Dos niños de siete años esperando en el vestíbulo de la escuela a que los vengan a buscar. Son los únicos que quedan, pues los otros ya se han ido. Los padres llegan con bastante retraso.
—Clara: ¿Sabías que los calcetines hablan cuando nadie los lleva puestos?
—Leo: Claro. El mío me dijo ayer que quería ser un paraguas.
—Clara: Pues el mío, este fin de semana que había llovido, se apuntó a una carrera de caracoles... ¡y quedó el primero!
—Leo: Normal. Los caracoles siempre llegan tarde porque esperan a que sea ayer para tener más tiempo.
—Clara: ¿Y si plantamos una cuchara para que crezca un tenedor?
—Leo: Mejor no. Luego vienen los platos a pisarlos y destrozarlos cuando están en primero de brizna.
(Los dos se quedan en silencio pensando en cuándo llegarán sus dichosos padres.)
—Clara: ¿Te has dado cuenta de que nada de lo que hemos dicho tiene sentido?
—Leo: Sí... pero es divertido jugar a ser adultos.
—Clara: Por allí viene mi madre, hasta mañana, Leo.
—Leo: Hasta mañana.
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