Nunca he sido una persona vaga, no me cuesta hacer las cosas y soy de la opinión que antes hecho que sencilla (-mente sin hacer). No soy vaga, no me cansaré de repetirlo hasta la saciedad. Pero hay una cosa que me cuesta hacer mucho, que me repatea las entrañitas y las estreñidas ganas. Hay una cosa que me supera hasta lo indecible. Lo suelto así, sin anestesia: limpiar los cuatro tuppers de comida que llegan cada día conmigo a casa, después de la jornada laboral. Porque, a pesar de que salen conmigo a primera hora de la mañana y me levanto un par de horas antes para confeccionarlos con cariño (que ahí va mi comida y yo, a mi comida, la mimo mucho), no me importa en absoluto y hasta lo hago con cierta alegría. Eso sí, llegar exhausta y derrotada tras una jornada de lucha con la fauna y flora (a-) profesional, pues, sí, me da mil patadas en los higadillos tener que dedicarles cinco minutos de lucha más para poder quitar grasas y demases de los tuppers.
Hoy, como gota colmante(1) de vaso, la empatía de mi niña llamándome: “esclava de los tuppers”. No he podido menos que cogerme al teclado.
(1) No la busques, es inventada.
08/02/10
Tuppers
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07/02/10
Un artículo que leí, un pensamiento que crié.
Los niños y las niñas no estudian. Son los profesores los que no paran de estudiar las mil y una maneras existentes para llamar la atención al alumnado y motivarlo.
Cuando Gaudí era pequeño, le regalaron unos libros con fotos de África y de Asia y se volvió loco de ilusión; miraba los libros una y otra vez. Era una época en la que los niños (también los adultos) habían visto muy pocas cosas que no fueran de su propio entorno. En aquella época, un libro de fotos de otros países, era impensable, todo un lujo. Ahora, en que cualquier imagen está al alcance de los niños, es normal que sea mucho más difícil captar su atención y activar su motivación. Una ducha de estímulos es lo que bloquea la necesidad de interesarse y el pobre maestro o profesor disfrazado de titiritero, construye que te construye un power point y otro, que luego pasa a la clase tirando y recogiendo unas pelotitas al aire montado en un monociclo al ritmo de un organillo. Concluye la plebe: es el maestro el que no sabe enseñar. Pobrecillos niños que no estudian porque el lerdo de su maestro no ha sabido tocar la tecla de la motivación.
En defensa de este, salen pedagogos y gobiernos que no hacen más que cambiar las direccionalidades de las didácticas porque por ahí, en el extranjero, se hablan de competencias básicas y por ahí, en el otro extranjero, de las bests practices. Los maestros, cual rebaño viran hacia un lado todos juntos, al son del ladrido pedagógico y luego hacia el otro, al son del aullar del lobo.
Son malos maestros porque los niños no saben estudiar. Eso no entra en ninguna discusión. Es así y punto. Parir niños a los que luego no se les puede dedicar tiempo porque la vida es cada vez más dura y más cara y se debe trabajar, tampoco es discutible. Pues, claro, para un rato que se está en casa, “tatequieto niño que el papa está cansado”, cosa que conduce, por osmosis, a que el maestro sea malo en su profesión.
Si analizamos un poco, así sin todas las luces, llegamos a descubrir que, en general (y me guardo las espaldas) los niños en el cole, quien más y quien menos, cumplen con su obligación. Es de casa que vienen sin los deberes hechos o sin la lección aprendida. Claro, pensarán los padres, la culpa es de la crisis que no nos permite la liquidez necesaria para pagar una institutriz, que nosotros trabajamos y llegamos muy cansados a casa y no estamos para tomarle la lección al niño, oiga. Cenar y tele, que ni polvo nos apetece.
Por eso el gobierno, ducho en soluciones, mientras los maestros se pasean por toda una galaxia pedagógico-constructivista, ha repartido unas octavillas a todas las familias con hijos que rezan:
Mary Poppins que estás en los cielos…
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05/02/10
Relentéceme
Háblame, háblame despacio mientras te acaricio. Dame el gesto preciso para relentecer la noche, que pase flemática entre miradas y gemidos, piel y piel, beso y deseo. Dejemos que sea el alba quien reclame el reposo de las almohadas ebrias de nosotras y que recoja los jirones en que nuestro sexo convertirá la madrugada. Entre tu seno y el mío construyamos esta vigilia y permitamos que el amanecer, atónito, nos cubra con manto de holganza. Háblame despacio mientras te acaricio, deben hablarte mis manos y mucho tengo que decirte.
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04/02/10
Hasta tus flores me inspiran
Sé que me tienes rabia, lo noto en cada una de tus palabras, elegidas concienzudamente para moverse dentro de los límites de la educación. Noto que me acechas, que controlas cada uno de mis pasos y de mis movimientos colándote incluso entre las oraciones de mi texto a ver si alcanzas a herir mi pensamiento. Soy una recién llegada al mundo de los odios ocultos y confieso que me divierten, pues supongo que me rodea un furor iniciático.
Escribo por afición y amo por necesidad. Mi devoción se nutre de todo aquello que me interesa. A estas alturas, he bebido todas las bebidas que la vida me ha ofrecido y he vomitado todos los reveses indigestos de mi torpe andadura.
Ahora, la fortuna me sonríe ante mi asombro, lo cual, sin duda alguna idiotiza y sobre todo levanta envidias y rabias ajenas, aunque, todo junto, no deja de ser gratificante, porque la envida, no voy a negarlo, me acaricia el ego.
Escribo porque se ha convertido en mi droga, esa sublime adicción que crea el sosiego y te arranca de la vida para flotar en el imaginario de los deseos.
Siento que te de rabia todo esto, siento que te sea indigesta y que mis palabras te saquen de quicio, siento esta intranquilidad que te crea tener que irme siguiendo y vigilando. Pero sobre todo siento el incordio en que te has convertido, a pesar de la diversión que me aportas, que nos aportas.
