas asesinos ha estado rociada.
Así, que se subió a mi hombro y, mordiendo la manzana, fui caminando hacia la clínica. Íbamos calladas. Con el rabillo del ojo veía como observaba todo. Me maravilla lo interesada que está por cualquier cosa. Todo le sorprende, es como un crío que está descubriendo el mundo, pero mucho mejor, porque razona como un adulto. A veces cómo un genio, me atrevería a decir.
Casi llegando, me acerco a una papelera para tirar el corazón de la manzana que había empezado a oxidarse y me limpio las manos con el pañuelo de papel.
Una vez en la clínica, subo a la planta quinta y recojo los resultados. Ya nos íbamos, y bajando las escaleras la mosca me dice:
− Mira esta sala de espera es muy grande, ¿por qué no nos quedamos aquí y así, mientras tú lees un rato, me dedico a contemplar a las personas? Se está fresquito.
Pienso rápidamente que sí, que se está muy bien y que realmente los sillones parecen muy cómodos. No hay humo ni ruido como en los bares, además, llevo mi botellita de agua. Pues sí, no me parece mala idea. Así que, sin contestarle, me dirijo a uno de los sillones libres y me siento. Saco mi libreta del macuto, mi pluma y mi libro y me dispongo a leer. La mosca vuela de mi hombro hasta el vértice dónde se junta la patilla de mis gafas con el cristal. Dice que ahí tiene la mejor vista. Me concentro en mi lectura.
− Las salas de espera de los médicos han cambiado −no tarda en interrumpirme.
Levanto la vista a ver qué tienen de diferente, pero no veo nada, así que vuelvo a concentrarme en mi lectura.
− La gente ya no se pelea por coger el Hola o el Semana para que no le toque hojear el Pronto.
Respiro hondo y vuelvo a interrumpir mi lectura. Estoy leyendo La Felicidad de los Ogros, de Pennac y como tiene esa connotación surrealista, necesito más concentración que nunca para ver los guiños del escritor. Así, que sin levantar la vista, sigo leyendo.
− No, ahora estas revistas reposan casi todas sobre la mesa. Al menos en esta consulta ginecológica. Pero me atrevo a asegurar que pasa lo mismo en todas las consultas.
− ¿Y qué? −pregunto cerrando el libro de golpe y sabiendo ya en ese preciso momento que se había acabado mi lectura.
− Mira, ¿para qué tienes los ojos? −me pregunta alucinada y medio enfadada al descubrir lo superficial que soy no reparando en estas cosas, y bajando la voz continúa−. Esa señora mayor está leyendo el Hola, pero el resto tiene el móvil en la mano.
Ahora, por primera vez, miro viendo de verdad y me sorprendo como ella. Mujeres solas, matrimonios muy jóvenes que supongo vienen a que les confirmen su estado, matrimonios en los que su estado es más visible, incluso alguna madre que acompaña a su hija por primera vez, todos ellos tienen el móvil en la mano.
− Estos cuartos de hora de espera −continúa la mosca divertida con un tono de voz que empieza a sonar irónico− son primordiales para la vida del móvil: para acabar de organizar la agenda en grupos y subgrupos, para conocer mejor su funcionamiento, para repasar mensajes almacenados o borrarlos, o enviar aquel que siempre se pospone por pereza, para navegar y chatear, para jugar con el bluetooth o con esos jueguecillos que sólo pueden distraer a mentes aburridas. Mira, mira, incluso hay algunas que hablan por él debajo de la señal de “desconecte su móvil”.
Cierto, he ido observando todo eso a la vez que la Mosca Estremecida lo iba citando.
− Y este amor al móvil es para evitar el mayor de los miedos −continúa−, estar a solas con los propios pensamientos.
Ahora me ha creado un silencio en el corazón y ella lo sabe porque vuela a posarse sobre mi mano y se pasea, suavemente, arriba y abajo. Es su manera de acariciarme. Recojo mis cosas, me levanto y me voy. Me sigue en silencio. Cuando ya hemos salido de la clínica me frena el paso volando hasta delante de mis ojos.
− ¿Una birra?
No puedo evitar sonreír.
21/8/08
Robado del moleskine de la Mosca
19/8/08
Dintel se halla algo deprimida. Los humanos son así, pierden el tiempo en esas cosas y es algo que no entiendo por más que los observo. La vida es corta (qué nos lo digan a las moscas) para perderla en sentimientos laberínticos. He intentado animarla, pero ya se sabe: “no está hecho el caviar para los cerdos”; no ha entendido lo que le he dicho y se ha deprimido más.
Mientras estaba mirando los correos, se me han ocurrido algunos matices sobre lo que hemos hablado.
Matices
Nadie puede tomar una decisión por nadie, aunque a veces pueda parecer lo contrario, ya que si están en plenas facultades mentales, la última decisión de acción la tiene, cada uno, en sus manos. Por otro lado, la culpabilidad es algo con lo que han crecido los humanos. Hay quien se atreve a afirmar, lo he leído por alguna parte, que es uno de los grandes legados de la Iglesia. La verdad, es que mis conocimientos, sobre este tema, aún son algo limitados y lo único que puedo afirmar con seguridad es que, por lo que he visto, para cada ser humano viene preparada una cajita de culpabilidad para disponer de ella a lo largo de su vida, y que, mientras esta no impida vivir, pienso que es necesaria para poder desarrollar parte de su coherencia. Bien es cierto que de las equivocaciones aprenden y que el aprendizaje es camino y por qué no, forma parte de la propia esencia de vida, pero con ello se pone en juego toda una serie de circunstancias y condicionamientos, que en conjunto, hacen que “evolucionen” personalmente. Entre ellos, la culpabilidad. Sólo añadir, que esta nunca debe llegar a la obsesión ni al bloqueo porque entonces sí que estarían mermando su propia existencia.
Me cuesta bastante entender por qué se tienen que sentir culpables. Supongo que es debido a que las moscas no nos equivocamos. Nuestro aprendizaje parte de nuestra genética y de nuestra observación.
En cuanto tenga ocasión le diré todo esto que se me acaba de ocurrir. Está tirada en el sofá con cara de pocos amigos. ¡Qué inestables son los humanos!
