Marta seguía poniendo el cazo en el fuego
antes de llenarlo y siempre se acordaba de esa escena con su hija justo cuando,
después de algunos minutos, lo llenaba con la leche, como aquella mañana. Nunca
se había olvidado de él y como ella creía, por costumbre, nunca lo haría.
Sacó las rebanadas de pan una vez tostadas
y empezó a poner la mesa de la cocina. La mesa estaba cubierta por un hule
blanco impoluto que imitaba un tapete hecho a mano de ganchillo. No era muy
grande ya que la cocina tampoco lo era, pero para ellos dos ya estaba bien. La
mesa era de fórmica con las patas metálicas, si se quería se podía extender con
dos alas laterales que guardaba secretamente debajo de la tabla, pero aunque
hubieran querido, en la cocina no la hubieran podido extender nunca. Eso sí,
para el cumpleaños de Antonio siempre iba bien; la trasladaban hasta el comedor
y en ella se sentaban los hijos de sus sobrinos.
Una vez tuvo la leche caliente, el café hecho,
las tostadas en la mesa y dos servicios completos, sacó de la nevera el tapper
con el embutido, la mantequilla y la mermelada, “para el postre del
desayuno”, como lo llamaban ellos y se
dispuso a ir a despertar a su marido.
Marta salió de la cocina secándose las
manos con un trapo y se dirigió por el pasillo hasta el fondo, donde se hallaba
la habitación. No tardó en acostumbrar sus ojos a la penumbra de esta. Entre algunas
tabillas de las persianas se colaba la luz de forma impertinente. Se acercó a
su marido que dormía sobre su lado derecho y suavemente le llamó.
—Antonio, despierta, que si salimos tarde
el mercado estará a rebosar de gente y el género estará todo manoseado y no me
gusta comprar así.
No obtuvo respuesta. Entonces Marta cogió
el trapo con la izquierda y con la derecha lo tocó zarandeándolo suavemente a
la vez que le hablaba.
—Antonio, no te hagas el remolón. Si no te
quedaras hasta tan tarde oyendo la radio ahora no tendrías tanto sueño.
Marta oyó como una especie de exhalación
que, sin gesto alguno, salió de la boca de su marido y empezó a temerse lo
peor. Le acercó la mano a la mejilla para acariciarla no sin miedo a
encontrarse lo evidente. Era la primera vez que asistía con tanta certidumbre a
una escena como aquella. Recordó la paranoia que le cogió cuando su hija
acababa de nacer de ir a comprobar cada cinco minutos si respiraba. Tardó meses
en sentirse tranquila mientras su bebé dormía. Pero ahora tenía bien claro lo
que iba a encontrar, sin lugar a paranoias.
El contacto con la mejilla no fue glacial
como se esperaba, sin embargo la temperatura que notó no era la que debía
esperar. Fue en ese momento en que se
fijó que no oía la respiración de su marido, esa respiración acompasada de exfumador,
que sin llegar a ser profunda, tenía cierta sonoridad. Acercó la mano a la
nariz y a la boca y pudo comprobar que no salía aire. Con parsimonia se
enderezó y dio un paso atrás, instintivamente se limpió las manos con el trapo.
No sintió dolor, aunque sí un inmenso vacío, una desprotección, como si siempre
hubiera estado protegida bajo un techo y este techo hubiera desaparecido.
Se dirigió a la cama de al lado, la suya,
y sin saber demasiado en lo que hacía, pues mil pensamientos y recuerdos se
atropellaban por ocupar el primer puesto, estiró el edredón para arriba y sacó
las arrugas con la palma de la mano.
—Suerte que dormimos en camas separadas
—pensó—. Si hubiéramos estado en la misma cama ¿hubiera notado su muerte?
Decidió que mejor así, pues no se sentía
culpable de nada. Había muerto durmiendo y no había sufrido nada. Cada vez con
más fuerza pasaba la mano por encima del edredón empeñándose en que
desaparecieran las arrugas. Pero no lo conseguía, cuando lograba alisar una, en
el otro lado salía una nueva.
—¿Cómo me has hecho esto? Morirte antes
que yo —le gritó con apenas un hilillo de voz mientras se sentaba en su propia
cama—. ¿Qué voy a hacer ahora? No te lo pienso perdonar.
No le salían las lágrimas. Siempre que la
poseía una gran tristeza echaba la bronca a quien tenía delante, y ahora,
delante, tenía el cuerpo inerte de su marido, un marido con el que había
compartido más de cincuenta años de matrimonio y que ahora la había abandonado.
Después de haberle recriminado de todas las maneras posibles, mientras
transfería su rabia y su impotencia a un trapo que retorcía entre sus manos, que
se hubiera muerto antes que ella, se metió muy despacito en la cama de su
marido, en el poco espació que quedaba. Se abrazó a él y empezó a llorar con
ese silencio con el que sólo llora el corazón invadido de una soledad
repentina. El cansancio del llanto le sobrevino y se quedó dormida deseando
irse allá dónde estuviera su marido.
Cuando despertó supo enseguida todo lo que
había pasado. Se levantó. Volvió a tapar a su marido con mucho cuidado y fue
hasta el mueble del pasillo dónde tenían el teléfono. Descolgó, marcó y esperó
que le contestaran al otro lado de la línea.
—Cariño, papá ha muerto.
5 comentarios:
Tu novela engancha, quizás echo de menos la descripción de sus personajes, para mientras lees imaginartelos ,como si los vieras
Gracias por publicar tu novela o parte suya.
Me gusta por una parte la forma de exponer que tienes. Leí una vez (que decia ana maria moix de Katherine Mansfield)que tenia la gran cualidad de no explicar las situaciones, sino de mostrarlas, y apartir de ello el lector imaginar los sentimientos, sin que se los expliquen. Y aparte me gusta también que no escribes de manera ''noña'', sino mas bien contenida, sin excesos.
Un saludo!
Nabila, tendré en cuenta lo de la descripción.
Yo, gracias por opinar que no escribo "ñoño", jajajajajaja.
Dintel, es una historia en principio interesante , me da la sensacion que deja muchas cosas abiertas y marta es un personaje que me transmite mucha ternura.
Además me he podido meter en casa de Marta , lo explicas con tanto detalle que es fácil visualizar .
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