Te daré un consejo gratuito: olvídame, deja de tirar tus flores a mi paso, sigue tu vida, si la tienes, y si no es así, constrúyete una, que no está el tiempo, ni lo hay, para vivir las vidas de los demás.
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03/02/10
Leyendo me leo
Leía el otro día:
EL POZO (Luís Mateo Díez)
Mi hermano Alberto cayó al pozo cuando tenía cinco años.
Fue una de esas tragedias familiares que sólo alivian el tiempo y la circunstancia de la familia numerosa.
Veinte años después mi hermano Eloy sacaba agua un día de aquel pozo al que nadie jamás había vuelto a asomarse.
En el caldero descubrió una pequeña botella con un papel en el interior.
“Este es un mundo como cualquiera”, decía el mensaje.
Cuánta razón tiene. Vivir en el pozo que vivo, que durante tantos años he ido cavando, es una manera de pasar la vida. Esa vida desalmada que no es más que un tropiezo antes de alcanzar la eternidad. ¿La eternidad de qué? ¡Qué ilusos todos aquellos que se aferran a la vida porque esta es efímera! ¡Qué ilusos todos aquellos que esperanzan dicha eternidad!
Dejadme transcurrir en mi pozo, que de él ya conozco todas sus oscuridades.
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02/02/10
Cosas que nunca digo
A veces elijo a las personas que me gustaría que fueran amigas y sin que lo seamos en realidad, me siento como si lo fuera. Entonces, en secreto, me preocupo por ellas, las cuido, y si puedo, sin que lleguen a sospechar, les doy consejos y las ayudo, de la manera más natural que puedo, para que no piensen que me he vuelto loca. Estas personas desconocen este sentimiento de amistad que me nace de no sé que altruismo o no sé qué trauma reconducido y que concluye, muchas veces, a un mundo que se queda en mi imaginario.
Si pudiera, si tuviera la graduación de amiga, de verdad, no en mi pequeño sistema de supervivencia, te diría que con esos ojos tan preciosos no te quedan bien esas gafas. Que te parten la mirada, esa mirada cálida y profunda, serena a fuerza de autocontrol y sobre todo escrutadora, inteligente y cariñosa, esa mirada que no es más que la firma del alma que diriges paso a paso por esta vida que nos ha tocado vivir. Eso, eso te diría si tuviera ese estatus.
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01/02/10
Más allá del solitario
No hay peor cosa para un ser antianimalsocial como yo que colgarse de un juego de una red social. Además, un juego social, en el que necesitas un montón de amigos, en este caso, “vecinos” para que no te cueste ir ampliando tus “posesiones”. Entre que el juego está en inglés y no entiendo muchas de las cosas que estoy haciendo, y que encima se trata de invitar a tus “amistades” a ser vecinos tuyos para que la prosperidad de tu “negocio” vaya viento en popa, mi “desarrollo personal y económico” es de lo más pobre. Si resulta que para ampliar el negocio necesito tener como mínimo diez vecinos, yo no los tengo, y me toca pagar la tira de FV (ni idea de lo que significan las siglas) que cuestan un güebo de tiempo para conseguirlos. Creo que entro en crisis social.
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29/01/10
Fin
Lo he devorado y eso que había momentos en los que llegaba a sugestionarme y tenía que parar de leer. Pero el interés por averiguar el final era tanto que al cabo de pocos minutos volvía a él. Ah, y esta vez he visto claramente el McGuffin.
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28/01/10
Quizá la amaba
Quizá aún la amaba cuando me senté sobre la cama y me desabroché la blusa, cuando una caricia me ayudó a desprenderme de ella y la lanzó al suelo de forma tácita. Cuando unas manos diestras me tendieron y acariciando mis pechos bajaron hasta los botones de mi pantalón y los desabrocharon. Quizá la amaba, cuando un beso se apoderó del aire de mi ombligo extrayendo el deseo que quemaba mi interior y unos sibilinos pezones se arrastraban sobre mi vientre precedidos de unas expertas manos que me liberaban del pantalón. Quizá la amaba como siempre y nada había cambiado, cuando una fresca lengua separó mis labios, cuando en el fervor de su insinuante cuerpo me perdía toda la noche en busca de amor. Quizá la amaba porque después de una noche así siempre regresaba a su lado.
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27/01/10
Cuatro hermanas
Mujercitas es un libro que me impactó mucho en su época (o sea, en la época que lo leí). Creo que era el típico libro que te regalaban los amigos de mis padres, junto con Sisí, emperatriz y, otro del que no recuerdo su título pero del que también hay adaptaciones cinematográficas.
Me los tragué como si de caramelos se trataran. Y no sólo eso, los leí y releí un montón de veces, sobre todo Mujercitas. El personaje de Jo me tenía encandilada, ya no por la libertad de movimientos, si no por que le gustaba escribir. Creo que fue cuando decidí que yo también quería escribir y cuando empecé mi primer diario, todo lleno de faltas de inmadurez y faltas de ortografía. De leer Mujercitas fui alimentando una duda que me ha ido acompañando todos los años de mi vida. Más que una duda, un misterio. Un hermoso misterio en el que me he podido perder siempre que mi consciencia me lo permitía, incluso, llegando a convertirlo en un deseo, en un sueño. Y este deseo no era otro que el poder leer el libro que Jo (creo que se titulaba Beth) había escrito. Y ya no solo eso, si no poder escribir yo un libro igual. ¿Cómo debía ser ese libro? ¿Qué tipo de narrador había escogido? ¿Cómo había plasmado sus sentimientos en el papel? ¿A través de qué historias?