Dintel se halla algo deprimida. Los humanos son así, pierden el tiempo en esas cosas y es algo que no entiendo por más que los observo. La vida es corta (qué nos lo digan a las moscas) para perderla en sentimientos laberínticos. He intentado animarla, pero ya se sabe: “no está hecho el caviar para los cerdos”; no ha entendido lo que le he dicho y se ha deprimido más.
Mientras estaba mirando los correos, se me han ocurrido algunos matices sobre lo que hemos hablado.
Matices
Nadie puede tomar una decisión por nadie, aunque a veces pueda parecer lo contrario, ya que si están en plenas facultades mentales, la última decisión de acción la tiene, cada uno, en sus manos. Por otro lado, la culpabilidad es algo con lo que han crecido los humanos. Hay quien se atreve a afirmar, lo he leído por alguna parte, que es uno de los grandes legados de la Iglesia. La verdad, es que mis conocimientos, sobre este tema, aún son algo limitados y lo único que puedo afirmar con seguridad es que, por lo que he visto, para cada ser humano viene preparada una cajita de culpabilidad para disponer de ella a lo largo de su vida, y que, mientras esta no impida vivir, pienso que es necesaria para poder desarrollar parte de su coherencia. Bien es cierto que de las equivocaciones aprenden y que el aprendizaje es camino y por qué no, forma parte de la propia esencia de vida, pero con ello se pone en juego toda una serie de circunstancias y condicionamientos, que en conjunto, hacen que “evolucionen” personalmente. Entre ellos, la culpabilidad. Sólo añadir, que esta nunca debe llegar a la obsesión ni al bloqueo porque entonces sí que estarían mermando su propia existencia.
Me cuesta bastante entender por qué se tienen que sentir culpables. Supongo que es debido a que las moscas no nos equivocamos. Nuestro aprendizaje parte de nuestra genética y de nuestra observación.
En cuanto tenga ocasión le diré todo esto que se me acaba de ocurrir. Está tirada en el sofá con cara de pocos amigos. ¡Qué inestables son los humanos!
19/8/08
Errar es humano
Esta vez ha sido al revés. Estaba ella tan tranquila, en el sofá del comedor, viendo un capítulo de House cuando me he levantado de delante del ordenador como si mi butaca quemara y me he puesto a pasear por el pasillo. Sentía la intranquilidad dentro de mí. Al principio, ella ha seguido con la vista clavada en la tele, succionando una coca-cola con su trompetilla mientras sujetaba el vaso con cuatro de sus patas.
Cuando ya iba por el cuarto paseillo de pasillo, ha volado hasta la mesa, ha depositado el vaso y se ha plantado aleteando delante de mí, impidiendo que tras girarme volviera sobre mis pasos.
− ¿A qué viene tanto pasillear? −me pregunta algo molesta mientras zumba demasiado pegada a mi nariz sin que pueda evitar ponerme bizca−. ¿Acaso te molesto cuando tú estás viendo la tele?
He cogido todo el aire que he sido capaz. Mi idea era pegarle un buen soplido, pero al final he decidido, acopiando una paciencia desconocida, contenerlo en mis pulmones. No hay día que, mientras estoy viendo un programa, no se pose en mi hombro y empiece con sus impertinentes preguntas o sus dípteras teorías sobre el género humano.
−Deja de jugar al pez globo y dime qué te pasa. Anda, las amigas estamos para esto.
Me ha cogido de la camiseta y ha tirado de mí hasta el sofá obligándome con su aleteo a sentarme. Ella ha hecho lo propio en el borde del vaso de coca-cola cruzando una de sus patas traseras sobre la otra mientras que con las dos siguientes se aguantaba la rodilla y las dos restantes las ponía en jarras a la expectativa.
−Anda, cuéntame qué te está pasando.
−Estoy harta −he explotado−, harta de que las cosas me salgan mal, de tomar decisiones erróneas.
No ha dicho nada. La he visto buscar en su pequeño cerebro una réplica a mi explosión. Mientras esperaba yo el siguiente asalto preparada para plantar batalla, no iba a dejar que me tocara ni un ápice de mi destrozada autoestima. Era consciente de que quería hacerle pagar mi mal humor. Pero ella, pensativa, no abría la boca. Me observaba mientras con suave cadencia se iba peinando las dos antenas hacia atrás.
−¡Venga, estoy esperando tus envenenadas palabras! Eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces... Anda, suéltate de una vez.
La Mosca Estremecida ha volado hasta mi pantalón y se ha posado humildemente sobre mi rodilla. Mientras me acariciaba con varias de sus patas me ha dicho con su voz más dulce:
−Tienes razón. No estás pasando una buena época. La mayoría de las decisiones que tomas son equivocadas. Pero ya se sabe: errar es humano.
Esta vez sí que me ha desmontado. Cuando más necesitaba levantar mi energía con una de sus discusiones, va y me da la razón, hundiéndome en mi propio lodo.
−Cuando una persona toma una decisión −continua con ese tonillo maternal que tanto odio−, se supone que es porque antes ha considerado los pros y los contras y con ello consigue el objetivo propuesto (si no, huelga del todo la toma de dicha decisión). Gracias al ensayo y error, las personas podéis adelantar y predecir algunos eventos como consecuencia de vuestras acciones, llegando al punto de intuir si habéis hecho lo correcto o no. Vengo a decir que sí que importa, y mucho, que vuestras decisiones sean lo más correctas posibles ya que la equivocación conlleva a una erosión visible o no visible de vuestra frágil autoestima. Como puedes comprobar en ti misma.
−Errar es de sabios porque te ayuda a aprender.
−Comparto contigo la idea del “aprendizaje”, motor del ser humano en esta vida, pero pienso que si no se pone en práctica de nada sirve poseer la teoría. Pasarse la vida aprendiendo de nuestros errores sin disfrutar de un acierto es como decir que el conocimiento cae en saco vacío. Por lo que sí que importa que vuestras decisiones sean lo más correctas posibles, por vosotras mismas. Y para muestra un botón.
Acabado su discurso me ha dado dos golpecitos en la rodilla y mientras levantaba el vuelo hacia el ordenador me ha dicho.
−Voy a ver mis correos.
Me he quedado en el sofá nadando braza en mi propio lodo procurando no tener un corte de digestión por toda la lógica que la Mosca Estremecida me había hecho engullir.
