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11/9/25

Te vas

El curso fue siguiendo su curso (ja, ja, ja, no me he podido reprimir). Y fueron ocurriendo diferentes acontecimientos. Todo iba bien, mi amiga, Andrea, se iba recuperando de su ruptura. La había aceptado y con mucha más madurez de la que yo tenía, había desplazado a su amor al rango de amistad. Yo hubiera tenido que dejarlo de ver porque no habría sabido colocar las cosas tan bien en su lugar y seguiría dominada por el dolor. “Prefiero quererlo como amigo que perderlo del todo”, me confesó mientras nos comíamos un bikini en nuestra granjita.

Pero de pronto, llegó el final de curso. Faltaba aproximadamente un mes, lleno de estudios y exámenes finales (porque entonces teníamos cinco evaluaciones y la final nos examinaban de todas las lecciones impartidas de cada uno de los libros). Un día de esos, la hermana del ex de mi amiga, Inés (ya había explicado que era de nuestro grupo), nos dijo: “me voy del cole. La empresa ha destinado a mi padre a Madrid.” A todo el grupo se nos cayó el cielo encima. ¡No podía ser! Era alguien muy querido por todo el grupo. Ahora que todo estaba en tranquilidad.

Con respecto a mí, nos habíamos hecho muy amigas, sobre todo porque su hermano salía con Andrea y casi no la veía, por lo que pasé mucho más tiempo con Inés. Me dolió un montón la noticia. 

Ahora todo iba perfectamente; salíamos el grupo entero y nos lo pasábamos muy, pero que muy bien. Andrea, Inés y yo éramos un trío de una muy buena amistad y, ahora, se iba a romper ese tándem que me hacía sentir tan bien. Tocaba escribir otro poema.

El poema trataba del dolor que me había producido la noticia de la despedida. Creo que era la primera vez que se iba a romper una de mis amistades por circunstancias externas. Ya avanzo que, a pesar de irnos carteando, la amistad se fue diluyendo. No debía ser tan fuerte como yo pensaba. Las amistades de la adolescencia cuando se rompen a esas edades se asemejan a una fractura de raíces además de crear un terremoto de inseguridad.

Mi poema denotaba tristeza, aunque no resentimiento. Bueno, sí que había un poco hacia la empresa de su padre, la culpable de que perdiéramos a Inés. Pero era tan absurdo, que, en nada, se diluyó ese resentimiento.

“Nos abandonas”, así comenzaba cada estrofa. No era cierto que ella nos abandonara, era lo que le obligaban a hacer, pero con ello sólo pretendía demostrar el dolor que sentíamos todas. Nos había dicho que volvería y la creímos a pies juntillas. Necesitábamos creerlo para hacer que el dolor menguara. Fue nuestra ventana de esperanza. Pero nunca volvió. Las cartas se empezaron a distanciar hasta que mi última carta, nunca fue respondida. “Nos abandonas”, “nos abandonas”, “nos abandonas”: este verso no era más que un desfogue catártico. 

Inés sonreía, pero todas sabíamos que estaba desconsolada y que apenas dormía. Sus ojeras fueron aumentando con los días. Llegó el momento de la despedida (no me avanzo, que este supone otro poema).

“Te vas, dejando un pedazo de corazón para nosotras. Tu cuerpo se alejará, pero tu nos llevarás contigo en tu alma. No es que quieras irte, es una obligación, te arrastra la familia que cambia el destino sin dejarte decidir.

Te vas con alegría, seguro que la novedad te motiva por sus misterios y sus promesas. Pero a la vez, lloras por lo que dejas y nos sonríes para ocultar el dolor. Ese contraste nos emociona, nos alegra y tu fortaleza calma un poco nuestro pesar. Si tú estás bien, nosotras también.

Nos dejas, sí, pero no por decisión propia. Nos dejas prometiendo volver, aferrándote a las palabras que queremos creer, que necesitamos creer, porque así el vacío no parece tan grande.