Ahora creo que el libro de Jo podría ser perfectamente el libro que acabo de leer, Cuatro hermanas. Es más, este es el libro que me gustaría escribir, que quiero escribir. Me encantaría ser capaz de transmitir en una novela mía las situaciones, olores, sensaciones que he sentido al leerlo.
Y, como siempre, supongo que leído en inglés debe ser una verdadera maravilla, porque traducido, para mí, lo ha sido.
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26/01/10
La mecánica del corazón
Lo tuve en la mano más de una vez. Lo que me atraía era el dibujo de la portada, estilo Tim Burton. El título también me gustaba, pero tenía miedo de que fuera un tostón de autoayuda. La primera vez que lo tuve en la mano me dijeron: “deja ese, que ya te llevas cinco”. Como la persona que me acompañaba estaba harta de esperarme no quise estirar más del elástico de la paciencia y lo deposité de nuevo en su montón sin rechistar, sin darle siquiera una ojeadita. Las siguientes veces decidí que no, que no me lo compraba. Hasta el viernes pasado.
Hacía mucho que no iba a la librería de “mi amigo”. En realidad no es mi amigo, pero lleva tantos años aconsejándome libros, que al menos en esa faceta, lo considero como tal. Nada más verlo me dijo: “este es el que me estoy leyendo y me está gustando mucho”. “Vale”, le contesté, “necesito otro”. Sin añadir nada más, depositó uno de tapas verdes sobre el que ya tenía en la mano. Al levantar la mirada después de leer el titulo, vi, en una estantería, La mecánica del corazón y le pregunté por él; “no lo he leído, pero una amiga mía sí y dice que le ha encantado”. “Dámelo”.
Hacía mucho, pero mucho, que no leía nada de realismo mágico. No sé muy bien donde se halla la frontera entre fantasía y realismo mágico, y lo mismo estoy diciendo una burrada al pensar que el libro pertenece al segundo género, pero así me lo parece. No me gusta nada leer fantasía ni ciencia ficción (de la pura), prefiero verlo en la pantalla, me es más fácil disfrutar de las descripciones. Es por esto que pienso que este libro pertenece al realismo mágico, porque me ha gustado, porque me atrapó y no me dejó hasta el final. De todas maneras, pienso que hay momentos en los que baja la energía y que se queda estancado en la aportación de información o en el avance de la trama. Pero he sabido disfrutar del sabor que me iba dejando cada párrafo que iba leyendo.
Estoy contenta de haberle dado una oportunidad. Lo he disfrutado.
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24/01/10
Sin hogar ni lugar
Ha sido un verdadero placer que me descubrieran a esta mujer, y no sólo eso, me regalaron una de sus historias en cómic. Desde que dejé “los tres investigadores”, “Sherlock Holmes”, “Poirot”, “la señorita Marple”, “Maigret” e incluso “Mortadelo y Filemón” no había vuelto a leer una novela de asesinatos y detectives, exceptuando el Millenium, claro está.
Me lo leí mientras me hacían unas pruebas médicas, entre salas de espera y esperas y puedo decir que me olvidaba incluso de dónde estaba. En una ocasión, de máxima intriga y acción, me tuvieron que llamar dos veces para entrar en el despacho de la doctora, porque mi evasión era tal que no oía el entorno, me encontraba corriendo por calles y callejones de mi amado Paris.
Es un libro de misterio y enigmas, no sé yo si se le podría llamar “novela negra”. Voy a intentar conseguir más libros de esta autora. Me encantan los misterios.
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21/01/10
Reescribir
Un texto, vale. La vida, mejor borrón y cuenta nueva.
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20/01/10
La Cenicienta
Me ha dado por leer cuentos clásicos, más que nada para ver con qué tonterías nos llenaban la cabeza cuando éramos pequeñas. Aunque no recuerdo que me explicaran ninguno de estos ni que los leyera, ni que corrieran por casa los famosos cuentecillos de cartón y papel reciclado que vendían en los quioscos y que, ahora (¡oh, maravilla de la evolución!), los puedes encontrar de nuevo a la venta como colección de “loqueleíantuspadrescuandoeranpequeños”. O, mejor dicho, leían las madres, porque los padres estaban ocupados cazando ballenas blancas o monstruos del interior de la Tierra, en viajar en submarinos y en globos, en empatizar con protagonistas que eran héroes nada más empezar la historia. No como nosotras, siendo carne siempre de la transformación. ¡Ríanse de las metamorfosis de Ovidio! Claro que si somos fruto de una costilla es lógico que primero estemos llenas de ceniza, o perdidas en un bosque viviendo bajo la atenta vigilancia de unos enanos que extraían diamantes ilegalmente, o siendo torpes pinchándonos el dedo con una rueca, que siempre hemos creído que era una errata y lo que quería decir era “rueda”. ¿Quién sabía lo que era una rueca a esas edades? Pero no hay mal que por bien no venga, así “la niña aprende vocabulario”. No quiero decepcionar a ningún progenitor diciéndole que es la primera vez que utilizo esta palabra y como se puede ver, ligada al cuento de donde la extraje. Creo que después de tanto tiempo podría cambiarse el título de Bella Durmiente (del bosque, no nos olvidemos, que todo era del bosque) y llamarse “La rueca”, un título mucho más actual y que induce a pensar en gore. Por otro lado, era cuando creíamos que ponía “rueda” cuando convertíamos al ilustre cuentecillo en un verdadero libro de misterio; ¿cómo se podía pinchar alguien con una rueda, si es al revés, es la rueda la que se pincha? Como siempre, todos nuestros interrogantes quedaban sin responder una vez más.