Cuando ya iba por el cuarto paseillo de pasillo, ha volado hasta la mesa, ha depositado el vaso y se ha plantado aleteando delante de mí, impidiendo que tras girarme volviera sobre mis pasos.
− ¿A qué viene tanto pasillear? −me pregunta algo molesta mientras zumba demasiado pegada a mi nariz sin que pueda evitar ponerme bizca−. ¿Acaso te molesto cuando tú estás viendo la tele?
He cogido todo el aire que he sido capaz. Mi idea era pegarle un buen soplido, pero al final he decidido, acopiando una paciencia desconocida, contenerlo en mis pulmones. No hay día que, mientras estoy viendo un programa, no se pose en mi hombro y empiece con sus impertinentes preguntas o sus dípteras teorías sobre el género humano.
−Deja de jugar al pez globo y dime qué te pasa. Anda, las amigas estamos para esto.
Me ha cogido de la camiseta y ha tirado de mí hasta el sofá obligándome con su aleteo a sentarme. Ella ha hecho lo propio en el borde del vaso de coca-cola cruzando una de sus patas traseras sobre la otra mientras que con las dos siguientes se aguantaba la rodilla y las dos restantes las ponía en jarras a la expectativa.
−Anda, cuéntame qué te está pasando.
−Estoy harta −he explotado−, harta de que las cosas me salgan mal, de tomar decisiones erróneas.
No ha dicho nada. La he visto buscar en su pequeño cerebro una réplica a mi explosión. Mientras esperaba yo el siguiente asalto preparada para plantar batalla, no iba a dejar que me tocara ni un ápice de mi destrozada autoestima. Era consciente de que quería hacerle pagar mi mal humor. Pero ella, pensativa, no abría la boca. Me observaba mientras con suave cadencia se iba peinando las dos antenas hacia atrás.
−¡Venga, estoy esperando tus envenenadas palabras! Eso de que el hombre es el único animal que tropieza dos veces... Anda, suéltate de una vez.
La Mosca Estremecida ha volado hasta mi pantalón y se ha posado humildemente sobre mi rodilla. Mientras me acariciaba con varias de sus patas me ha dicho con su voz más dulce:
−Tienes razón. No estás pasando una buena época. La mayoría de las decisiones que tomas son equivocadas. Pero ya se sabe: errar es humano.
Esta vez sí que me ha desmontado. Cuando más necesitaba levantar mi energía con una de sus discusiones, va y me da la razón, hundiéndome en mi propio lodo.
−Cuando una persona toma una decisión −continua con ese tonillo maternal que tanto odio−, se supone que es porque antes ha considerado los pros y los contras y con ello consigue el objetivo propuesto (si no, huelga del todo la toma de dicha decisión). Gracias al ensayo y error, las personas podéis adelantar y predecir algunos eventos como consecuencia de vuestras acciones, llegando al punto de intuir si habéis hecho lo correcto o no. Vengo a decir que sí que importa, y mucho, que vuestras decisiones sean lo más correctas posibles ya que la equivocación conlleva a una erosión visible o no visible de vuestra frágil autoestima. Como puedes comprobar en ti misma.
−Errar es de sabios porque te ayuda a aprender.
−Comparto contigo la idea del “aprendizaje”, motor del ser humano en esta vida, pero pienso que si no se pone en práctica de nada sirve poseer la teoría. Pasarse la vida aprendiendo de nuestros errores sin disfrutar de un acierto es como decir que el conocimiento cae en saco vacío. Por lo que sí que importa que vuestras decisiones sean lo más correctas posibles, por vosotras mismas. Y para muestra un botón.
Acabado su discurso me ha dado dos golpecitos en la rodilla y mientras levantaba el vuelo hacia el ordenador me ha dicho.
−Voy a ver mis correos.
Me he quedado en el sofá nadando braza en mi propio lodo procurando no tener un corte de digestión por toda la lógica que la Mosca Estremecida me había hecho engullir.
5/8/08
¿Quién cocina realmente?
−Por lo poco que te conozco −me dice la Mosca Estremecida mientras se posa encima de la aceitera que tengo al lado de los fogones−, tienes mucha facilidad para aprender cosas nuevas.
−Sí, es cierto. Me encanta aprender −le contesto yo mientras giro uno de los pimientos que estoy asando en una parrilla−. Gracias a ello y al gran interés que me despierta todo, puedo decir que no me aburro nunca en mi tiempo libre.
−Ya −añade y calla de golpe.
Giro una berenjena y me la miro esperando que continúe la conversación. Pero no lo hace. Se me queda mirando pensativa.
−Ya, ¿qué? −le pregunto precipitadamente porque siento en mi interior que empiezo a perder la paciencia.
−Ya, nada más. −y vuelve a callar. Pero cuando me dispongo a volver a preguntarle continúa−. Tienes mucha facilidad para aprender cosas nuevas, pero hay un tema que se te resiste por más que sigas insistiendo. No sé si es porque de pequeña no te lo enseñaron cuando tocaba o si es de aquellas cosas inaprensibles que tiene la vida.
Ha conseguido de nuevo que me quede pasmada. Tras unos minutos de controlar la respiración para no perder la paciencia, sigo concentrándome en mis berenjenas y mis pimientos. Le encanta dar un rodeo para llegar a la cuestión en concreto y es algo que odio. Prefiero que aborde los temas directamente, sin tantos preámbulos ni tanto crear atmósferas.
−Seguro que, día a día, lo intentas con tesón. Pero si debo ser sincera debiera informarte que no avanzas ni un ápice en la cuestión.
−¡De qué narices me estás hablando! −le grito mientras me rueda una de las berenjenas por el mármol. Me ha puesto nerviosa.
−No hace falta que me grites, las moscas no somos sordas. Para tu conocimiento, gracias a nuestra sofisticación auditiva os hemos podido ayudar en casos de sordera −me contestó. Iba a continuar con este tema pero me ha visto la cara−. El caso, a lo que me refería, es que no sabes admitir los comentarios buenos que la gente hace sobre ti, los halagos, las admiraciones.
Acto seguido levanta el vuelo y sale de la cocina. No tarda en volver con su moleskine. Esta vez se sienta sobre un ajo pelado que hay encima de la tapa del salero. Cruza sus patitas de atrás, abre su libreta y con un boli en la mano me mira esperando escribir. Odio esa faceta suya de psicología barata.