Nos ayuda pensar en lo que fuimos: un grupo unido, un espacio de amistad verdadera que la distancia no debe difuminar.

Te vas y aun así te quedas.” 



29/8/25

Perdona

Todo iba marchando bien con respecto a la amistad. Nos veíamos poco, solo en los patios del cole y un poquito a la entrada de la tarde. Ella estaba absolutamente enamorada del chico con el que salía. Pero sucedió algo imprevisto. Parece ser que “su amor” la había dejado por una chica de la que siempre había estado enamorado. ¿Y qué tiene que ver esto conmigo? Pues que hubo una confusión. Me explico.

Resulta que soy de las personas que, en casa, en vez de llamarme por mi nombre, me llamaban por un apelativo cariñoso. En principio, solo me llamaban así los amigos de mis padres y la familia. Pero un día, al principio de la preadolescencia, buscando mi propia identidad, decidí que en el cole también me llamaran por ese apelativo. Y en nada, todas mis compañeras, incluso algunas profes, me llamaron así, como si lo hubieran estado haciendo toda la vida. No era la única en tener otro nombre. Mamen, Tina, Cuca, Loles, Rat, eran algunos de los que se utilizaban en mi clase.

La confusión vino, porque la chica que había desbancado a mi amiga era llamada por el mismo apelativo que yo. Y la gente del grupo, se creyó que, cito palabras textuales, era yo quien “le había robado el novio”. La confusión duró más o menos cinco días, pero fue todo un drama. Conversaciones y susurros por aquí, por allá, malas miradas… Yo lo pasé mal, porque me sentí atacada y también por sentir una extraña culpa. 

Ahora, mientras estoy escribiendo esto, me siento ridícula. ¿Qué culpa más rara sentí? Si yo no tenía nada que ver con el asunto “novio”. Pero la adolescencia es así; antes de entrar en ella solo era como una planta que me alimentaba, crecía y hacía lo que me decían. Después, todo se convirtió en una explosión de sensaciones y sentimientos, pero que me hacían estar algunas veces fuera de lugar.

Por supuesto, una noche harta de sentirme así, escribí un poema, “Perdona”, muy sincero, pero que ahora considero que no lo tenía que haber escrito, porque no era a mí a quién correspondía pedir perdón. 

En él hablo de la culpa y del daño involuntario que a veces se causa a los demás. Supongo, que en mi fuero interno sabía que yo no había tenido responsabilidad alguna. El poema no iba solo dirigido a ella; se me mezclaba con la sensación de “portarme mal” en casa y tenía también en la mente a mi madre. Tuve una muy mala adolescencia y la que la sufrió fue ella porque me convertí en una niña muy, pero que muy rebelde y contestona. Así que, de alguna manera, también le estaba pidiendo perdón a mi madre. Aunque nunca llegase a leer mi poema (de esto me arrepiento ahora).

En él soy muy dura conmigo misma por esta mezcla de sentimientos. La dureza radica en el hecho de autocriticarme. También se puede entrever una empatía hacia cómo se siente la otra persona.  Recuerdo las ganas que tenía de salir de todo aquel galimatías de sentimientos y emociones. Siempre la culpa me ha provocado mucha inquietud y muchos remordimientos. 

Otro aspecto relevante del poema es que existe cierta contradicción ya que hay un aprendizaje sobre el amor y el dolor; empieza a desaparecer radicalismos: las cosas no son blancas o negras. No sé si con este poema quería desahogarme o no, no tengo un recuerdo demasiado nítido de él.

“Perdona, tengo la sensación de que a veces ensombrezco más que ilumino y esta es una de ellas. Verte así me duele y tengo la impresión que el daño viene de mí. En la vida hay momentos que las cosas se precipitan sin permiso y hieren sin que nadie lo quiera. 

Me pesa mucho más el daño que te he causado que aquel que recibo. Me esfuerzo en no fallar, pero acabo metiendo la pata. Hablo más que callo y muchas veces mi conversación ataca y roza donde duele. 