El cuento de la Cenicienta, empieza diciendo que tal belleza era huérfana. ¡Toma ya! Ni podía sentirme identificada por lo de belleza, que una desde pequeña ya sabía sus realidades, ni por lo de huérfana. Empezaba bien el cuento para mí. Claro que si hubiera sido fea y huérfana, para qué preocuparnos por ella y escribir un cuento. Pues tal primorosa criatura estaba bajo el dominio de una terrible madrastra. Porque en los cuentos, todas las madrastras son terribles, o te obligaban a limpiar la casa y a ser sus esclavas (palabra no mencionada porque es políticamente incorrecta en los mundos Andersen y C&A) o pretendían que comieras una manzana envenenada (¡qué tendrán las manzanas que dan tanto juego, que no jugo! Pero si es bien sabido por todos que a los niños la fruta que les gusta más es el plátano, o el fresón, o la cereza. Claro que la cereza envenenada, es absurdo ofrecer sólo una cereza, el fresón envenenado suena erótico y el plátano envenenado… para mí todos lo están, ejem).
El cuento continúa con un error por omisión, quiero pensar. Me explico: el Rey de aquel país (lejano por supuesto, así se evitaban toda una serie de explicaciones geotopográficas y políticas que sólo conseguirían liarnos, aunque prescindiendo de ellas nos llevan a la creencia de que las guerras y las desgracias que se leen en los periódicos ocurren en “un país muy lejano”). Retomo, el Rey de aquel país hace una fiesta e invita a todas las jóvenes casaderas del reino. A todas, no, que no os cuelen el gol. Que estamos hablando del Príncipe. Y en aquella época los estamentos sociales eran muy diferenciados (una época en la que era impensable que alguien del pueblo llano le dejara una herencia al Príncipe), si no que se lo pregunten al Gato con Botas.
Así que la Cenicienta, se quedó apesadumbrada, es decir con padecimiento físico y moral, recogiendo las lentejas que había tirado su madrastra al suelo. Y entonces, atención, aparece el Hada Madrina que lo soluciona todo. Genial, la Cenicienta no tiene que hacer nada, no tiene que superarse ni encararse a su madrastra ni ligarse al Príncipe pues baila como recién salida de Fama cosa que le hace salir a él y pensar: esta tiene que ser mi futura mujer. No, aparece un Hada Madrina. ¿Cuántas veces habré esperado que apareciera una de estas? Claro, como yo no era bella, no tenía derecho a Hada. Sólo las bellas tienen derecho a un Hada. Y no hablemos de la más bella entre las bellas, la Bella Durmiente (del bosque, insisto) que tuvo como mínimo cuatro Hadas. ¿Por qué si todo el mundo tiene un hada madrina, la Bella durmiente tiene cuatro? ¿Dónde se obtiene el carnet de racionamiento hadil? No vayáis a Prenatal que no saben nada.
¡Un cuento de lo más educativo! Así soy como soy, una fea princesa perdida en un ciberbosque y qué feliz soy de serlo, y no por ello como perdices, que sacándome del pollo no soy muy amante de las aves.
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19/01/10
De tez peculiar (idio-tez)
El otro día leí que no hay mejor manera de sellar un pacto sólido con alguien y que nada tiene un mejor efecto de fusión que estar de acuerdo sobre la idiotez de un tercero. Se me hizo la luz, porque a pesar de que nunca lo había pensado, lo había vivido un montón de veces. ¡Y es que hay tantos terceros poseedores de idiotez!
Ahora bien, si me aplico y dejo de ver la paja en el ojo ajeno, cosa que con un poco de esfuerzo y un casual descenso gravitacional de ombligo se obtiene, puedo llegar a darme cuenta para quien o quienes yo soy tercera persona, con toda la idiotez que me secunda. ¿Cuántos pactos sólidos he creado a lo largo de mi vida?
Conclusión, que quién no esté dotado de un halo de idiotez que tire la primera piedra., o que la deposite, que a fuerza de piedras podemos construir una vivienda a costa de las idioteces ajenas y propias.
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18/01/10
Canguraje
Creo que al nacer me dieron un talonario de mil bonos para facilitar el “meterme en camisas de once varas”.
Suena mi móvil llegando a casa el jueves por la noche y veo que en la pantallita se ilumina el nombre de “mamá de la Niñadelscollons”. Miedo y a temblar.
−Hola, ¿qué tal todo? −descuelgo y pregunto.
−Bien. Te llamo porque este fin de semana me tengo que ir a Zaragoza. Voy a tener mi primera cibercita.
−¡Ah, muy bien! ¿No? ¿Y quién es él…
−Y resulta que no tengo a nadie para que se quede con mi hija, y he pensado que si a ti no te sabría mal quedarte con ella −me interrumpe y ametralla.
Mi cabeza empieza a acelerarse. Mi casa, mi hermosa casa, a merced del la Niñadelscollons. Mi ordenador, mis libros, mi sofá, mi… Noto que empiezo a compadecerme de mí y se me empieza a formar un nudo en la garganta. Recurso rápido.
−Es que este fin de semana viene una amiga a una ponencia y se quedará en casa y no tengo sitio.
−No, si me refería a que vinieras tú a casa, porque así, además, me cuidas la gata.
−¿La gata?
−Me la regaló Javier hace cuatro semanas. Es una preciosa gata de Angora. Se llama Peladilla.
−Qué nombre tan… tan… dulce.
−Es que cuando vino no tenía ni un pelo y nos morimos de risa porque era de Angora y calva. Ahora ya le ha salido y tiene un bonito pelaje blanco con alguna chispa de gris. Bueno, cuento contigo, ¿verdad? Es que llevo mucho tiempo sin tener una cita romántica. Por favor, por favor…
Ten amigas para esto. Acabé cediendo, ¡qué remedio!
El viernes por la tarde, a las seis, me presenté en su casa con una maletita de fin de semana y una mochila cargada de libros. Me quedaría a cuidar a su hija, pero que no pensara ni por un momento que iba a jugar con ella y esas cosas.