−¿Qué quieres que te diga? Ahora estoy intentando hacer una escalibada.
− Quiero que me expliques por qué no se te pueden decir cosas bonitas, qué es lo que pasa dentro de ti.
−Yo que sé. Si lo supiera podría hacer algo al respecto, ¿no creees? −le contesto desde mi propia decepción. Esta mosca siempre sabe poner su pata en la llaga. Con lo feliz que estaba yo en mi cocina y ahora resulta que de lo único que tengo ganas es de estirarme en el sofá a contemplar el techo y regodearme en lo mal que empiezo a sentirme.
−Yo te lo diré. Cuando alguien te dice algún comentario bueno, se te empieza a agolpar en el pecho toda una serie de sensaciones que te bloquean de forma automática, y te surge como defensa la vergüenza y la timidez. No lo pasas nada bien, lo sé. Porque por un lado te sientes muy halagada con lo que te están diciendo pero por otro, no puedes disfrutarlo porque lo único que deseas es que pase el momento. Al final, como sabes que tienes que dar una respuesta y reaccionar de alguna manera, porque lo que no te puedes permitir es demostrar ese desconcierto interno, entonces, siempre te da por despreciar la afirmación bonita que han dicho sobre mí.
Apago el fuego donde estaba haciendo la escalibada y pusilánimemente me dirijo al sofá y me tumbo. Miro al techo. La Mosca Estremecida, sorprendida, me ha seguido y se ha posado sobre el respaldo. ¿Qué clase de mosca es esta que me conoce a la perfección?
−Es que no se te puede decir nada. Ni bueno, ni malo, ni regular −y siendo estas sus últimas palabras por el momento, abre su libreta de nuevo y se pone a escribir. La contemplo mientras lo hace. En el fondo me siento bien, es como si me hubiera sacado un peso de encima. Y de una forma fácil, porque no he tenido que buscar yo las palabras para verbalizarlo.
Miro a la mosca con admiración. Hace días que tengo un secreto; por mucho que me remueva y me fastidie, no quiero que se vaya.
−Sí, es cierto. Me encanta aprender −le contesto yo mientras giro uno de los pimientos que estoy asando en una parrilla−. Gracias a ello y al gran interés que me despierta todo, puedo decir que no me aburro nunca en mi tiempo libre.
−Ya −añade y calla de golpe.
Giro una berenjena y me la miro esperando que continúe la conversación. Pero no lo hace. Se me queda mirando pensativa.
−Ya, ¿qué? −le pregunto precipitadamente porque siento en mi interior que empiezo a perder la paciencia.
−Ya, nada más. −y vuelve a callar. Pero cuando me dispongo a volver a preguntarle continúa−. Tienes mucha facilidad para aprender cosas nuevas, pero hay un tema que se te resiste por más que sigas insistiendo. No sé si es porque de pequeña no te lo enseñaron cuando tocaba o si es de aquellas cosas inaprensibles que tiene la vida.
Ha conseguido de nuevo que me quede pasmada. Tras unos minutos de controlar la respiración para no perder la paciencia, sigo concentrándome en mis berenjenas y mis pimientos. Le encanta dar un rodeo para llegar a la cuestión en concreto y es algo que odio. Prefiero que aborde los temas directamente, sin tantos preámbulos ni tanto crear atmósferas.
−Seguro que, día a día, lo intentas con tesón. Pero si debo ser sincera debiera informarte que no avanzas ni un ápice en la cuestión.
−¡De qué narices me estás hablando! −le grito mientras me rueda una de las berenjenas por el mármol. Me ha puesto nerviosa.
−No hace falta que me grites, las moscas no somos sordas. Para tu conocimiento, gracias a nuestra sofisticación auditiva os hemos podido ayudar en casos de sordera −me contestó. Iba a continuar con este tema pero me ha visto la cara−. El caso, a lo que me refería, es que no sabes admitir los comentarios buenos que la gente hace sobre ti, los halagos, las admiraciones.
Acto seguido levanta el vuelo y sale de la cocina. No tarda en volver con su moleskine. Esta vez se sienta sobre un ajo pelado que hay encima de la tapa del salero. Cruza sus patitas de atrás, abre su libreta y con un boli en la mano me mira esperando escribir. Odio esa faceta suya de psicología barata.
−¿Qué quieres que te diga? Ahora estoy intentando hacer una escalibada.
− Quiero que me expliques por qué no se te pueden decir cosas bonitas, qué es lo que pasa dentro de ti.
−Yo que sé. Si lo supiera podría hacer algo al respecto, ¿no creees? −le contesto desde mi propia decepción. Esta mosca siempre sabe poner su pata en la llaga. Con lo feliz que estaba yo en mi cocina y ahora resulta que de lo único que tengo ganas es de estirarme en el sofá a contemplar el techo y regodearme en lo mal que empiezo a sentirme.
−Yo te lo diré. Cuando alguien te dice algún comentario bueno, se te empieza a agolpar en el pecho toda una serie de sensaciones que te bloquean de forma automática, y te surge como defensa la vergüenza y la timidez. No lo pasas nada bien, lo sé. Porque por un lado te sientes muy halagada con lo que te están diciendo pero por otro, no puedes disfrutarlo porque lo único que deseas es que pase el momento. Al final, como sabes que tienes que dar una respuesta y reaccionar de alguna manera, porque lo que no te puedes permitir es demostrar ese desconcierto interno, entonces, siempre te da por despreciar la afirmación bonita que han dicho sobre mí.
Apago el fuego donde estaba haciendo la escalibada y pusilánimemente me dirijo al sofá y me tumbo. Miro al techo. La Mosca Estremecida, sorprendida, me ha seguido y se ha posado sobre el respaldo. ¿Qué clase de mosca es esta que me conoce a la perfección?
−Es que no se te puede decir nada. Ni bueno, ni malo, ni regular −y siendo estas sus últimas palabras por el momento, abre su libreta de nuevo y se pone a escribir. La contemplo mientras lo hace. En el fondo me siento bien, es como si me hubiera sacado un peso de encima. Y de una forma fácil, porque no he tenido que buscar yo las palabras para verbalizarlo.
Miro a la mosca con admiración. Hace días que tengo un secreto; por mucho que me remueva y me fastidie, no quiero que se vaya.
31/7/08
¡Cómo está el mundo!