Siempre quiero hacer felices a mis amigos, a mi familia, pero parece que no lo consigo. Soy portadora de problemas y esto acaba hiriendo a las personas que más quiero.  

Quiero que sepas que más que nunca me duela a mí lo que he podido provocar en ti.”


28/8/25

Amiga

Amiga, así titulé mi segundo poema. 

Ya os conté que mi nueva amiga, había empezado a salir con un chico y nosotras tuvimos un poco de lío porque no nos veíamos demasiado. Solo a la hora del patio y siempre en grupo  

Habíamos creado una comunicación profunda y cuando estábamos solas hablábamos de nuestro interior, de emociones que sentíamos (estábamos en plena adolescencia), de asuntos de nuestras familias, de deseos, ilusiones, sueños, futuros… Bueno, de todo aquello que nos removía el alma y que, hasta hacía muy poco, no habíamos sentido antes.

Llevábamos varias semanas intentando encontrar un momento para nosotras. Estaba muy ilusionada con su primera relación amorosa y todo lo demás había perdido brillo. 

Me sentía muy rara. Acabábamos de empezar a ser amigas, amigas íntimas, de esas que a la salida del cole se quedaban una hora y media (a veces hasta tres horas, con la consiguiente bronca al llegar a casa) hablando en la esquina del cole, porque una se iba para un lado y la otra para el otro. Pero eso ya no pasaba. Se iba directamente a la puerta del cole de al lado del nuestro (el nuestro era de chicas y el de al lado de chicos) a esperar que saliera él.

Yo tomaba el camino de casa desanimada y triste. Ahora que sentía que tenía una verdadera amiga íntima no podía disfrutar de su amistad. Esperaba que fueran las ocho y media y la llamaba a casa, su hermana o su madre me decía que no había llegado, así un día tras otro.

Una noche, después de hacer los deberes y acabar con las obligaciones, me puse el pijama, di un beso a mis padres diciendo que me iba a dormir, cerré la puerta de la habitación, me senté en mi escritorio y “compuse” un poema titulado “Amiga”. La gracia de este poema es que lo escribí como si me lo hubiera escrito ella a mí.

El poema habla de la amistad verdadera y de lo que representa esa transición emocional hacia el descubrimiento del amor. Desprende un absoluto respeto a la relación de amistad que teníamos. Es un poema íntimo en tono confesional. Ella me habla directamente a mí; cada tres versos aparece uno de corto: “amiga”. 

Se intuye ese miedo adolescente a la pérdida de la amistad. Va implícito el evitar percibir el hecho como un abandono, para ello exalta la importancia de la relación de “amiga íntima”. Todo el mensaje está construido alrededor de la palabra “amiga”, que vertebra el poema. 

Es lo que tiene la adolescencia, que es la época donde se descubren nuevas formas de amar y por desconocimiento aparece el miedo a la ruptura de los vínculos ya formados. Creo que el poema es honesto y que denota cierta inteligencia al haberlo escrito haciendo ver que era ella quién lo escribía. Le da mucha más profundidad. 

La adolescencia es como las arenas movedizas, pero hundiéndote en las inseguridades; es un momento en el que se necesita agarrarse a la cuerda de la seguridad afectiva.

“Caminas conmigo desde hace poco, amiga mía, pero ya has sido el hombro en el que apoyarme, la voz que me defiende. Nunca me abandonas. Ya sabes que te admiro, aunque sea en silencio, y quererte me da una seguridad tranquila. Eres el abrigo que me protege.

Ahora, debo y quiero confesarte que no te olvido, ni me alejo, ni pienses que me desvanezco, pero he descubierto el amor. He conocido a alguien por el que quiero vivir, alguien que me convoca con una fuerza y una atracción, muy diferente a la tuya, pero igual de real.

No debes sentirte relegada a un rincón, ni pensar que nos estamos perdiendo. No, para nada es así. 