−Os dejo la nevera llena. Tú como en tu casa, coge lo que quieras. Mañana por la mañana los papás de Marta, vendrán a recoger a Carla y se irá con ellos a pasar el día. Les he dado tu móvil y aquí tienes el suyo. Así que hasta la noche no hace falta que estés por aquí. Y el domingo hacia la hora de comer, ya estaré de vuelta. Podríamos ir a comer fuera, las tres juntas, y así te cuento.
Total, que después de los besos pertinentes, cogió su maletita y se fue dejándome sentada en el sofá y con la niña jugando a muñecas delante del televisor.
Todo marchaba a las mil maravillas; la niña obediente fue a bañarse a la hora que dije, mientras le preparaba la cena, que se comió sin rechistar hablando de su vida escolar y sus problemas con un niño de la clase que no la dejaba tranquila. Cuando ya se iba a dormir, en la cama ya metida, me pidió que le acercara a “Peladilla” para darle las buenas noches y así lo hice.
−¡Mira, se le ha hecho un nudo en el pelo! −me dijo la niña−. Hay que quitárselo en seguida porque si no se puede liar mucho más.
−¿Y cómo se quita? −le pregunté mientras intentaba deshacerlo con mis dedos.
−Así, no. Tenemos que coger unas tijeras y cortar el enredo.
De un salto se fue al cuarto de baño del pasillo y volvió con unas tijerita romas. Cogió el enredo con la mano, tiró de él y se dispuso a cortarlo.
−Ve con cuidado.
−Se lo ha visto hacer a mamá muchas veces.
Y ras, cortó el enredo. Miré a Peladilla y vi que tenía un gran topo rosado dónde antes había estado el enredo. Miré el enredo aún en las manos de la Niñadelscollons y vi que no sólo había cortado el pelo sino que también había “rasurado” un trozo de la piel, en su primera lección de corte y destrucción.
Así que ya me tenéis, buscando un veterinario de urgencias, vistiendo a la Niñitadelscolloncins y cogiendo a su gata toporrósica bajo el brazo, agarrando un taxi y volando rauda y veloz hacia la Clínica de Animales Urgencias 24 horas.
La veterinaria me explicó que la piel del gato era como un globo, que a pesar de haber cortado un trocito, el agujero se hacía mucho más grande cuando dejaba de tensarse. En resumen, ocho puntos, antibiótico cada cuatro horas y 127 euros.
De nuevo en casa y con la Niñadelscollons durmiendo, por fin puedo descansar un poquito tumbada en el sofá y leyendo, no muy cómodamente pues me había quedado en un estado de nervios perenne, el libro que, se suponía, tanto me estaba gustando.
Debí quedarme dormida porque amanecí en la misma postura despertada por la Niñadelscollons que me decía que tenía que prepararle el desayuno que la venían a buscar. Lo primero que hice tras desperezarme es mirar si la gata seguía viva. Y sí que seguía viva, pero se había pasado la noche vomitando pequeñas bilis por todo su territorio. Así que en cuanto la mamá de Marta se llevó a la Niñadelscollons cogí de nuevo a la gata bajo el brazo, un taxi y de nuevo a la clínica veterinaria.
No era nada, sólo 74 euros más y alergia al antibiótico. Así que la veterinaria le puso un antibiótico inyectado de 24 horas, que ya era suficiente y yo debía encargarme de que se tomara unos polvitos diluidos que eran como una antiestamínico para que dejara de vomitar.
Por lo que me pasé el fin de semana persiguiendo a la gata con una jeringuilla para insuflarle en la boca el dichoso antiestamínico que debía ingerir cada seis horas.
El domingo, cuando llegó la mamá de la Niñadelscollons lo primero que dijo al ver la gata fue:
−¿Qué le habéis hecho a la pobre?
Miré la gata que la tenía de espaldas hacia mí y no pude menos que morirme de risa. Su lado derecho lucía un hermoso y abundante pelaje, mientras que el lado izquierdo estaba rasurado y cosido, dando la impresión de que la gata estaba torcida. Pero a la madre no le hizo ni pizca de gracia y mientras yo iba recibiendo su bronca la Niñadelscollons jugaba a muñecas delante del televisor como si con ella no fuera la cosa.
Eso sí, lo peor ha sido el descojone de la Mosca Estremecida cuando el domingo por la noche, al llegar a casa, le conté lo que había pasado. Se ahogaba en sus propias carcajadas.
−Porque la pregunta de “¿qué tal ha ido?” −dice hipando e intentando controlar la carcajada−, era puramente retórica y tú la has convertido más que en retórica, en histórica.
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17/01/10
Flavia de los extraños talentos
Elegí este libro por la palabra talentos y por su adjetivo, extraños. A pesar de que era rojo y destacaba de la mesa de novedades de la librería. El dibujo de la portada me hizo sospechar de él, ¿me habría equivocado y sería un libro juvenil? Una vez comprado, en estas cosas soy muy lenta de reflejos, decidí leer la contraportada y las dos solapas. No, no ponía nada sobre la edad a la que iba dirigido. Ahí descubrí que era un libro de misterio.
Empecé su lectura nada más llegar a casa, intrigada por lo que me iba a encontrar. En las primeras páginas encontré esta comparación: “Apelé a Daphne, que tenía la nariz enterrada en su volumen encuadernado en piel de El castillo de Otranto”. Como nunca había oído hablar de El castillo de Otranto y, además, el autor lo había puesto en negrita, recurrí a internet a informarme. Era un libro escrito por Horace Warpole, considerado de terror gótico. Cliqué en el nombre del escritor y pude saber quién era.
Tres páginas más adelante apareció otro dato en cursiva que desconocía y volví a hacer lo mismo. En realidad, el libro entero estaba lleno de desconocimientos por mi parte. Así, que bien al principio, decidí que lo leería en casa, al lado de Internet. Muebles, sellos, libros, autores, lugares, personas, química, algo de física, algo de matemáticas… a todo eso me ha acercado este libro; qué más puedo pedir.