Quién me manda hablar. Si calladita estoy más mona. Os cuento.
Me he levantado temprano, a eso de la una de la madrugada y he ido a las Ramblas a buscar la prensa. Sé que llega más o menos a esa hora. He aprovechado que la mosca dormía a patas sueltas en el sofá para venir a mi despacho y, sin hacer ruido, sentarme en mi butaca a leer. No sé cuánto rato ha debido pasar, pero enfrascada en mi lectura y acostumbrada a estar sola he exclamado bajito:
−¡Cómo está el mundo!
No ha tardado ni dos segundos en venir volando y posarse sobre mi hombro, izquierdo, por supuesto.
−Esta expresión se la oí por primera vez a mis padres −me dice a la vez que se rasca los ojos con las patas para sacarse las últimas gotas de sueño.
−Sí, parece que las cosas no cambian, también se la oí a los míos, pero hace años que me la apropié y corre por mi voz, −le contesto rápidamente, con la esperanza de ser yo la que lleve el curso de la conversación.
La Mosca Estremecida vuela hasta el borde de la página del diario y se me queda mirando.
−Sí, ya veo −me espeta toda irónica−. Seguro que tú eres de las que vivieron su adolescencia con absoluta intensidad, sin importarle nada la realidad social y claro, ahora, desde este sillón en el que estás sentada, miras hacia atrás, hacia esa época de juventud y sólo ves un gran cargamento de pamplinas.
− Oye, Mosca, no empieces a marearme la perdiz. En mi adolescencia yo era muy inquieta y comprometida con…
−Mírame a mí, −me interrumpe−, recién salida del huevo ya me comprometí con la causa social. Ese día levanté mi puño y aún no lo he vuelto a bajar. Pero, claro, tú, ahora, sentadita en el sillón de tu edad, cuando tu estado de madurez ha culminado ya en su totalidad. Lentamente has ido abandonado tu procaz comportamiento para sosegar tus antiguas inquietudes, convirtiéndolas en pensamientos, injiriendo en ellos toda una serie de valores, que viven más por aprendidos que por experimentados.
No puedo más. Sacudo el periódico a ver si vuela lejos de mí y me libro de la perorata que me está preparando. Pero ella, se eleva manteniendo su posición delante de mi cara y se posa sobre la mesita que tengo al lado del butacón, mientras con el zumbido de sus alas entonca la Internacional. Es cínica, la díptera.
−De alguna manera −continua diciéndome como si nada−, el mundo siempre ha andado mal, y nos parece que en “nuestra época” está peor que nunca. Y aunque quedan aún épocas por vivir, o al paso que va la deterioro de todo (no me refiero únicamente al de la Tierra, sino también al de Persona) sería mejor decir, por sobrevivir, se empieza a ver claramente que debemos concienciarnos de la causticidad humana. Es perentorio, pues, que de alguna manera nos pongamos manos a la obra.
−¿Y qué pretendes que haga? ¿Que deje mi vida y me vaya a una ONG? −le grito perdiendo los nervios. Tiene la costumbre de removerme la conciencia en los momentos que yo busco más tranquilidad. Pero ella sigue sin inmutarse, rasacando sus patas delanteras mientras piensa como continuar aleccionándome.−Cuando veo que hay grandes personas que viven absolutamente con compromiso social y humano, pienso que aunque la inmensa mayoría esté de brazos cruzados, no está todo perdido.
Me aparece la vergüenza. A pesar de la inquietud que me produce y a pesar de las ganas de comprometerme, soy incapaz de hacerlo.
−He llegado a la conclusión de que el compromiso es algo que se debe aprender de bien pequeña, casi a la vez que aprendes a lavarte los dientes después de cada ingestión − le digo usando la excusa como lenitivo de mi compunción. −Pues más tú que nadie debiera saberlo. Gracias a mujeres que no han tenido ni pereza, ni miedo y han vivido manteniendo una lucha activa contra las injusticias del mundo, vosotras, las mujeres cómodas, ahora, podéis circular por la calle con la cabeza bien alta. Podéis tener una vida y unos espacios en donde vivirla. Y aunque queda mucho por lidiar contra este abigarrado mundo, sé que siempre existiran personas comprometidas que seguirán pugnando para que tú puedas tener una vida mejor.
Se me queda mirando esperando que le rebata con alguna de mis argumentaciones absurdas. Pero callo. Me siento derrotada. Ella es mucho más fuerte que yo hablando de estos temas. Ella tiene las ideas mucho más claras que yo. Me mira y yo le mantengo la mirada, que intenta ser desafiante y esconder la tristeza y la vergüenza que siento.
Sé −añade sabiéndose ganadora de esta conversación − que tu incapacidad para bregar viene gobernada por tu propia comodidad y soy consciente que cedes tus obligaciones a compromisos ajenos, viviendo así tu vida de forma yerta, con respecto a la magra responsabilidad que te toca −dice descabellándome con la puntilla de mis remordimientos.Sin mediar palabra más, cojo la prensa y me voy al cuarto de baño y me siento en el taburete . En este aspecto, no estoy orgullosa de mí, como bien denota de mi texto.
Sirva, este, como agradecimiento a las personas que con su lucha hacen que no “nos planteemos si tener un hijo o no, por no querer llegar a tener que pedirle perdón por haberle concebido.”
Me he levantado temprano, a eso de la una de la madrugada y he ido a las Ramblas a buscar la prensa. Sé que llega más o menos a esa hora. He aprovechado que la mosca dormía a patas sueltas en el sofá para venir a mi despacho y, sin hacer ruido, sentarme en mi butaca a leer. No sé cuánto rato ha debido pasar, pero enfrascada en mi lectura y acostumbrada a estar sola he exclamado bajito:
−¡Cómo está el mundo!
No ha tardado ni dos segundos en venir volando y posarse sobre mi hombro, izquierdo, por supuesto.
−Esta expresión se la oí por primera vez a mis padres −me dice a la vez que se rasca los ojos con las patas para sacarse las últimas gotas de sueño.
−Sí, parece que las cosas no cambian, también se la oí a los míos, pero hace años que me la apropié y corre por mi voz, −le contesto rápidamente, con la esperanza de ser yo la que lleve el curso de la conversación.
La Mosca Estremecida vuela hasta el borde de la página del diario y se me queda mirando.
