Fui feliz el día que abrieron el supemercado debajo de casa. Ya no tendría que acarrear las garrafas de agua por la acera de cuatro manzanas. Lo abrieron unos años antes de pandemia y se convirtió en mi lugar preferido para ir a comprar.
Siendo un comercio de gran superficie, te trataban como si fuera el pequeño colmado que, antes de que aparecieran supermercados de amplísimas dimensiones, siempre había estado en la esquina de casa.
–Baja a buscar un paquete de pan rallado –me decía mi madre en cuanto iba a hacer el lomo rebozado y se daba cuenta de que no tenía el pan.
Yo bajaba veloz y en menos de cuatro minutos ya estaba de vuelta con la compra. Como me conocía el hombre de la caja, que a su vez era el dueño, siempre me regalaba un cromo de los de Panrico o una chuche o simplemente me preguntaba qué tal iba el cole, si no nos habíamos ido fuera, o lo que se le ocurriera en ese momento preguntarme.
Pero a pesar de no ser el colmado, mi súper era como una buena comunidad de vecinos. Trabajaban un montón de personas, no como el matrimonio del colmado, que eran dos y su hijo, que desapareció de la tienda porque se tuvo que ir a la mili. Y los trabajadores del súper, como buenas personas que eran, tenían un contacto especial con cada uno de los clientes. Ir a comprar era estar un buen rato, hablando con las personas que colocaban la fruta, o con la carnicera, o con el pescadero. También los que rellenaban los estantes vacíos paraban su actividad para preguntarte qué tal iba todo. Y cada uno de ellos y yo misma, explicábamos cosas de nuestro día a día. Cosa muy importante, sobre todo para las personas que vivimos solas.
Cuando llegó el confinamiento, guardando la distancia, todos hablamos y nos preocupamos unos de otros. Estábamos asustados por las dimensiones que alcanzaría el tema y nos animábamos cada vez que alguien se entristecía. ¿Qué más se puede pedir en un momento en que la sociedad está absolutamente enajenada del prójimo?
Pero de toda aquella gente, ya no queda nadie. Han ido cambiando a los trabajadores y distribuyéndolos en otros supermercados de la misma compañía. No voy a negar que cada vez que se ha ido uno de los trabajadores me he disgustado, ir a comprar al súper, durante bastantes años ha sido como quedar con los amigos en el bar.
Ahora me pongo de mal humor cada vez que bajo a comprar. Los trabajadores parecen agriados. No se ofrecen a ayudarte, soy yo la que si lo necesito debo pedírselo. Cuando entro sonriente y saludo a todo aquel que se cruza conmigo, me contestan con un escueto hola, o siguen a lo suyo sin ni siquiera levantar la vista.
El colmo ya ha sido hoy , que cuando he ido a pagar estaba toda la cinta transportadora llena de esa harina que ponen encima de las chapatas y algunos panes. He pedido por favor que lo limpiaran y ha pasado la mano esparciéndola más. Le he dicho que si la podía limpiar con un papel y me ha dicho que no tenía. ¿Cómo es que siempre me han podido limpiar con un papel de cocina la harina que estaba allí? Soy celíaca y no quiero contaminar mi comida.
Me he ido de malhumor a casa, como últimamente cada vez que bajo a comprar al súper. ¿Es tan difícil ser simpático, agradable y servicial? Antes entraba dentro de las competencias de estar de cara al público. ¿O soy yo que me estoy volviendo rancia?
1 comentario:
Els meus pensaments sobre el super al que vaig , s'assemblem moooolt als teus..... abans tant empàtics i ara tant freds...
Salut i un somriure, que sembla van molt escassos últimament : )
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