Tú sigues muy dentro de mí, en los estantes que guardo todo lo esencial. No te sustituyo. El corazón tiene lugar para cualquier tipo de amor. Amar no debe suponer el abandono de la amistad.

No lo dudes, seguiremos muchos años de la mano, cercanas, y a pesar de que nos toca ir descubriendo nuevos mundos, nuevos horizontes, tú vas a seguir siendo mi amiga íntima.”


27/8/25

Tú

Tú, solo tú; porque a pesar del tiempo siempre hay un Tú en mi vida. Cuando catas el amor, no quieres dejar de sentir ratoncillos en el estómago nunca más. Y a pesar de no ser correspondida, siempre prefieres estar enamorada, ya que, cuando ves a tu Tú, algo se remueve dentro de ti que te hace sentir viva y tener alguna razón más para vivir.

Cuando era niña, el “tú” solía ser una amiga, tú amiga del alma. Esos primeros sentimientos fuertes y profundos que se despertaron fueron los de la amistad, pues, a esas edades, la amistad se asemejaba al amor. 

La amiga íntima, en las primeras edades, se vive como una pareja. Cualquier pequeña modificación entre ambas puedes acabar causando un dolor. extremo Dejar de ser amigas supone una ruptura igual que si de un novio se tratase. Tal era la exaltación de la amistad en aquella etapa

“Yo tuve una amiga así, tú. Te admiraba tanto que vivía tus sentimientos como si fueran míos. Fue la primera vez que fui consciente de la empatía, sin conocer aún ese término.

Quise llamar tu atención. Había empezado a ir contigo y con tu grupo de amigas y aquella noche compuse un poema, un penoso poema, titulado “Tú”. La temática era sencilla, te describía: independiente (por aquel entonces sentía que yo me enfrentaba poco al poder paternal), responsable, sonreías continuamente y se te veía feliz (luego supe que habías empezado a salir con un chico, el hermano de una del grupo). Sabía que tú también escribías y escribir yo, me hacía sentir más parecida a ti, (cosa típica de la admiración)

Callabas y escuchabas, escrutabas todo lo que pasaba en el grupo con esa mirada sencilla y atenta. Apoyabas a la gente y la defendías dando tu rotunda opinión. Te descubrí soñadora y realista a la vez. “Soñabas sin dormir para vivir las historias deseadas”, me dijiste un día a la hora del patio paseando alrededor de la cancha. Amabas la vida y te la bebías a grandes sorbos y me la enseñarías a beber a mí así.

Te convertiste en mi vida, lo supe desde el principio. Te sentí cerca de mí desde el momento que nos sentamos enfrentadas, aquel día, en aquella granjita cercana al cole.  Ese día estaba el grupo entero. Nos sentamos en los bancos de la mesa fija arrimada a la pared y las dos que no cupieron se acercaron una silla. Te veía segura, te veía feliz. Cruzamos nuestras miradas un microsegundo, tiempo suficiente para ver en tus ojos que estabas herida. Me sorprendí al descubrir que te escondías tras una coraza. Te admiré más de lo que lo había estado haciendo. Estabas rota. Yo no sabía cómo llamar tu atención.

Aquella noche cuando hube escrito el poema, acabé el último verso: “¡Tú!... Sí, que es a ti. ¡Tú!”.

Apenas nos conocíamos; Nos habíamos visto en el cole. Tú ibas a un curso inferior que el mío. Empezamos a hablar porque las dos, después de comer, llegábamos a la puerta del cole media hora antes de que abrieran. Hablábamos de tonterías, nos reíamos con cualquier cosa. Poco a poco iban llegando tus amigas, las de tu clase y, así, sin más, como si fuera lo más normal del mundo, me incluiste en el grupo. La próxima vez que fuisteis a tomar algo ya contaste conmigo. Y este fue el día que estaba narrando al principio.