−Sí, ya veo −me espeta toda irónica−. Seguro que tú eres de las que vivieron su adolescencia con absoluta intensidad, sin importarle nada la realidad social y claro, ahora, desde este sillón en el que estás sentada, miras hacia atrás, hacia esa época de juventud y sólo ves un gran cargamento de pamplinas.
− Oye, Mosca, no empieces a marearme la perdiz. En mi adolescencia yo era muy inquieta y comprometida con…
−Mírame a mí, −me interrumpe−, recién salida del huevo ya me comprometí con la causa social. Ese día levanté mi puño y aún no lo he vuelto a bajar. Pero, claro, tú, ahora, sentadita en el sillón de tu edad, cuando tu estado de madurez ha culminado ya en su totalidad. Lentamente has ido abandonado tu procaz comportamiento para sosegar tus antiguas inquietudes, convirtiéndolas en pensamientos, injiriendo en ellos toda una serie de valores, que viven más por aprendidos que por experimentados.
No puedo más. Sacudo el periódico a ver si vuela lejos de mí y me libro de la perorata que me está preparando. Pero ella, se eleva manteniendo su posición delante de mi cara y se posa sobre la mesita que tengo al lado del butacón, mientras con el zumbido de sus alas entonca la Internacional. Es cínica, la díptera.
−De alguna manera −continua diciéndome como si nada−, el mundo siempre ha andado mal, y nos parece que en “nuestra época” está peor que nunca. Y aunque quedan aún épocas por vivir, o al paso que va la deterioro de todo (no me refiero únicamente al de la Tierra, sino también al de Persona) sería mejor decir, por sobrevivir, se empieza a ver claramente que debemos concienciarnos de la causticidad humana. Es perentorio, pues, que de alguna manera nos pongamos manos a la obra.
−¿Y qué pretendes que haga? ¿Que deje mi vida y me vaya a una ONG? −le grito perdiendo los nervios. Tiene la costumbre de removerme la conciencia en los momentos que yo busco más tranquilidad. Pero ella sigue sin inmutarse, rasacando sus patas delanteras mientras piensa como continuar aleccionándome.−Cuando veo que hay grandes personas que viven absolutamente con compromiso social y humano, pienso que aunque la inmensa mayoría esté de brazos cruzados, no está todo perdido.
Me aparece la vergüenza. A pesar de la inquietud que me produce y a pesar de las ganas de comprometerme, soy incapaz de hacerlo.
−He llegado a la conclusión de que el compromiso es algo que se debe aprender de bien pequeña, casi a la vez que aprendes a lavarte los dientes después de cada ingestión − le digo usando la excusa como lenitivo de mi compunción. −Pues más tú que nadie debiera saberlo. Gracias a mujeres que no han tenido ni pereza, ni miedo y han vivido manteniendo una lucha activa contra las injusticias del mundo, vosotras, las mujeres cómodas, ahora, podéis circular por la calle con la cabeza bien alta. Podéis tener una vida y unos espacios en donde vivirla. Y aunque queda mucho por lidiar contra este abigarrado mundo, sé que siempre existiran personas comprometidas que seguirán pugnando para que tú puedas tener una vida mejor.
Se me queda mirando esperando que le rebata con alguna de mis argumentaciones absurdas. Pero callo. Me siento derrotada. Ella es mucho más fuerte que yo hablando de estos temas. Ella tiene las ideas mucho más claras que yo. Me mira y yo le mantengo la mirada, que intenta ser desafiante y esconder la tristeza y la vergüenza que siento.
Sé −añade sabiéndose ganadora de esta conversación − que tu incapacidad para bregar viene gobernada por tu propia comodidad y soy consciente que cedes tus obligaciones a compromisos ajenos, viviendo así tu vida de forma yerta, con respecto a la magra responsabilidad que te toca −dice descabellándome con la puntilla de mis remordimientos.Sin mediar palabra más, cojo la prensa y me voy al cuarto de baño y me siento en el taburete . En este aspecto, no estoy orgullosa de mí, como bien denota de mi texto.
Sirva, este, como agradecimiento a las personas que con su lucha hacen que no “nos planteemos si tener un hijo o no, por no querer llegar a tener que pedirle perdón por haberle concebido.”
29/7/08
Extremos
¡Qué día! En mal momento he permitido que me acompañara. Siempre que me tiene que pedir algo, se muestra muy servicial conmigo, y sabiendo esto, voy y caigo.
Esta mañana, me ha venido a despertar toda melosa y “me ha traído el desayuno a la cama”.
—Buenos días, camarada —ha susurrado con cariño. Me llama así, porque dice que es roja hasta la probóscide.
Acabo de discutir con ella, la he mandado al salón a pasearse un rato por el cristal de la ventana; es que no me deja escribir. No hacía más que corregirme: “Las moscas no tenemos probóscide, eso son las mariposas, o los chinches o las abejas. Nosotras tenemos trompa, trompa chupadora”. Por favor, qué plasta.
Pues, dándome los buenos días, ha dejado caer un Special K sobre mi cara y me ha dicho:
—La leche, te la tendrás que ir a buscar a la cocina; no he podido abrir la puerta de la nevera.
Desde hace un tiempo, la Mosca Estremecida, como yo la llamo, se ha convertido en mi compañera de piso. Es una pequeña mosca de color negro, de ese negro tan profundo que según le da la luz parece azul. Cuando la vi por casa, sin tener ni idea, le llamé Drosi e intenté sacarla por la ventana y, muy enfadada, me espetó:
—No soy una mosca común de la fruta. Yo soy una mosca negra del estiércol. Donde hay mierda, ahí voy.
—Muchas gracias —le dije, y se rió a carcajadas.
—Tranquila, ahora estoy de viaje iniciático —me explicó—. Antes de afincarme en cualquier establo quiero conocer mundo.
Y desde entonces, compartimos piso, aunque no gastos. Debo confesar que mi soledad ha disminuido pues tengo a alguien con quien conversar pero mis dolores de cabeza se han incrementado; ya la iréis conociendo.
Toda la mandanga del desayuno ha sido porque quería acompañarme a trabajar. Y me ha debido pillar más dormida que de costumbre ya que se lo he permitido.