La historia que narra es una historia sencilla, de misterio que a veces avanza lentamente y otras con rapidez. No creo que sea un libro que guste mucho leer. Pero a mí me ha gustado. Es más, me ha gustado mucho y estoy contenta de haberlo leído de la forma en qué lo he hecho. No puedo añadir nada más.
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16/01/10
Detectado a tiempo
−Bien, y dígame qué le pasa. Qué síntomas tiene.
−Pues noto como una punzada de disgusto en los pulmones y un resquemor de enfado en el estómago. Por la noche, se me enrabian los intestinos y carezco de tranquilidad. Siento constantemente unas punzadas de rabia en el páncreas y una presión de indignación en la sien que me crea un violento fruncir de ceño y las entrañas se me revuelven de inquina y rencor volviendo de un sabor hostil mis palabras y ensordeciendo las palabras de las personas amigas.
−Debo operarle del odio rápidamente.
−¿Es grave, doctor?
−Eso necesita una intervención quirúrgica de inmediato. Si este se volviera crónico, sí, señora, sería grave, y entonces los síntomas irían en aumento hasta acabar con usted.
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15/01/10
Ser o no ser
Me he perdido en la esquina de tu página, donde nunca ocurre nada. Donde el espíritu, exhausto, casi muerto, fluctúa en busca de su propio cuerpo, casi sin estar, casi sin ser, sin arriesgarse. Así nunca ocurre nada y puedo permanecer en la esquina de tu página, en un pliego de tu gran vida.
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14/01/10
Donde pongo el ojo...
Nací así, por mucho que la gente se empeñe en que tiene corrección, el mío no lo tiene. Soy estrábica. Estrábica divergente, para ser exactas.
Mi niñez la pasé de oftalmólogo en oftalmólogo intentando corregir ese ojo que, cual bola de billar, buscaba con desespero la tronera donde el párpado superior e inferior se juntan en el lado opuesto del lagrimal. Con un par de intervenciones quirúrgicas conseguí corregir un poco el rumbo, quizá debiera decir la "órbita", de mi ojo y mucho más importante, conseguí no perder visión.
En el colegio notaba que cuando yo hablaba todo el mundo me prestaba atención, una atención excesiva, para ser exactas y fui creciendo pensando que se me tenían en mucha estima por mis opiniones. Pero ya entrando en la pubertad me di cuenta de que la “concentración” de mis compañeros e incluso de mis profesores no se debía a un análisis de lo que estaba narrando o explicando sino a que estaban perdidos en su mundo intentando averiguar a qué ojo debían mirarme y, en realidad, no prestaban atención a lo que estaba diciendo. Este momento marca un descubrimiento de mi propia realidad y de mi diáspora hacia el mundo de los trasojados.
Mi gran vocación fue ser maestra, pero ya te puedes imaginar el cachondeo de los alumnos que ni en momentos de máxima bronca podían dejar de preguntarse para ellos mismos con qué ojo era el que los miraba. Y los descubría a todos víctimas de un nistagmus horizontal repentino intentando averiguar con esmero, cual de mis dos luceros era el que los estaba abroncando. Conocida en el medio educativo por “la bizca” y despertando silencios allí donde estuviera, llegó un momento en que aquello fue demasiado para mí y tras mucho pensarlo dejé mi vocación aparcada y me saqué el diploma de enfermera.
En seguida encontré trabajo en unos laboratorios analíticos, por lo que, me pasaba los días extrayendo sangre a los paciente y, jeringa en mano, nadie se atrevía a llamarme bisoja. Y si alguna vez, a algún descarado le descubría ese nistagmus repentino de mirarme un ojo y luego otro y luego el primero y luego de nuevo el de al lado para tratar de averiguar cual de los dos era el eficiente, ladeaba la cabeza al máximo de manera que sólo pudiera verme un ojo y a la vez que le clavaba la aguja le aguijoneaba con la mirada más punzante que sabía poner, cual banderilla arponeada en el cerviguillo de un toro, obligando a agachar la cerviz del paciente incapaz de aguantar semejante monomirada. Que con el tiempo y la edad una va cogiendo sus recursos, y siendo la dueña de la jeringa reíros de Fredy Krueger.
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13/01/10
Del dicho al hecho pero lejos del nicho
nísperos chupa
y besa a una vieja,
ni come, ni chupa, ni besa.
¡Dadme la oportunidad y seré la excepción que confirme la regla!
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12/01/10
Amistad divino tesoro
No soy social. Nada, absolutamente negada para cualquier situación o relación social. Antes me preocupaba mucho. Ahora, nada. Se casa mi amiga (por no decir la persona que lleva más tiempo en mi vida que no es de mi familia) y me no me ha invitado a la boda pero me ha dicho que si quiero puedo ir. Eso es una amiga, pensé. Que no me pone entre la espada y la pared.
Cuando creía algo más en la amistad, quise a gente, a gente que consideraba amiga mía. Pero como la amistad no es más que unas necesidades en unos determinados momentos, acabadas las necesidades, acabados los momentos. Por lo que es mucho más fácil vivir cambiando el concepto de amistad que desde pequeña te has ido forjando.
Lo que me intriga y me encantaría saber es si toda esa gente que ha pasado por mi vida se acuerda tanto de mí como yo de ella.
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11/01/10
Un post de amor o en pos del amor
No fue sólo deseo lo que apareció en nosotras aquella primera tarde en la cafetería. Había una niebla extraña entre nuestros cuerpos pues el humo de algún cigarrillo vecino nos circunvalaba instándonos a una cercanía de cava, susurros y olor de piel. Jugamos nuestra partida moviendo las miradas al ritmo concupiscente del coqueteo y nuestras manos fueron a tocarse en el borde de una mesa de madera que algún día, siendo tronco, contuvo un amor gravado en forma de corazón.