Cuando aquella noche escribí el poema, no era nadie para ti. Un poema que pasé a limpio y te lo di al día siguiente en el patio. Te lo leíste en silencio a mi lado. No dijiste nada. 

Al mediodía, delante de la puerta del cole, me pasaste un folio doblado dos veces: me habías contestado con otro poema.

Lo habías titulado igual que el mío y utilizaste la misma idea, plasmar la visión que tenías sobre mí. Y lo concluiste con la misma frase que yo.”

A partir de entonces nos hicimos amigas, amigas íntimas, como se decía en mi época, o sea, mejas (mejores amigas), como se dice ahora.


26/8/25

Noches de insomnio, de nuevo

No sé qué me pasa, vuelvo a no poder conciliar el sueño. Ya no sé qué inventar para dormirme pronto y para no despertarme tras tres o cuatro horas de sueño. Llevo ya tres meses así. Hace una semana, parecía que había conseguido normalizar mi sueño, pero ayer descubrí que no era así.

No hay nada que me preocupe, ni tengo nervios por ningún asunto. Sencillamente, me acuesto y tengo los ojos bien abiertos y la mente activa. Hago respiraciones lentas para ver si me invade el sopor y apaciguo mi mente. Me pongo podcast a ver si con la voz bajita, a modo de mantra, concilio el sueño, pero na de na. Leo una hora cuando me estiro para que los ojos entren en estado de somnolencia, pero nada de nada.

Al final, ayer, me rendí ante el insomnio y me dije: “ya caeré en brazos de Morpheo cuando no pueda más”. Así que dejé volar mi imaginación. Me transportó a mi adolescencia. Desde los 80 hasta los 91. Me acordé que tenía unas libretas con muchos poemas escritos, que se habían salvado de la quema cuando decidí destruir aquellos diarios de adolescencia, porque quería que se quedara, aquella época convulsa de emociones, solo para mí.

Me levanté, me fui al despacho y tras abrir un montón de cajas llenas de libretas, los encontré. Cogí la primera libreta de poemas que había escrito y me fui a la cama a leerlo. Hacía muchos años que nos les prestaba atención. 

Sus hojas amarilleaban e incluso marroneaban y con una letrita minúscula hecha con una pluma y tinta negra se podían ver unos escritos sin rima, ni ritmo, ni métrica alguna que ocupaban el centro de la hoja empezando en la mitad de la línea y sin llegar al final a los que llamaba poemas. 

Me sorprendió descubrir cómo mis sentimientos de entonces estaban a flor de piel, crispados y vívidos. Y los temas… los temas que trataba no han evolucionado demasiado y los sigo tratando ahora aunque supongo y espero que desde un punto de vista más maduro. En los años 80 tenía yo 17 años. Venía de una educación en la que se hablaba poco de sentimientos y, nada, de educación emocional. Descubrir el espectro de mis sensaciones y emociones fue toda una aventura.

Y aquí estoy, con tres libretas amarillentas y ajadas (alguna hoja está medio desprendida) llenas de lo que fue el inicio de la adolescencia entre los 17 hasta los 28 años. Cabe decir que en aquella época de desinformación general, la adolescencia empezaba más o menos sobre los 15 años y según lo que tardabas en madurar, se podía extender hasta casi los 30.

Cuando paré de leer a ver si ya podía conciliar el sueño, con la luz apagada se me ocurrió que podía intentar, de cada poema sacar un escrito. Extraer las sensaciones y las metáforas y convertirlo en un texto. Me motivé en seguida y aquí estoy, hablando del experimento. 

No sé si lo conseguiré, si resultará aburrido o no, si va a ser posible o será una repetición de los mismos sentimientos, pero lo voy a intentar. Me apetece. Nunca he reestructurado algo que he escrito para poder aprovecharlo ahora que tengo algo más de facilidad en la escritura; ¡a fuerza de practicar, ya se sabe! Me parece un buen reto y si funciona, mis penosos poemas habrán servido para algo más que para, en aquella época, llegar a conocerme.