Hemos cogido el autobús de línea por los pelos, porque, sin darme cuenta, la he dejado encerrada en el lavabo y no la encontraba por ninguna parte. No he tenido problemas para sentarme pues mi parada está muy al principio del trayecto. Ella se ha sentado en mi hombro izquierdo, cuestión de ideales, dice siempre. Con el vaivén del vehículo, me he adormilado. Hasta que, a la mosca estremecida, le ha dado por filosofar.
—Según la ONU, se entiende como violencia de género todos aquellos actos de violencia sexista que tienen como resultado posible o real un perjuicio físico, sexual o psíquico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de libertad, tanto si sucede en la vida pública como en la privada.
—¿Ahora a qué viene esto? —le he preguntado sorprendida.
—A nada, pensaba que te podía interesar —me ha contestado con superioridad.
He puesto cara de extrañada y me he vuelto abandonar a la somnolencia del balanceo. Después de su comentario se ha quedado callada un buen rato y me he olvidado de que estaba conmigo.
—El problema radica en que la violencia contra las mujeres está tan enraizada que os cuesta identificarla. Yo prefiero no utilizar la expresión de violencia de género porque creo que le quita importancia al individuo culpabilizando más a la cuestión social.
—¿Tanto te interesa el tema? —le he preguntado dispuesta a ceder ante sus ganas de conversación.
—Lo que me sorprende es que puedas estar dormitando mientras que los humanos tenéis un problema tan grave.
—Hay muchos casos, pero gracias a Dios, no son la mayoría —le he contestado, incómoda.
—La violencia deteriora la vida de muchas mujeres. Porque el término violencia no sólo incluye la agresión física, sino también todas las formas de maltratos psicológicos, abusos personales y de explotación sexual a la que están sometidas las mujeres solamente por su condición de mujer. ¡Suerte que no son la mayoría de casos!
—Vaya, veo que dominas el tema —le he recriminado a ella por no recriminarme a mí, ya que empezaba a sentirme culpable de la tranquilidad con la que viajaba.
—Mira hasta que punto afecta esta violencia, marciana de tu mundo, que mina la confianza de las mujeres en sí mismas, reduce su autoestima tanto en la vertiente física como en la psicológica, les destroza la salud y les niega los derechos humanos ,que no hay manera de erradicarla ni desde la familia, ni desde la educación. Os la vais pasando de unos a otros como gran herencia genética y todo por un concepto erróneo.
—A ver —le digo en tono crispado—, ¿a qué llamas tú un concepto erróneo? Ya hace mucho tiempo que nos estamos concienciando de la existencia de dicha violencia.
— Os estáis concienciando ahora, sí. Pero esta violencia ha existido desde siempre. ¿O no ha sido siempre un botín de guerra el rapto de las mujeres del enemigo para convertirlas en esclavas, tanto laboral como sexualmente? Fíjate, desde siempre, han sido consideradas botín de guerra, juntamente con las riquezas conseguidas en el saqueo. ¿No te das cuenta de lo fino de la ironía?
—No. Venga, te escucho con impaciencia —le he dicho, utilizando un absurdo tono irónico que pretendía esconder lo mostrenca que me estaba haciendo sentir.
—El botín consiste en riquezas, muy preciadas por ellos, y mujeres, muy despreciadas por ellos. Todo dentro del mismo saco.
Ha callado. Por momentos, me iba sintiendo peor, rabiosa conmigo misma y, sobre todo, con ella, que me estaba haciendo pensar en temas que prefiero pasar por alto para que no me creen cargo de conciencia. Se me había acabado la tranquilidad y se me había acelerado la mente pensando qué podía hacer yo al respecto, intentando con estos pensamientos apaciguar los remordimientos que la Mosca Estremecida me había creado.
—Creo que el problema viene de la desigualdad de poder entre hombres y mujeres —prosiguió como si nunca se hubiera callado—. El modelo social en el que habéis vivido es el patriarcado (deberíais haber aprendido más de las abejas). Teniendo en cuenta que la idea central del patriarcado es la representación de la masculinidad a través del dominio sobre la mujer y que el machismo está íntimamente ligado a que es legítimo imponer la autoridad del hombre sobre la mujer, es lógico y de cajón que se llegue a la violencia. ¿Sabes en dónde está el concepto erróneo del que antes te hablaba?, en que se confunden las diferencias sexuales entre hombres y mujeres con las desigualdades entre inferiores y superiores. Creo que ahí radica todo.
Y ni corta ni perezosa ha sacado su moleskine y se ha puesto a anotar todo lo que habíamos estado hablando. Lleva un riguroso diario de todo lo que aprende sobre los humanos. Anda estremecida con nuestra realidad. De ahí su nombre. Le va que ni pintado. En realidad, me gusta su compañía, aunque acostumbra a sacarme de quicio. Hoy, hubiera sido mejor para mi tranquilidad que se hubiera quedado en casa.
—¿Y este tema de dónde lo has sacado? —le he preguntado intrigada, después de aguardar pacientemente a que acabara de escribir.
—Esta noche me he leído un artículo, que ayer dejaste encima de la mesa de tu despacho, de una tal Inés Alberti, Cómo reconocer y erradicar la violencia en contra de las mujeres, mientras tú roncabas a ritmo de vals.
http://www.youtube.com/watch?v=Yg9i0zH56VM
Esta mañana, me ha venido a despertar toda melosa y “me ha traído el desayuno a la cama”.
—Buenos días, camarada —ha susurrado con cariño. Me llama así, porque dice que es roja hasta la probóscide.
Acabo de discutir con ella, la he mandado al salón a pasearse un rato por el cristal de la ventana; es que no me deja escribir. No hacía más que corregirme: “Las moscas no tenemos probóscide, eso son las mariposas, o los chinches o las abejas. Nosotras tenemos trompa, trompa chupadora”. Por favor, qué plasta.
Pues, dándome los buenos días, ha dejado caer un Special K sobre mi cara y me ha dicho:
—La leche, te la tendrás que ir a buscar a la cocina; no he podido abrir la puerta de la nevera.
Desde hace un tiempo, la Mosca Estremecida, como yo la llamo, se ha convertido en mi compañera de piso. Es una pequeña mosca de color negro, de ese negro tan profundo que según le da la luz parece azul. Cuando la vi por casa, sin tener ni idea, le llamé Drosi e intenté sacarla por la ventana y, muy enfadada, me espetó:
—No soy una mosca común de la fruta. Yo soy una mosca negra del estiércol. Donde hay mierda, ahí voy.