Iniciamos así un tiempo infinito de desvelos urgentes para saciar caricias de dos cuerpos que se nombran y codician ser el otro, por ser uno. Y cuando la luz tenue del amanecer nos iluminó por primera vez, en nuestras mentes, la imagen de un espejo descubrió por fin la sombra de un solo cuerpo.
Tú y yo ya somos amor y lejos de que el corazón se suicide a la intemperie de la soledad, consumimos sábanas y días bajo la tenue voz de nuestros cuerpos nombrándose mutuamente en cada gesto.
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09/01/10
Metamorfosis del amor
Sabiéndome impune a mis propias palabras y haciendo oídos sordos a las desavenencias del alma, persigo el amor que metamorfoseado en desamor su hierro me clava.
Y excluida la posibilidad del sentimiento final reversible me impongo a vivir una situación de desvalecimiento que con seguridad me condena a una indigencia emocional a lo largo de mucho tiempo.
En lo tocante al abatimiento, busco la paz espiritual que no es tanta paz espiritual si no un etílico embrutecimiento.
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08/01/10
¿Sueño o deseo?
Soñé contigo el otro día.
En lo más profundo de mi sueño apareciste tú, me sonreíste y nos sentamos en el suelo con la espalda apoyada contra la pared de una habitación de hotel que más tarde se convertiría en la habitación de una casa llena de gente.
Nos miramos y tuvimos la conversación que nos hubiera gustado tener el día que nos conocimos. No puedo hablar de ella porque no la recuerdo. Lo único que tengo presente, aún ahora, despierta y tras varios días, es la sensación que me causaba escucharte. Cómo el estómago se me encogía en un ferviente deseo por besarte. Y creo que a ti te pasaba lo mismo porque callaste y me acercaste tus labios.
No pude besarte. Te acaricié la boca con ambas manos incapaz de profanar el más puro de los deseos.
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07/01/10
Amante inventora
A los amantes de la cocina nos gusta, también, toda la parafernalia que la acompaña. No puedo ir a una tienda de esas que venden cosas para casa sin pararme un buen rato en la sección utensilios de cocina. Me lo compraría todo. Eso sí, todo, pero que sea práctico. Las impracticiades en la cocina me ponen nerviosa y acaban en la basura.
A los amantes de la cocina nos gusta, también, inventar y perfeccionar utensilios según nuestro propio carácter. Lo que ocurre es que la mayoría de estos inventos nunca llegan a realizarse, se quedan en un mero comentario hacia el pinche o la persona que te haga compañía mientras cocinas. El caso es que estos últimos meses me puse manos a la obra para solucionar uno de los problemas más cotidianos en mi cocina: “dóndenariceshepuestoeltrapo?”.
Cuando cocino, me lo suelo colgar de la cinta que ciñe y sujeta el delantal o mandil a la cintura, pero dos aberturas de nevera, y media agachada para encontrar una tapa de olla y ya lo he perdido por el suelo. Así que me fui a buscar “rizo americano” y, hacendosa yo, cose que te recose solucioné el problema para una buena temporada. Tanto ha sido así, que ya he empezado a regalar un trapo Dintel de cocina, a todas aquellas amistades que también disfrutan con el asunto del guisar.
El modelo más elaborado es el que regalo. Los otros, son míos y pobre de que alguien los sustraiga, que desde que los tengo cacheo a toda aquella que se va de casa (cualquier excusa es buena).
Aclaro que debajo del botoncito hay un hermoso cierre que permite abrir cómodamente el trapo para colocarlo en la cinta mandilera.

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06/01/10
Filosofía de cama
“Cuando nada vale la pena y el todo es ese nada vamos a tener que cambiar la concepción de pena”.
Con este pensamiento, con voz grave y fantasmal, de cadencia lenta y ponderada, me ha despertado esta madrugada la Mosca Estremecida. Y yo que tengo el sueño más leve que ha existido en la faz de esta tierra me he pasado el resto de la noche analizando su máxima, mientras ella se ha girado de espaldas ha cogido la punta de la funda de mi almohada y se ha tapado, acurrucándose mimosa en el calor de la cama y se ha quedado profundamente dormida. Yo ya no he pegado ojo, por supuesto.
Cuando el sol ha empezado a invadir mi habitación, porque hoy sí que ha salido el sol, la Mosca, ha sacado cuatro de sus patitas de debajo de su “sábana” y se ha desperezado entre una serie de grititos de placer. De un salto se eleva medio metro y se mantiene quieta agitando sus dos alas. Es su gimnasia matutina. La primera vez que la miré con extrañeza hacer eso, me dijo:
−¡Siempre listos! Lo aprendí en los flies scouts.
Ni arquear la ceja pude, de lo sorprendida que me dejó.
−¿Has pensado en la frase que te dije añoche?
−¿Qué si he pensado? Claro que he pensado. Me desvelaste y no he tenido más remedio que pensar en ella.
−¿Y qué, qué te ha parecido? −me pregunta inquieta.
−Pues que es graciosa.
−¿Cómo que es graciosa? Es profunda, aunque no lo quieras admitir, porque eso querría decir que una mosca puede ser tan filósofa como el más filósofo de los humanos.
−Es profunda, lo admito, a la par que graciosa.
−Si a mi frase la encuentras graciosa, vas a tener que cambiar el concepto de graciosa −y dando media vuelta, se va hacia el cuarto de baño, oigo el sonido de su cepillo eléctrico un segundo antes de oír como cierra la puerta del baño con un portazo.
Me gusta hacerla rabiar, y más cuando me ha tenido la noche despierta. He pensado mucho en su frase, aunque nunca se lo voy a reconocer. Conozco a varias personas a las que les daría este consejo, pero creo que si me leen, sabrán que ellas son quienes lo necesitan. Yo lo hubiera necesitado en algún momento de mi vida. Anda que no estuve perdida, a la deriva y lo que es peor, en un pozo, buscando alguna pluma que quemar para poder resurgir. Pero todo eso pasó a la historia. Me queda lejos. Ahora mi mayor problema es resistir a la gran presión psicológica que supone tener como compañera de piso la Mosca Estremecida.
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Etiquetas: Mosca Estremecida
02/01/10
Costumbre adquirida
No lo he podido evitar, y eso que luché con todas mis fuerzas. Ya se puede ver por las fechas en que cuelgo este post, que no pensaba dedicarme este año a ello. Pero, claro, una insistencia por aquí, otra por ahí, que si "ya está bien que el año pasado empezaste una tradición" y no me ha quedado remedio que ceder ante tanta presión. Venga, va, ya podéis pasar a recoger los turrones de este año.
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Etiquetas: Cocina
01/01/10
Estreno nuestro año
Nada más despertar la segunda vez, cuando ya había luz diurna en la calle, me he asomado al balcón a ver si la vida era de otro color. Minutos expectantes mirando hacia un lado y hacia otro, en silencio, han acompañado lo que ya sabía de tiempo: he advertido sin extrañeza que todo seguía igual, y eso ha enardecido mi espíritu (que por ser el primer día se ha mostrado reacio a expresar sus emociones) en el siyalosabíayo.
Así que, cerrando el balcón, nos hemos recogido, mi pijama y yo, de nuevo entre las sábanas. Le voy a conceder el lujazo de acompañarme durante toda la jornada. No pienso descender al nivel del vulgo familiar y celebrador que hoy pone un pie en la calle. No, no. En casita y en pijama. Así estrenaré yo este primer día de nuestro año. No pienso dejarme subyugar por este poderoso sol que luce. Lo veré desde mi lecho, desde mi despacho o desde la lejanía del comedor, pero aferrada a mi pijama, cosa que creo que me he ganado de sobras. Porque cuando a un ser asocial como yo se le suelta en medio de las fiestas navideñas (rememoro: hecho repetitivo desde que tengo uso de razón) no hay alocuciones ni excusas jaculatorias que compensen la acción.
Ahora, sin embargo, hoy, sin embargo, me atrinchero en casa, en la precariedad de mi inteligencia emocional (a veces, incluso rústica), en el más absoluto de los silencios telefónicos, al lado de mi atribulada Mosca (mucho más social que yo) hospedada a perpetuidad (no hay manera de echarla, doy fe) que predica con ahínco lo que aprende de los humanos (está escribiendo un libro titulado, La humanidad, todo aquello que no debe hacer un díptero). Me quedaré con mi concierto de primero de año, mi comida sana, mis libros y mis palabras, mi costura (esto os lo cuento otro día) y mis bostezos y estiradas a sabiendas que mañana volverá a ser un día social. ¡Qué efímera es la felicidad! Doy fe.
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31/12/09
Último día, que no ultimatum
Tengo varios posts a medias y quería acabar alguno para publicarlo hoy, pero, al final, he pensado que es el último día del año y que, mientras que toda España está haciendo borrón y cuenta nueva de este 2009, yo no podía ser tan marciana y mantenerme tan alejada de esta maravillosa tradición del último día. Repaso, repaso, repaso.
Ahora mismo estoy en la cama, enferma (sí, esta noche me tomaré doce ibuprofenos con una buena copa de bisolbón y brindaré por este expectante año que voy a empezar horizontalmente, cosa que siempre había deseado pero compartiendo cierta actividad física, ustedes ya me entienden) y como no tengo mantita eléctrica, me he puesto el portátil encima, que una siempre tiene sus ciberrecursos.
Hace tiempo que aprendí a aceptar los reveses de esta vida y siempre, siempre, guste o no guste a mis allegados, encuentro un motivo de humor en todas las situaciones. Y me da igual lo que piensen de mí, cosa que creo que es normal porque es lo que conlleva crecer y madurar, que te vuelves pasota ante los juicios sobre ti. Se supone que la edad, son los galones (como medida de capacidad etílica, también) que te permiten cada vez dar menos explicaciones y hacer más lo que te da la gana. Pronto llegaré a Capitán General de esta vida.
Recuerdo el año en que, por fin, empecé a ser dueña de mis silencios. También era un 31 de diciembre, el primero que pasé sola, en mi casa, conmigo misma y mis circunstancias. Todo el mundo se esforzó en que aceptara su invitación, a una fiesta, a una cena privada, a casa de mis padres, con unos amigos en nosédónde… Pero yo quería celebrar aquella entrada de año conmigo. Ahí, descubrí cómo me llega a gustar mi soledad, mi silencio, mi presencia. De eso ya hace mucho tiempo.
¿Qué voy a decir de este año que está a punto de expirar? Este año ha sido genial, como todos los otros, porque tengo la suerte de recordar todo con humor, desgracias incluidas. Porque, no nos engañemos, la vida es un cúmulo tanto de alegrías y como de tristezas. Y demos gracias porque sólo en los contrarios encontraremos el verdadero baremo que nos va hacer apreciar la vida en toda su realidad. Así, que a pesar del cabreo monumental que tiene la Mosca Estremecida porque no vamos a ir a la fiesta que teníamos planeada y nos vamos a quedar aquí en la camita, sin uvas ni cava, sin bailes ni conversaciones etílicas, yo estoy feliz, porque siempre, siempre, en cualquier situación estoy muy bien conmigo misma.
Os deseo unas Felices Risas y un Próspera evolución.
Ah!!! Y la Mosca también, que acaba de venir volando y me ha pegado una patada en la nariz mientras me chillaba: “No me dejes mal y felicita a esta gente el año de mi parte”. Y ahora la tengo estirándome de uno de los pelillos nasales, cosa que sabe me molesta mucho (creo que empiezo a añorar la verdadera soledad…)
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