—Muchas gracias —le dije, y se rió a carcajadas.
—Tranquila, ahora estoy de viaje iniciático —me explicó—. Antes de afincarme en cualquier establo quiero conocer mundo.
Y desde entonces, compartimos piso, aunque no gastos. Debo confesar que mi soledad ha disminuido pues tengo a alguien con quien conversar pero mis dolores de cabeza se han incrementado; ya la iréis conociendo.
Toda la mandanga del desayuno ha sido porque quería acompañarme a trabajar. Y me ha debido pillar más dormida que de costumbre ya que se lo he permitido.
Hemos cogido el autobús de línea por los pelos, porque, sin darme cuenta, la he dejado encerrada en el lavabo y no la encontraba por ninguna parte. No he tenido problemas para sentarme pues mi parada está muy al principio del trayecto. Ella se ha sentado en mi hombro izquierdo, cuestión de ideales, dice siempre. Con el vaivén del vehículo, me he adormilado. Hasta que, a la mosca estremecida, le ha dado por filosofar.
—Según la ONU, se entiende como violencia de género todos aquellos actos de violencia sexista que tienen como resultado posible o real un perjuicio físico, sexual o psíquico, incluidas las amenazas, la coerción o la privación arbitraria de libertad, tanto si sucede en la vida pública como en la privada.
—¿Ahora a qué viene esto? —le he preguntado sorprendida.
—A nada, pensaba que te podía interesar —me ha contestado con superioridad.
He puesto cara de extrañada y me he vuelto abandonar a la somnolencia del balanceo. Después de su comentario se ha quedado callada un buen rato y me he olvidado de que estaba conmigo.
—El problema radica en que la violencia contra las mujeres está tan enraizada que os cuesta identificarla. Yo prefiero no utilizar la expresión de violencia de género porque creo que le quita importancia al individuo culpabilizando más a la cuestión social.
—¿Tanto te interesa el tema? —le he preguntado dispuesta a ceder ante sus ganas de conversación.
—Lo que me sorprende es que puedas estar dormitando mientras que los humanos tenéis un problema tan grave.
—Hay muchos casos, pero gracias a Dios, no son la mayoría —le he contestado, incómoda.
—La violencia deteriora la vida de muchas mujeres. Porque el término violencia no sólo incluye la agresión física, sino también todas las formas de maltratos psicológicos, abusos personales y de explotación sexual a la que están sometidas las mujeres solamente por su condición de mujer. ¡Suerte que no son la mayoría de casos!
—Vaya, veo que dominas el tema —le he recriminado a ella por no recriminarme a mí, ya que empezaba a sentirme culpable de la tranquilidad con la que viajaba.
—Mira hasta que punto afecta esta violencia, marciana de tu mundo, que mina la confianza de las mujeres en sí mismas, reduce su autoestima tanto en la vertiente física como en la psicológica, les destroza la salud y les niega los derechos humanos ,que no hay manera de erradicarla ni desde la familia, ni desde la educación. Os la vais pasando de unos a otros como gran herencia genética y todo por un concepto erróneo.
—A ver —le digo en tono crispado—, ¿a qué llamas tú un concepto erróneo? Ya hace mucho tiempo que nos estamos concienciando de la existencia de dicha violencia.
— Os estáis concienciando ahora, sí. Pero esta violencia ha existido desde siempre. ¿O no ha sido siempre un botín de guerra el rapto de las mujeres del enemigo para convertirlas en esclavas, tanto laboral como sexualmente? Fíjate, desde siempre, han sido consideradas botín de guerra, juntamente con las riquezas conseguidas en el saqueo. ¿No te das cuenta de lo fino de la ironía?
—No. Venga, te escucho con impaciencia —le he dicho, utilizando un absurdo tono irónico que pretendía esconder lo mostrenca que me estaba haciendo sentir.
—El botín consiste en riquezas, muy preciadas por ellos, y mujeres, muy despreciadas por ellos. Todo dentro del mismo saco.
Ha callado. Por momentos, me iba sintiendo peor, rabiosa conmigo misma y, sobre todo, con ella, que me estaba haciendo pensar en temas que prefiero pasar por alto para que no me creen cargo de conciencia. Se me había acabado la tranquilidad y se me había acelerado la mente pensando qué podía hacer yo al respecto, intentando con estos pensamientos apaciguar los remordimientos que la Mosca Estremecida me había creado.
—Creo que el problema viene de la desigualdad de poder entre hombres y mujeres —prosiguió como si nunca se hubiera callado—. El modelo social en el que habéis vivido es el patriarcado (deberíais haber aprendido más de las abejas). Teniendo en cuenta que la idea central del patriarcado es la representación de la masculinidad a través del dominio sobre la mujer y que el machismo está íntimamente ligado a que es legítimo imponer la autoridad del hombre sobre la mujer, es lógico y de cajón que se llegue a la violencia. ¿Sabes en dónde está el concepto erróneo del que antes te hablaba?, en que se confunden las diferencias sexuales entre hombres y mujeres con las desigualdades entre inferiores y superiores. Creo que ahí radica todo.
Y ni corta ni perezosa ha sacado su moleskine y se ha puesto a anotar todo lo que habíamos estado hablando. Lleva un riguroso diario de todo lo que aprende sobre los humanos. Anda estremecida con nuestra realidad. De ahí su nombre. Le va que ni pintado. En realidad, me gusta su compañía, aunque acostumbra a sacarme de quicio. Hoy, hubiera sido mejor para mi tranquilidad que se hubiera quedado en casa.
—¿Y este tema de dónde lo has sacado? —le he preguntado intrigada, después de aguardar pacientemente a que acabara de escribir.
—Esta noche me he leído un artículo, que ayer dejaste encima de la mesa de tu despacho, de una tal Inés Alberti, Cómo reconocer y erradicar la violencia en contra de las mujeres, mientras tú roncabas a ritmo de vals.
http://www.youtube.com/watch?v=Yg9i0zH56VM
17/7/08
¡Mi mierda!
¡Jopetas! —exclamó la mosca estremecida al descubrir que su montículo de mierda había disminuido— Ayer dejé mi comida preparada y alguien se me la ha zampado. Y en realidad, es lo bueno que tiene la vida, que lo erosiona todo.
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